Cartas que nunca te envié

Capítulo 7: El peso del silencio y el consejo inesperado

Narrado por Axel

Había tenido los tres días más horribles, largos y agonizantes de toda mi vida.

Desde aquel absurdo y desconcertante "beso accidental" que Cloe me había propinado en el muelle, no había logrado cruzar ni una sola palabra con ella. La tierra parecía habérsela tragado. Cada vez que la veía en los pasillos de la escuela, se las ingeniaba para evitarme de inmediato, girando en esquinas imposibles o escondiéndose detrás de sus amigas; no volvió a aparecer por el invernadero escolar ni por nuestro rincón habitual en la costa. Desesperado, una tarde incluso me armé de valor y fui directamente a su casa a tocar la puerta, pero su madre me recibió con una sonrisa amable y me dijo que Cloe estaba ocupada en su habitación y no podía recibir visitas.

Ahora mismo estoy sentado en nuestro lugar de siempre, en las grandes rocas que bordean la orilla, sintiéndome totalmente fracasado, confundido y con un vacío inmenso en el pecho, como si una parte vital de mí se hubiera quedado atrapada en el momento exacto en que ella salió huyendo. Sigo con la mirada perdida en el vaivén constante de las olas, rindiéndome a la frustración.

De repente, el sonido del agua salpicando con fuerza rompe la calma del atardecer. Giro la cabeza y veo a Kevin, el hermano mayor de Cloe, nadando con brazadas potentes en dirección a las rocas donde me encuentro.

Kevin, de veinte años actualmente, es ampliamente conocido en toda la zona costera como el indiscutible galán del pueblo. Todas las chicas suspiran por él y lo persiguen por las calles, principalmente porque se ha ganado a pulso el título del rey de la pesca manual. Es un nadador excepcional, con una condición física envidiable, y le apasiona pescar usando únicamente una lanza tradicional, su agilidad bajo el agua y redes ligeras; nada de barcos de motor ni tecnología ostentosa, solo su destreza contra el mar. Aunque muchos lo ven como un pasatiempo excéntrico, buceando en las corrientes más difíciles ha logrado rescatar rarezas del fondo marino y perlas que se venden muy bien en el mercado local.

Kevin sale del agua con un movimiento fluido, trepa con agilidad por el muro de roca y se sienta a mi lado, sacudiéndose el exceso de agua con una mano.

—Hola, hermano —me saluda con una sonrisa relajada, levantando el puño.

Respondo al gesto chocando los nudillos con él de manera automática.

—Hola, Kevin.

Él se pasa una mano por el cabello largo y húmedo, retirándolo de la cara mientras recupera el aliento, exhibiendo un cuerpo marcado por años de esfuerzo en el mar. Lo miro de reojo y niego levemente con la cabeza.

—Si sigues haciendo eso en la orilla, las chicas del pueblo nunca te van a dejar en paz —le digo, intentando inyectar algo de ligereza en mi tono.

Kevin suelta una carcajada franca, sin rastro de presunción.

—Admito que al principio me gustaba un poco la atención, pero hoy en día hasta me resulta molesto cuando estoy tratando de concentrarme en la pesca.

—Entonces, ¿por qué sigues exponiéndote de esa manera?

—Soy así porque me gusta, porque me siento cómodo conmigo mismo y con mi vida. Nunca he hecho nada de esto por llamar la atención de las chicas ni por presumir —hace una pausa, girándose para mirarme con fijeza—. A diferencia de ti, que la única chica que parece importarte en este mundo es mi hermana menor.

Dejo caer los hombros, sintiendo que el peso del mundo vuelve a posarse sobre mí, y bajo la mirada hacia las piedras.

—Sí, bueno... ella claramente no quiere verme ni en pintura.

—¿Se puede saber qué fue exactamente lo que pasó entre ustedes dos? Me enteré a medias por la cara de pánico con la que llegó a la casa ese día.

Exhalo un suspiro tembloroso, sintiendo que la vergüenza vuelve a picarme en el rostro.

—Hasta ahora ni yo mismo lo entiendo del todo. Le estaba contando la noticia de mi aceptación en la universidad de California... estaba tan emocionado hablándole del futuro y de repente, sin previo aviso, me besó. Y justo después... bueno, después entró en pánico, me dio un tremendo cabezazo que me tiró al suelo, gritó que todo había sido un error y salió huyendo despavorida en su bicicleta. Estoy completamente confundido, Kevin.

En lugar de compadecerse de mi miseria, Kevin suelta una gran carcajada que resuena por toda la costa, haciendo que un par de gaviotas echen a volar.

—¡Vaya! ¿Mi propia hermana te besa y luego te noquea con un cabezazo? Qué gran combinación de romance y defensa personal. Pero dime, Axel, ¿tú qué piensas de todo eso? ¿Qué sentiste?

—Yo... estoy hecho un lío. Pensé por un segundo que tal vez yo le gustaba de verdad, pero ella misma se encargó de gritarme que no sentía nada, que fue un accidente, así que ya no sé qué pensar de nuestra amistad ni de nada.

—¿Y le creíste? —me pregunta Kevin con una ceja alzada, analizándome con una perspicuidad que a veces asusta.

—Cloe jamás me ha mentido en la vida. Y sé que una parte de ella pudo haber actuado por la euforia del momento, por la alegría de mi logro, pero...

—¿Se volvieron a activar tus viejos sentimientos por ella? —interrumpe Kevin, adivinando mis pensamientos antes de que pueda verbalizarlos.

Me quedo en silencio unos segundos, tragando grueso, y termino asintiendo con lentitud.

—Sí —admito en un susurro, sintiendo una punzada en el pecho—. Me volvió a mover el corazón de la misma manera que cuando teníamos quince años y me la pasaba pensando en ella todo el día.

Kevin sonríe con una mezcla de complicidad y nostalgia, dándome un suave golpe en el hombro.

—Sí, recuerdo perfectamente esa época. Te gustaba mi hermana y casi te vuelves loco de remate porque ella era solo una niña y tú no sabías cómo acercarte.

—Sigue siendo la misma Cloe con la que crecí, pero ahora... el tiempo se me acaba. Me voy a ir del pueblo muy pronto para la universidad, y si me voy sin aclarar esto, ¿y si todo se arruina para siempre y la pierdo de verdad?




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