Cartas que nunca te envié

capitulo 4 el regalo

Narrado por: Axel

Tenía 17 años cuando la presión por decidir mi futuro, los proyectos interminables, las clases extras de física avanzada y los exámenes trimestrales se convirtieron en una losa invisible que cargaba todos los días sobre los hombros, haciéndome sentir que cada respiro estaba medido cronométricamente y que cualquier paso en falso arruinaría el camino que mis padres ya habían trazado milimétricamente para mí sin consultarme absolutamente nada. Mis horas estaban tan apretadas que el día parecía evaporarse entre libros de texto indescifrables, fórmulas matemáticas que no lograba comprender y la exigencia constante de ser el hijo perfecto, el estudiante ejemplar y la promesa académica de una familia que medía el éxito en títulos colgados en la pared y reconocimientos vacíos de alma; por todo eso, el tiempo libre se había transformado en un bien escaso, casi un mito del que apenas recordaba el sabor, y mis pocas horas de descanso las consumía el insomnio, la fatiga crónica y un estrés agobiante que me carcomía las entrañas por dentro, haciéndome dudar de si realmente quería la vida que me estaban obligando a construir a base de puras imposiciones y expectativas ajenas que me asfixiaban el pecho de forma constante, implacable y silenciosa.

Una tarde de esas en las que el gris de la atmósfera parecía calar directamente en los huesos, estaba encerrado en mi habitación, completamente estresado e intentando memorizar conceptos abstractos para unos exámenes que cada vez tenían menos sentido para mí, sintiendo que mi mente se desconectaba por completo de la realidad mientras las manecillas del reloj avanzaban con una crueldad exasperante y el silencio de la casa solo era interrumpido por el golpeteo constante y monótono de la lluvia ligera que comenzaba a humedecer los cristales del ventanal, cuando de pronto un sonido seco interrumpió mis pensamientos: una pequeña piedra impactó contra el vidrio de la ventana con la precisión exacta de quien conoce muy bien la rutina y sabe exactamente cómo llamar mi atención sin despertar las sospechas de mis padres que trabajaban en la planta baja; me asomé con fastidio y una mezcla de cansancio acumulado, dispuesto a reprender a quien se atreviera a interrumpir mi sagrado y miserable momento de estudio obligatorio, pero en cuanto mis ojos atravesaron el vidrio empañado, una sonrisa sincera y automática apareció de inmediato en mi cara al ver a Cloe sentada sobre el sillín de su bicicleta, bajo la penumbra de la tarde, mirándome con esa complicidad inquebrantable que siempre lograba descolocarme y devolverme un poco de vida en medio del caos mental que gobernaba mis días desde hacía meses.

—Axel, ¿no es muy tarde para que estés andando en bicicleta? —le pregunté abriendo apenas una rendija de la ventana, intentando mantener un tono de falsa severidad mientras el aire frío de la calle colaba un escalofrío rápido por mi columna y el contraste con el calor sofocante de mi cuarto me hacía parpadear varias veces para terminar de despejar la pesadez de los libros.

—Ven conmigo, te tengo una sorpresa que te va a volar la cabeza —respondió ella con una energía desbordante, agitando una mano en el aire mientras se acomodaba el flequillo mojado por la llovizna.

—Cloe, por favor, estoy ocupado estudiando para mis malditos exámenes de mitad de trimestre y si mis padres me descubren ausente otra vez se armará un escándalo monumental que no estoy de humor para soportar hoy —repliqué cruzándome de brazos, sintiendo cómo la frustración amenazaba con apagar el atisbo de alegría que su rostro me había provocado unos segundos antes.

—Vamos, por favor, solo será un momento, te prometo que no te quitaré mucho tiempo y que lo que vas a ver vale totalmente la pena —insistió con esa carita de súplica imposible de ignorar, y al verla ahí plantada bajo la llovizna esperándome paciente, no pude evitar rodar los ojos y suspirar profundamente con una sonrisa inevitable dibujándose en los labios, rindiéndome ante su persistencia infinita.

—Está bien, dame un momento para cambiarme y ponerme ropa abrigadora porque el clima afuera está helado —le contesté cerrando la ventana de golpe para ponerme un abrigo grueso y unos zapatos cómodos antes de bajar sigilosamente por las escaleras traseras para no hacer ruido.

Al salir a la puerta trasera y ver a Cloe esperando pacientemente junto a la acera, la duda me asaltó de inmediato al mirar mi propia movilidad estacionada en el porche, por lo que decidí consultarle con una mezcla de duda y practicidad: —Tengo que usar mi bicicleta o podemos ir de una vez en mi moto que es mucho más rápida y segura para este frío polar?

—No, nada de motos hoy; vamos en la bicicleta, yo te quiero guiar paso a paso por el camino correcto y no quiero que te adelantes —me respondió con una sonrisa misteriosa y un destello de travesura en los ojos que no me dio opción a réplica.

Asentí con la cabeza, resignado a sus caprichos, y busqué rápidamente mi vieja bicicleta aparcada en el garaje para empezar a seguirla de cerca, pedaleando a su lado mientras la noche comenzaba a tragarse los últimos destellos del atardecer en las calles empedradas del pueblo; ambos empezamos a pedalear con fuerza, sorteando las cuestas cada vez más empinadas hasta adentrarnos en los sinuosos caminos que conducían directamente hacia las colinas solitarias del pueblo, donde el murmullo del viento entre los árboles se volvía el único sonido constante y la civilización parecía quedar peligrosamente lejos de nuestra realidad cotidiana.

—Cloe, si íbamos a subir todas estas malditas colinas empinadas, habría sido mil veces más fácil e inteligente ir en mi moto en lugar de romperme las piernas pedaleando en estas condiciones —le grité un poco agitado por el esfuerzo físico, mientras sentía cómo el aire frío quemaba mis pulmones en cada bocanada profunda que necesitaba para mantener el ritmo a su lado.

—Ya casi llegamos, no te quejes tanto y sigue pedaleando que el esfuerzo final te va a encantar —respondió ella sin disminuir la velocidad, guiándome con total seguridad a través de los senderos de tierra húmeda hasta llegar por fin a uno de los terrenos baldíos más alejados y olvidados que bordeaban la espesura del bosque municipal.




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