El edificio de la Facultad de Contaduría se alzaba con esa solemnidad gris que solo las universidades públicas saben sostener con orgullo. No era el más moderno del campus, ni el más elegante, pero tenía algo que imponía respeto: generaciones enteras habían salido de ahí con trajes formales y sueños estructurados.
Zelinna caminaba por el pasillo central como si el concreto se hubiera acomodado para sostenerla.
No era arrogancia. Era presencia.
Su cabello oscuro caía recto sobre su espalda, perfectamente peinado. Siempre usaba blusas impecables, pantalones formales que marcaban elegancia sin exageración, y tacones que resonaban firmes sobre el piso pulido. No vestía como estudiante. Vestía como futura directora financiera.
—Ahí viene —susurró una chica cerca de la máquina de café.
—Siempre parece que va tarde a una junta importante —respondió otra.
Zelinna escuchaba los murmullos. Siempre los escuchaba. Pero nunca volteaba.
Entró al salón con cinco minutos de anticipación. El profesor aún no llegaba. Algunos compañeros estaban inclinados sobre hojas llenas de números. Otros intentaban descifrar fórmulas en voz baja.
—Zelinna —la llamó Mauricio, uno de los más aplicados del grupo—. ¿Revisaste el ejercicio 4 del balance general? No me cuadran los activos.
Ella dejó su bolso sobre la mesa y sacó su carpeta.
—No te cuadran porque estás clasificando mal los pasivos a corto plazo —respondió sin dudar—. Mira.
Se inclinó sobre el escritorio. Sus dedos, seguros y rápidos, marcaron las cifras.
—Si separas correctamente los impuestos acumulados, el total se equilibra.
Mauricio abrió los ojos.
—¿Cómo haces para verlo tan rápido?
Zelinna sonrió apenas.
—Los números hablan. Solo hay que escucharlos.
Varias miradas se levantaron.
No solo era hermosa.
No solo era elegante.
Era brillante.
Y eso la hacía peligrosa.
En la cafetería universitaria, la escena era distinta.
Las mesas estaban llenas de risas, bandejas de comida y conversaciones sobre fiestas del fin de semana. Zelinna estaba sentada con su grupo habitual: Mariana, Lucía y Karla.
—¿Vas a ir el viernes? —preguntó Mariana mientras revolvía su café.
—No puedo —respondió Zelinna—. Tengo que adelantar el proyecto de auditoría.
Lucía rodó los ojos.
—¿Siempre eres tan responsable?
—Siempre —contestó Zelinna sin rastro de ironía.
Karla se inclinó hacia adelante.
—Te juro que si yo tuviera tu promedio, me relajaría un poco.
—Precisamente porque quiero mantenerlo no puedo relajarme.
Mariana la observó con atención.
—A veces siento que no te asusta nada.
Zelinna levantó la mirada.
—Claro que me asustan cosas.
—¿Como qué?
—Fracasar.
El silencio fue breve. Nadie lo esperaba.
Pero ella no dijo más.
El timbre para ir a clases sonó y se levantaron para ir a su salón
El profesor Ramos entró al salón con su carpeta bajo el brazo.
—Buenos días.
—Buenos días, profesor —respondieron en coro.
—Hoy revisaremos los estados financieros comparativos. Y quiero que alguien pase al pizarrón.
No hubo voluntarios.
Ramos recorrió el salón con la mirada y finalmente sonrió.
—Zelinna.
Ella se levantó sin titubear.
El marcador se movía con firmeza en su mano. Explicó cada movimiento con claridad. No dudó. No titubeó. No pidió ayuda.
—¿Alguna pregunta? —preguntó el profesor al finalizar.
Silencio.
—Perfecto. Gracias, Zelinna.
Cuando regresó a su asiento, Mauricio murmuró:
—Te deberían pagar matrícula por enseñar.
Ella negó con una sonrisa ligera.
Pero por dentro, algo se inflaba con orgullo.
No buscaba atención.
Pero le gustaba ser la mejor.
En el patio central, el viento movía ligeramente las hojas de los árboles. Un grupo de estudiantes de Derecho cruzaba riendo. Algunos chicos de Ingeniería jugaban con una pelota improvisada.
Zelinna caminaba con Mariana.
—Te están viendo —susurró su amiga.
—Siempre están viendo —respondió ella.
—Es que impones.
—No intento hacerlo.
—Lo sé. Pero lo haces.
Un chico se acercó.
—Hola, Zelinna. Soy Andrés, de sexto semestre.
—Hola.
—Quería invitarte a salir algún día.
Mariana abrió los ojos discretamente.
Zelinna sostuvo la mirada de Andrés con cortesía.
—Gracias. Pero no estoy interesada en salir con nadie ahora.
—¿Seguro?
—Seguro.
No fue grosera.
No fue fría.
Fue definitiva.
Cuando Andrés se alejó, Mariana explotó.
—¡Ni siquiera lo dudaste!
—No lo conozco.
—Podrías conocerlo.
Zelinna caminó unos pasos antes de responder.
—No quiero distracciones.
En su casa, esa noche, su madre Fedra la esperaba con la cena servida.
—¿Cómo te fue?
—Bien. Expuse estados financieros.
—Siempre te va bien.
Zelinna se sentó frente a su padre, Elliot.
—¿Y tú, papá?
—Trabajo pesado. Pero escuchar que mi hija será la mejor contadora del país lo compensa.
Ella sonrió.
—Aún falta.
Su padre la miró con orgullo sereno.
—No tanto como crees.
En esa mesa había estabilidad. Apoyo. Confianza.
Zelinna no lo decía en voz alta, pero cada logro era también para ellos.
Los días pasaban y su nombre se volvía referencia.
—Pregúntale a Zelinna.
—Zelinna ya lo terminó.
—Zelinna seguro sacó diez.
Algunos la admiraban.
Otros la envidiaban.
Una tarde, mientras ordenaba sus libros en la biblioteca, escuchó un murmullo detrás.
—Es perfecta. Eso cae mal.
—Seguro ni duerme.
—O seguro tiene ayuda.
Zelinna no volteó.
Cerró el libro con calma.
Se levantó.
Y se fue.
No necesitaba aprobación.
Solo necesitaba avanzar.
En el último día del semestre, el profesor Ramos anunció los resultados finales.