El amanecer llegó lento, casi ceremonioso.
La casa de los padres de Zelinna estaba despierta desde antes que el sol terminara de levantarse. En la cocina se escuchaba el sonido de platos acomodándose, tacones sobre el piso, murmullos contenidos.
La puerta del cuarto de Zelinna estaba cerrada.
Dentro, el vestido colgaba frente a la ventana.
Blanco absoluto. Corte clásico. Tela firme que caía con elegancia natural. No tenía excesos, no tenía brillo exagerado. Tenía presencia.
—¿Puedo pasar? —preguntó su madre desde afuera.
—Sí.
Su madre entró con cuidado, como si interrumpiera algo sagrado.
Zelinna estaba sentada frente al espejo, con el cabello ya peinado en ondas suaves recogidas en la parte posterior, dejando algunos mechones enmarcando su rostro.
No estaba nerviosa.
Estaba lista.
—Dormiste —dijo su madre, observándola por el espejo.
—Sí.
—Eso es una buena señal.
Zelinna sonrió apenas.
Sobre la cómoda descansaba la caja con el anillo de compromiso, ahora acompañado por los pendientes que usaría ese día. Perlas pequeñas, discretas.
—Tu padre ya está vestido —dijo su madre—. No ha dejado de caminar por la sala.
—Está más nervioso que yo.
—Eso siempre pasa.
Se hizo un pequeño silencio.
Su madre tomó el vestido con cuidado.
—Es momento.
La iglesia no era enorme, pero sí majestuosa. Techos altos, vitrales que filtraban la luz de la mañana en tonos dorados y azules. Las flores blancas adornaban el pasillo central sin exageración.
Dereck estaba de pie frente al altar.
Traje negro perfectamente ajustado. Camisa blanca impecable. Corbata gris perla.
Sus amigos estaban a su lado. Mauricio también, como testigo.
—¿Seguro que no quieres salir corriendo? —susurró uno de sus amigos.
—Nunca he estado más seguro —respondió Dereck sin apartar la vista de la entrada.
El órgano comenzó a sonar.
Todos se pusieron de pie.
La puerta principal se abrió.
Y Zelinna apareció del brazo de su padre.
El vestido caía con elegancia perfecta. El velo largo descendía desde la parte posterior de su peinado hasta tocar casi el suelo.
No caminaba rápido.
No caminaba lento.
Caminaba firme.
Dereck la miró como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
El padre avanzó paso a paso. Cuando llegaron al frente, sostuvo la mano de su hija un segundo más de lo necesario.
—Cuídala —le dijo a Dereck en voz baja.
—Con mi vida.
El padre colocó la mano de Zelinna sobre la de Dereck.
Y se retiró.
El sacerdote inició la ceremonia.
Las palabras resonaban en la iglesia con solemnidad. Promesas. Compromisos. Respeto. Fidelidad.
Cuando llegó el momento de los votos, Dereck habló primero.
—Zelinna, elijo caminar contigo todos los días que me sean dados. Construir contigo, sostener contigo y crecer contigo. Prometo honrar tu nombre, tu fuerza y tu historia.
Ella lo escuchó sin bajar la mirada.
Luego fue su turno.
—Dereck, acepto compartir mi vida contigo con respeto y decisión. Prometo acompañarte en cada paso y sostener lo que construyamos juntos.
No hubo lágrimas exageradas.
Hubo certeza.
El sacerdote bendijo los anillos.
Dereck tomó la argolla y la deslizó con cuidado en el dedo de Zelinna.
—Recibe este anillo como señal de mi compromiso.
Ella hizo lo mismo.
—Recíbelo como símbolo de nuestra unión.
—Los declaro marido y mujer.
El beso fue breve.
Elegante.
Suficiente.
Aplausos llenaron la iglesia.
La recepción se llevó a cabo en un salón amplio con ventanales altos y luz natural abundante. Mesas redondas con manteles blancos, centros de mesa con rosas y lirios en tonos marfil.
La música instrumental acompañaba el murmullo alegre de los invitados.
Zelinna y Dereck hicieron su entrada tomados del brazo.
Los aplausos resonaron.
—Se ven perfectos —dijo Karla cuando logró abrazarla.
—Lo somos —respondió Zelinna con una sonrisa tranquila.
Mariana se acercó después.
Llevaba un vestido verde oscuro.
—Sigues siendo la más elegante del lugar —le dijo.
—Hoy era necesario.
Mariana miró a Dereck, luego a Zelinna.
—Que sea siempre así.
Dereck levantó su copa durante el brindis.
—Gracias a quienes están aquí. Nuestra familia, nuestros amigos. Hoy comienza una nueva etapa y la iniciamos rodeados de quienes nos conocen desde el principio.
El padre de Zelinna tomó la palabra después.
—Mi hija siempre ha sido firme en sus decisiones. Hoy no es la excepción. Confío en que este matrimonio estará construido sobre respeto y esfuerzo.
Las copas chocaron suavemente.
La cena transcurrió entre risas, fotografías y anécdotas universitarias.
En el primer baile, la pista quedó despejada.
Dereck extendió la mano.
—Señora Salvatierra.
—Señor Salvatierra.
La música comenzó.
No era una canción dramática. Era suave, clásica.
Bailaron sin movimientos exagerados. Él guiaba con precisión. Ella seguía con naturalidad.
—Estamos casados —dijo él en voz baja.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
—Nunca tomo decisiones que no he calculado.
Él sonrió.
—Entonces esto es definitivo.
—Definitivo.
Los invitados observaban con aprobación.
Eran la pareja perfecta.
La pareja prometedora.
La pareja que todos consideraban ejemplo.
La noche avanzó.
El pastel fue cortado con una coordinación impecable. Las fotografías capturaron sonrisas, abrazos, copas levantadas.
En un momento de calma, cuando la mayoría estaba distraída, Mariana se acercó nuevamente a Zelinna.
—Última oportunidad para huir —bromeó.
—Demasiado tarde.
Mariana la abrazó fuerte.
—Solo recuerda quién eras antes de este vestido.
Zelinna sostuvo su mirada.