El semestre apenas comenzaba cuando el rumor empezó a correr por los pasillos.
—Dicen que viene de una universidad privada.
—Que tenía promedio perfecto.
—Que ganó un concurso nacional de contabilidad.
—Que pidió transferencia aquí.
Zelinna escuchó todo mientras organizaba sus apuntes en la mesa del salón.
No levantó la mirada.
—¿Oíste eso? —preguntó Mariana, sentándose a su lado.
—Escucho muchas cosas todos los días.
—Este es diferente.
Zelinna cerró su carpeta.
—¿Por qué?
—Porque dicen que es como tú.
Eso sí la hizo detenerse.
—¿Como yo?
—Sí. Cerebrito. Impecable. Popular. Perfecto.
Zelinna arqueó apenas una ceja.
—No existe alguien perfecto.
Mariana la miró con una media sonrisa.
—Bueno… ahora van a existir dos.
El profesor Ramos entró con una hoja en la mano.
—Antes de comenzar, quiero presentarles a un nuevo integrante del grupo. Viene por transferencia académica. Espero que lo integren bien.
Se abrió la puerta.
Y el salón, literalmente, se quedó en silencio.
Dereck no entró con timidez.
Entró con seguridad medida.
Alto, traje oscuro perfectamente ajustado, camisa blanca sin arrugas, reloj discreto pero elegante. Cabello peinado con precisión, mandíbula firme, mirada clara y directa.
No parecía estudiante.
Parecía ya graduado.
—Buenos días —saludó con voz grave y tranquila.
Algunas chicas acomodaron su postura.
Algunos chicos lo evaluaron en silencio.
El profesor continuó:
—Él es Dereck Salvatierra. Viene con uno de los promedios más altos que he visto en transferencia.
Mariana soltó en voz baja:
—Claro… cómo no.
Dereck recorrió el salón con la mirada.
Y entonces la vio.
Zelinna.
No fue un cruce casual.
Fue una pausa.
Ambos se observaron con una mezcla exacta de reconocimiento y desafío.
El profesor señaló un asiento vacío.
—Puedes sentarte ahí.
El asiento estaba justo detrás de Zelinna.
Mariana lo notó.
—Genial —murmuró.
Dereck caminó hasta el lugar. Al pasar junto a Zelinna, dijo en voz baja, casi como comentario neutral:
—He escuchado que aquí también hay competencia interesante.
Ella no volteó.
—Depende de qué entiendas por competencia.
Él sonrió levemente.
—Números que cuadran. Mentes rápidas.
Zelinna tomó su pluma.
—Entonces veremos si los rumores son ciertos.
Mariana apretó los labios.
No le gustó.
La primera prueba no tardó en llegar.
El profesor Ramos escribió un ejercicio complejo en el pizarrón.
—Quiero que alguien lo resuelva. Es nivel concurso nacional.
Silencio.
Ramos sonrió.
—Zelinna.
Ella se levantó.
Mientras caminaba hacia el pizarrón, escuchó otra voz.
—Con su permiso, profesor —dijo Dereck—. ¿Puedo intentarlo también?
El salón vibró.
Ramos levantó las cejas.
—Interesante. Está bien. Ambos.
Dos marcadores.
Dos mentes.
Un solo problema.
Zelinna comenzó a escribir con fluidez. Su letra firme, sus pasos claros.
Dereck no se quedó atrás. Sus cálculos eran rápidos, seguros.
El silencio era tan denso que se escuchaba el roce del marcador contra el pizarrón.
Mariana observaba con el ceño fruncido.
Minuto uno.
Minuto dos.
Zelinna llegó al resultado final.
Dereck también.
Ambos se hicieron a un lado.
Los números coincidían.
Exactos.
El profesor revisó con atención.
—Perfecto. Ambos.
Un murmullo recorrió el salón.
Zelinna volteó ligeramente hacia él.
—No estuvo mal.
—Tampoco tú.
No había arrogancia.
Había respeto.
Pero también fuego.
En la cafetería, el ambiente era distinto.
—No me gusta —dijo Mariana sin rodeos.
—¿Quién? —preguntó Zelinna mientras abría su botella de agua.
—El nuevo. Dereck.
—Apenas lo conoces.
—Precisamente. Y ya quiere demostrar demasiado.
Zelinna apoyó los codos en la mesa.
—Es inteligente.
—Eso lo hace peligroso.
Zelinna soltó una risa ligera.
—¿Desde cuándo te asustan los inteligentes?
Mariana la miró fijamente.
—Desde que compiten contigo.
Zelinna guardó silencio.
No porque estuviera ofendida.
Sino porque algo dentro de ella estaba… despierto.
Los días siguientes se convirtieron en un duelo silencioso.
Si Zelinna entregaba primero un proyecto, Dereck lo hacía con la misma rapidez.
Si ella respondía en clase, él complementaba con precisión quirúrgica.
Pero nunca la interrumpía.
Nunca la desacreditaba.
Era como si entendiera el ritmo exacto de su mente.
Una tarde, en la biblioteca, Zelinna estaba concentrada cuando una sombra se proyectó sobre su mesa.
—¿Siempre estudias sola?
No levantó la vista.
—Sí.
—Podríamos intentar resolver el caso práctico juntos.
—¿Temes no poder solo?
Él apoyó los libros frente a ella.
—Temo aburrirme solo.
Eso la hizo mirarlo.
Había brillo en sus ojos. No soberbia. Desafío limpio.
Después de unos segundos, cerró su libro.
—Si retrasas mi ritmo, me iré.
—No lo haré.
Se sentaron frente a frente.
Y por primera vez, no competían.
Construían.
Las hojas se llenaron de anotaciones compartidas. Sus manos a veces rozaban el mismo papel. Sus miradas se cruzaban más de lo necesario.
—Piensas rápido —dijo él en un momento.
—Estoy acostumbrada.
—¿A ganar?
Ella sostuvo su mirada.
—A no perder.
Él sonrió.
—Eso me gusta.
Desde otra mesa, Mariana los observaba.
Y su expresión no era de curiosidad.
Era de alerta.
Una semana después, el director académico anunció algo inesperado:
—Este año enviaremos a dos representantes al Concurso Nacional de Análisis Financiero. Y por promedio y desempeño… serán Zelinna Gatti y Dereck Salvatierra.