Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Prólogo

Antes de los errores, antes de las pérdidas, antes de las decisiones que cambian el rumbo de todo…

Zelinna creía en la perfección.

No como algo imposible.

Sino como algo que podía construirse.

Desde pequeña, su mundo estaba lleno de orden. No necesariamente un orden rígido, pero sí uno claro, definido, casi elegante. En su casa, cada cosa tenía su lugar, cada conversación tenía un tono, cada silencio tenía un significado.

Elliot, su padre, era un hombre de presencia firme. No necesitaba alzar la voz para ser escuchado. Bastaba con su manera de mirar, con la forma en que se sentaba a la mesa, con la precisión con la que hablaba. Era un hombre que creía en el esfuerzo, en la disciplina y en la idea de que una vida bien vivida era una vida bien construida.

Fedra, su madre, era distinta.

Más suave.

Más silenciosa.

Pero no menos fuerte.

Había en ella una elegancia natural, una forma de moverse por la casa como si cada paso estuviera pensado. Siempre cuidada, siempre atenta, siempre presente. Fedra no imponía, pero sostenía. Era el equilibrio entre la firmeza de Elliot y la calidez que hacía de ese hogar un refugio.

Zelinna creció entre ambos.

Aprendiendo.

Observando.

Absorbiendo.

Desde muy pequeña entendió algo sin que nadie se lo dijera directamente: la vida no era algo que simplemente pasaba… era algo que se construía.

Y ella quería construirla bien.

Las tardes en su casa eran tranquilas.

Elliot llegaba del trabajo con paso seguro. Dejaba las llaves en el mismo lugar de siempre, se quitaba el saco y se sentaba a la mesa. Fedra ya había preparado la cena.

Zelinna se sentaba frente a ellos.

Escuchaba.

Siempre escuchaba.

—¿Cómo te fue en la escuela? —preguntaba Elliot.

—Bien —respondía ella—. Saqué diez en matemáticas.

Elliot asentía.

No sonreía ampliamente, pero había algo en su mirada.

Aprobación.

Y eso era suficiente.

Fedra, en cambio, sí sonreía.

—Sabía que lo lograrías.

Zelinna bajaba la mirada, pero por dentro algo crecía.

Una necesidad.

Un impulso.

Quería que ese momento se repitiera siempre.

Quería ver esa mirada en su padre.

Quería escuchar ese orgullo en la voz de su madre.

Con el tiempo, esa necesidad se convirtió en un plan.

No uno escrito.

No uno hablado.

Pero sí uno claro en su mente.

Zelinna quería ser alguien.

No solo “alguien”.

Alguien importante.

Alguien respetado.

Alguien que pudiera mirar a sus padres y decir, sin palabras: “lo logré”.

Y que ellos lo supieran.

Eligió su camino con cuidado.

La escuela.

Las calificaciones.

La disciplina.

Cada paso era parte de algo más grande.

Mientras otras personas dudaban, cambiaban de dirección o se dejaban llevar por impulsos, Zelinna avanzaba con una idea firme: la estabilidad era éxito.

Y el éxito era felicidad.

Pero había algo más.

Algo que no venía de Elliot.

Algo que venía de Fedra.

La idea de la vida… completa.

Porque para Fedra, la vida no era solo logros.

Era hogar.

Era familia.

Era amor.

Zelinna la observaba mientras acomodaba flores en un jarrón, mientras doblaba ropa con cuidado, mientras esperaba a Elliot en la mesa.

Había una calma en ella.

Una certeza.

Como si todo estuviera en su lugar.

Como si la felicidad fuera algo que se podía sostener.

Y Zelinna lo entendió a su manera.

La vida perfecta no era solo una carrera exitosa.

Era una combinación.

Un equilibrio.

Ser una mujer exitosa.

Tener una familia.

Construir un hogar.

Ser admirada.

Ser querida.

Ser suficiente.

En su mente, todo tenía un orden.

Primero, estudiar.

Ser la mejor.

Destacar.

Después, encontrar a alguien.

Alguien que compartiera su visión.

Formar una familia.

Tener hijos.

Una casa.

Una vida estable.

Una vida… perfecta.

No porque no hubiera problemas.

Sino porque todo estaría bajo control.

Porque todo estaría bien construido.

Porque ella lo haría bien.

Una noche, cuando era más joven, Zelinna estaba sentada en su habitación con un cuaderno abierto.

No estaba haciendo tarea.

Estaba escribiendo.

No eran apuntes.

Eran ideas.

Pequeñas frases.

Sueños.

“Voy a tener una casa grande.”

“Mis hijos van a estar orgullosos de mí.”

“Mis papás también.”

“Voy a ser alguien importante.”

“Voy a ser feliz.”

Se detuvo.

Miró la última frase.

La subrayó.

“Voy a ser feliz.”

Cerró el cuaderno.

Se recostó en la cama.

Y sonrió.

Porque en ese momento…

No tenía dudas.

No había grietas.

No había miedo.

Solo una certeza tranquila.

La certeza de que la vida, si se hacía bien podía ser perfecta

Años después, muchas cosas cambiarían.

Algunas promesas se romperían.

Algunas ideas se desmoronarían.

Pero en ese instante en esa habitación en ese hogar donde Elliot representaba la firmeza y Fedra la calma.

Zelinna no conocía el fracaso.

No conocía la traición.

No conocía la pérdida.

Solo conocía el camino.

Y estaba decidida a seguirlo hasta construir la vida que siempre imaginó.

Una vida digna de orgullo.

Una vida digna de amor.

Una vida…

perfecta.




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