Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo I- Parte III

La tarde estaba cuidadosamente preparada.

Zelinna lo notó desde el momento en que Fedra cambió el mantel habitual por el bordado blanco que solo usaban en ocasiones importantes.

—Mamá… no es una cena de gala —dijo ella desde la puerta de la cocina.

—Cuando un joven viene a hablar con tu padre, sí lo es.

Zelinna respiró hondo.

Dereck había sido claro.

—No quiero que esto sea informal —le había dicho dos días antes, después de salir de la biblioteca—. Si voy a estar contigo, quiero hacerlo bien.

—¿Bien? —preguntó ella, cruzando los brazos.

—Como se debe. Con respeto.

Y ahí estaba. A punto de tocar el timbre.

Zelinna se miró por última vez en el espejo del recibidor. Vestido azul marino, discreto, elegante. Cabello suelto pero perfectamente acomodado.

Elliot estaba sentado en la sala, postura recta, lentes en la punta de la nariz, revisando unos documentos que probablemente no estaba leyendo.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él sin levantar la vista.

—No.

—Yo tampoco —respondió con calma firme.

Sonó el timbre.

El corazón de Zelinna dio un golpe seco.

Fedra fue quien abrió la puerta.

—Buenas tardes, señora Gatti —saludó Dereck con voz segura.

Traje oscuro. Corbata sobria. Zapatos perfectamente lustrados.

Llevaba una caja pequeña de chocolates finos y un ramo discreto de flores.

—Buenas tardes, joven —respondió Fedra, observándolo de arriba abajo sin disimulo—. Adelante.

Dereck entró sin prisa. Sin titubeo.

Sus ojos encontraron a Zelinna por un segundo.

Solo un segundo.

Y luego se dirigieron hacia Elliot.

—Señor Gatti.

Elliot dejó los papeles sobre la mesa y se levantó con lentitud medida.

Se estrecharon la mano.

El apretón fue firme.

Ninguno cedió.

—Siéntate, muchacho.

No era invitación cálida.

Era evaluación.

Todos tomaron asiento.

La madre sirvió café.

Durante los primeros minutos, la conversación fue cordial.

—¿De dónde es su familia?
—¿Por qué decidió transferirse?
—¿Cómo le ha ido en la universidad?

Dereck respondía con claridad, sin exageraciones.

—Mi padre tiene un despacho contable en Chicago. Crecí viendo balances antes que caricaturas —dijo con una leve sonrisa.

El padre asintió apenas.

—¿Y por qué cambiarse de universidad?

—Porque quería competir en un entorno distinto. Y porque escuché que aquí estaba el mejor promedio de la generación.

Silencio breve.

Zelinna bajó la mirada para ocultar la ligera curva en sus labios.

El padre no sonrió.

—La competencia es buena —dijo—. Si no se convierte en obsesión.

Dereck sostuvo su mirada.

—Coincido, señor.

Después de unos segundos, dejó la taza sobre la mesa.

—Vengo con una intención clara.

La madre se acomodó en su asiento.

Zelinna sintió cómo la tensión le recorría la espalda.

Dereck continuó:

—Quiero pedir permiso para formalizar mi relación con su hija. Salir con ella de manera respetuosa, con su conocimiento y aprobación.

El silencio fue total.

El padre cruzó las manos sobre sus rodillas.

—¿Formalizar?

—Sí, señor.

—¿Y qué entiende usted por formalizar?

—Compromiso, respeto y límites claros.

El padre inclinó ligeramente la cabeza.

—Mi hija no es un pasatiempo.

—Lo sé.

—No es un trofeo académico.

—Lo sé.

—Y no es un desafío.

La mirada de Dereck no vaciló.

—No, señor. Es una mujer que admiro profundamente.

Zelinna sintió un leve calor en el pecho.

Pero Elliot no había terminado.

—¿Qué admira exactamente?

Dereck respondió sin pensar demasiado.

—Su disciplina. Su inteligencia. Su carácter. La forma en que no necesita aprobación para destacar. Y la manera en que protege a los suyos.

El padre lo observó en silencio.

—Las palabras son fáciles.

—Por eso estoy aquí —contestó Dereck—. Para que me evalúe más allá de ellas.

Eso sí capturó la atención del padre.

—¿Evaluarlo?

—Sí, señor.

El padre se levantó lentamente.

—Ven conmigo.

Zelinna se tensó.

—Papá…

—Es solo una conversación.

Dereck también se levantó.

—Con permiso.

Ambos caminaron hacia el despacho del padre.

La puerta se cerró.

La habitación era sobria. Libreros llenos de textos financieros, un escritorio amplio, una calculadora antigua perfectamente colocada al centro.

El padre señaló la silla frente al escritorio.

—Siéntate.

Dereck obedeció.

El padre abrió un cajón y sacó una carpeta.

La colocó frente a él.

—Aquí hay un caso real. Una empresa familiar al borde de la quiebra. Datos incompletos. Errores contables. Mala administración.

Dereck levantó la mirada.

—¿Quiere que lo analice?

—Quiero saber si puedes sostener algo cuando los números no son perfectos.

Dereck abrió la carpeta.

Revisó los documentos con atención absoluta.

Minutos de silencio.

El padre lo observaba sin parpadear.

Finalmente, Dereck habló.

—Hay desorden estructural. No es falta de ingresos. Es mala clasificación y evasión de decisiones difíciles.

—Continúa.

—Si fuera mi empresa, empezaría por transparentar deudas, recortar gastos no esenciales y renegociar plazos. Pero lo más importante…

Hizo una pausa.

—Sería asumir responsabilidad sin culpar al mercado.

El padre lo miró con más interés.

—¿Y qué tiene que ver eso con mi hija?

Dereck cerró la carpeta.

—Todo. Porque una relación también es una empresa compartida. Si algo falla, no se huye. Se reorganiza.

El padre se recargó en la silla.

—¿Y si mi hija es más fuerte que tú?

—Entonces la apoyaré, no competiré contra ella.

Silencio.

—¿Y si un día deja de admirarte?

—Trabajaré para merecerla. No para retenerla.




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