Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo I- Parte IV

El último semestre llegó sin que Zelinna lo sintiera.

Los pasillos que antes parecían eternos ahora se medían en semanas. Los proyectos finales ocupaban cada hora del día. El Concurso Nacional había sido un éxito: ella y Dereck regresaron con reconocimiento, medallas académicas y el respeto absoluto de la facultad.

Ahora ya no competían.

Funcionaban como un sistema perfectamente equilibrado.

—Si tú revisas los activos, yo cierro pasivos —decía él.

—Y si tú proyectas, yo ajusto —respondía ella.

Eran exactos.

Eran admirados.

Eran la pareja que todos esperaban ver sentados juntos en la cafetería, caminando por el patio central o defendiendo un caso frente al profesor Ramos.

Pero esa tarde era distinta.

Dereck había insistido en reunirse después de la ceremonia interna de despedida.

—Solo nosotros y algunos amigos cercanos —dijo él con naturalidad.

—¿Celebración anticipada? —preguntó Zelinna.

—Algo así.

No sospechó.

El lugar era un pequeño jardín privado dentro de una casa que pertenecía a la familia de un amigo de Dereck. No había decoraciones exageradas. No había luces extravagantes.

Había sencillez.

Elegancia.

Y unas pocas personas importantes: Mariana, Mauricio, Karla y dos amigos cercanos de Dereck.

Zelinna llegó con un vestido color vino, sobrio, perfectamente ajustado. Su cabello caía en ondas suaves. No llevaba maquillaje excesivo. No lo necesitaba.

—Te ves hermosa —le dijo Mariana en cuanto la vio.

—Es solo una reunión.

Mariana la sostuvo por los hombros un segundo más de lo normal.

—Sí… claro.

Zelinna frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué sabes?

—Nada. Solo… disfruta.

Dereck apareció unos minutos después.

Traje gris oscuro. Sin corbata esta vez. Más relajado, pero igual de impecable.

La miró como si el resto del mundo hubiera bajado el volumen.

—Gracias por venir —dijo acercándose.

—Tú me invitaste.

—Y sabía que vendrías.

—Siempre cumplo lo que prometo.

Él sonrió.

—Lo sé.

Durante un rato conversaron todos juntos. Recordaron anécdotas de clases, errores graciosos en exposiciones, noches sin dormir estudiando balances interminables.

Mauricio levantó su copa.

—Por los mejores promedios que ha tenido esta facultad.

Risas.

Brindaron.

Pero Dereck estaba diferente.

Más atento.

Más concentrado.

Zelinna lo notó.

—¿Qué tramas? —le susurró cuando se quedaron unos pasos apartados del grupo.

—Nada que no esté planeando desde hace tiempo.

—Eso suena peligroso.

—No para ti.

La música suave comenzó a sonar desde una bocina discreta en una esquina del jardín.

No era una canción dramática.

Era instrumental.

Elegante.

Dereck dio un paso atrás.

Respiró.

Y entonces habló con claridad suficiente para que todos escucharan.

—Hay algo que quiero decir.

Las conversaciones se apagaron.

Mariana sintió el presentimiento antes que nadie.

Dereck miró a Zelinna.

No había nervios evidentes.
Pero sí una emoción contenida.

—Desde el día que entraste a ese salón y resolviste aquel ejercicio sin mirar atrás… supe que no quería competir contigo. Quería construir contigo.

Zelinna lo observaba sin parpadear.

—Eres la mujer más disciplinada que he conocido. La más fuerte. La más brillante. Y la única que me ha hecho querer ser mejor, no para superarla… sino para estar a su altura.

Mariana cruzó los brazos, tensa.

Dereck dio un paso más cerca.

—Hoy cerramos una etapa. Y quiero que la siguiente no sea un proyecto compartido… sino una vida compartida.

Entonces metió la mano en el bolsillo interno de su saco.

El aire cambió.

Zelinna sintió el latido en sus oídos.

Cuando Dereck se arrodilló, no hubo gritos.
No hubo exageraciones.

Solo un silencio absoluto.

Sacó una caja pequeña, la abrió con precisión.

Un anillo delicado, elegante. Un diamante discreto pero firme, montado en oro blanco.

—Zelinna Gatti… ¿quieres casarte conmigo?

El tiempo no se detuvo.

Pero se volvió más lento.

Ella miró el anillo.
Luego lo miró a él.

Recordó la biblioteca.
El pizarrón compartido.
La cena con su padre.
Las tardes estudiando.
La manera en que él la miraba sin intentar opacarla.

—¿Es una decisión financiera bien analizada? —preguntó ella, con una leve sonrisa que quebró la tensión.

Algunos rieron suavemente.

Dereck sostuvo su mirada.

—Es la única inversión que haría sin dudar.

Zelinna sintió cómo algo firme se acomodaba dentro de su pecho.

No era impulso.

No era presión.

Era elección.

Y asintió.

—Sí.

No gritó.

No lloró.

Dijo sí con la misma seguridad con la que resolvía balances.

Dereck se levantó y colocó el anillo en su dedo con cuidado.

Los aplausos estallaron alrededor.

Mauricio silbó.

Karla gritó emocionada.

Pero Mariana no aplaudía.

Observaba.

Cuando Dereck abrazó a Zelinna, ella apoyó la frente contra su hombro un segundo.

Era oficial.

No solo eran la pareja perfecta de la facultad.

Serían matrimonio.

Más tarde, cuando el grupo se dispersó un poco, Mariana se acercó a Zelinna.

La tomó del brazo y la llevó unos pasos lejos.

—¿Estás feliz? —preguntó directamente.

—Sí.

—¿Segura?

Zelinna la miró con suavidad.

—Nunca he estado más segura de algo.

Mariana bajó la voz.

—Solo prométeme que si algún día te hace daño… no lo justificarás.

Zelinna frunció el ceño.

—¿Por qué dices eso?

—Porque los hombres tan perfectos a veces creen que no pueden fallar.

—Dereck no es así.

Mariana sostuvo su mirada.

—Eso espero.

Hubo un silencio breve.




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