Cartas que nunca te envié

Capítulo 6: El impulso incontrolable y la huida más patética de mi vida

Narrado por Cloe

Gritar, gritar y volver a gritar es lo único que he hecho durante las últimas tres horas en la seguridad relativa de mi cuarto, con la cara firmemente enterrada bajo la almohada para amortiguar el sonido de mi propia desesperación. Mis hermanos, intrigados y alarmados por el escándalo, han venido en repetidas ocasiones a ver qué pasaba, tocando la puerta con insistencia y preguntando si me encontraba bien, al igual que mis padres, quienes incluso llegaron a proponer llamar a un médico o intentar forzar la cerradura. Sin embargo, a todos los he echado a gritos, suplicándoles con la voz rota que me dejaran en absoluta paz. Nadie, absolutamente nadie en este vasto universo, puede ayudarme a enmendar la estupidez monumental, cósmica y sin retorno que acabo de cometer en el muelle.

Saco la cabeza con infinita lentitud de debajo de la almohada, respirando con dificultad, y con una mano temblorosa me toco los labios con la yema de los dedos. Un calor intenso, furioso y descontrolado trepa de inmediato por mi cuello hasta teñir mis mejillas de un rojo carmesí tan violento que casi puedo sentirlo arder. Aún no me lo puedo creer, mi cerebro se niega a procesar la información de que esto realmente sucedió. Mi primer beso, ese que tantas veces había romantizado en mi cabeza imaginando un escenario perfecto, bajo las luces de la ciudad o en una noche estrellada, ocurrió de la forma más absurda, precipitada y torpe posible. Y lo peor de todo, lo verdaderamente catastrófico, es que fue con Axel, mi amor de la infancia, mi compañero de travesuras y, sobre todo, mi mejor amigo.

Vuelvo a esconderme de inmediato bajo las telas, apretando los ojos con tanta fuerza que veo lucecitas de colores destellando en mi oscuridad.

—Pero ¿por qué demonios tuvo que ser así? —gimoteo contra la tela del colchón, sintiendo ganas de llorar de la pura impotencia, antes de volver a soltar un alarido mudo, completamente avergonzada de mi propia existencia.

En ese preciso instante, el tono de llamada de mi teléfono rompe el silencio sepulcral de la habitación como si fuera una alarma de incendios. Mi corazón da un vuelco tan violento en el pecho que me corta la respiración, y un miedo helado me recorre la espina dorsal al pensar por una fracción de segundo aterradora que podría ser él, que Axel ha decidido llamarme para pedir explicaciones o, peor aún, para decirme que nuestra amistad ha terminado para siempre. Estiro la mano con torpeza bajo las sábanas, palpo la superficie fría del aparato, miro la pantalla y suelto un suspiro largo y tembloroso en el que se mezclan el alivio y la frustración: era Ana, mi fiel amiga, la que siempre me aguanta los dramas desde los lejanos tiempos de Los Ángeles.

—Hola, amiga, ¿cómo estás? —su voz alegre y cantarina resuena al otro lado de la línea, contrastando brutalmente con mi panorama apocalíptico.

—Mal, Ana. Pésimo. Acabo de cometer el peor error de toda mi corta y miserable vida —respondo con un hilo de voz, sintiendo que las lágrimas finalmente se desbordan por las comisuras de mis ojos.

—¿Qué pasó, amiga? ¡Por Dios, cuéntame ya mismo que me estás asustando!

—Acabo de besar a Axel... por accidente.

Al otro lado de la línea se hace un silencio tan absoluto que por un momento llego a pensar que se ha cortado la llamada, pero entonces un sonido ensordecedor estalla en mis oídos.

—¡¿QUÉEEEEEEEE?! —El grito de Ana casi revienta mi tímpano izquierdo, obligándome a alejar el teléfono unos centímetros de la oreja—. ¡¿Cuándo?! ¡¿Cómo demonios besas a tu mejor amigo por accidente, Cloe?! ¡Explícate ahora mismo!

—Estábamos ahí, sentados en el muelle, y me estaba contando lo de su aceptación en la universidad, lo de su viaje, lo emocionado que estaba por su futuro... y yo, cegada por una mezcla extraña de orgullo, melancolía y una alegría desbordante por él, sin calcular absolutamente nada, me acerqué y sin querer lo besé en los labios —confieso de un solo tirón, tapándome la cara con la mano libre como si ella pudiera verme desde el estado de California.

—Vaya... Santo cielo. ¿Y qué dijo él? ¿Cómo reaccionó?

Esa simple pregunta es suficiente para que el pasado inmediato se reproduzca en mi mente con una claridad pasmosa, devolviéndome cada segundo de esa pesadilla en alta definición.

El recuerdo de lo que pasó hace unas horas me golpea con la misma crudeza y el mismo terror paralizante.

Veo a Axel frente a mí, con los ojos abiertos como platos, completamente desorbitados, la cara roja como un tomate maduro y la boca entreabierta en una perfecta O de estupor, sumido en un estado de shock absoluto e irreversible. En ese preciso y maldito instante, mientras el eco de nuestros labios aún parece flotar en el aire frío de la tarde, caigo estrepitosamente en cuenta de la tremenda estupidez que acabo de cometer. Pero lo que me destruye por dentro, lo que hace que mi estómago se contraiga con un dolor físico insoportable, es ver cómo la expresión de Axel cambia lentamente. El asombro inicial se desvanece para dar paso a algo mucho peor: una tristeza profunda, genuina y desconcertante que se refleja en el fondo de sus ojos oscuros.

—Cloe... ¿qué fue eso? ¿Acaso tú...? —alcanza a decir con una voz temblorosa, casi un susurro ahogado que apenas logra competir con el sonido del agua golpeando los pilotes de madera.

No, no, no, mil veces no... ¡No puedo perder a mi amigo de esta forma tan imbécil! Mi mente empieza a hacer conexiones frenéticas y catastróficas. ¿Y si me va a rechazar con lástima? ¿Y si se va a reír de mí en mi propia cara por haber confundido las cosas? ¿Y si nuestra amistad de toda la vida se va a la basura por un impulso hormonal e imprudente? El pánico más absoluto me nubla el juicio por completo, bloqueando cualquier atisbo de raciocinio. Tengo que hacer algo, lo que sea, antes de que termine de formular esa pregunta que temo escuchar con toda mi alma.




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