Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo II- Parte II

El departamento donde pasaron sus primeros meses de casados era temporal.

Pequeño. Funcional. Con muebles prestados y cajas aún sin desempacar del todo.

—No quiero que este sea nuestro inicio definitivo —dijo Zelinna una noche mientras cenaban en la barra angosta de la cocina.

—Tampoco yo —respondió Dereck—. Quiero algo que construyamos desde cero.

Ella levantó la mirada.

—¿Desde cero?

—Terreno. Planos. Decisiones nuestras.

Zelinna apoyó los cubiertos.

—Eso implica tiempo.

—Y compromiso.

Ella sostuvo su mirada unos segundos.

—Hagámoslo.

Los fines de semana comenzaron a tener un nuevo propósito.

Visitar terrenos.

Caminar por varios fraccionamientos en desarrollo.

Revisar planos extendidos sobre cofres de autos.

Una mañana llegaron a un lote ubicado en una zona nueva de la ciudad. Calles amplias. Árboles jóvenes recién plantados. Casas en proceso de construcción.

El agente inmobiliario les entregó un plano general del fraccionamiento.

—Este terreno tiene vista hacia el parque central. Es de los últimos disponibles en esta sección.

Zelinna caminó sobre la tierra aún sin nivelar. El viento movía ligeramente su cabello.

—¿Te imaginas aquí? —preguntó Dereck.

Ella observó el espacio vacío.

—Sala amplia. Ventanales grandes. Luz natural.

—Un despacho.

—Dos.

Él sonrió.

—Ambiciosa.

—Práctica.

El agente habló de metros cuadrados, permisos, facilidades de pago.

Pero ellos ya estaban proyectando más allá de los números.

—Lo quiero —dijo Zelinna finalmente.

Dereck no dudó.

—Entonces lo compramos.

Se estrecharon la mano frente al terreno vacío como si cerraran un trato privado antes del contrato oficial.

El día que firmaron los papeles, ambos vestían formalmente.

El notario acomodó los documentos sobre la mesa.

—Lean con calma.

Zelinna revisó cada cláusula. Cada cifra. Cada condición.

Dereck la observaba mientras ella subrayaba discretamente un punto.

—Aquí —dijo—. El plazo de entrega debe especificar penalización si hay retraso.

El notario ajustó el documento.

—Tiene razón.

Cuando finalmente firmaron, el sonido de la pluma sobre el papel fue breve pero definitivo.

—Felicidades —dijo el notario—. Ahora son propietarios.

Zelinna miró a Dereck.

—Propietarios.

—De un espacio vacío —respondió él.

—Por ahora.

Las reuniones con el arquitecto comenzaron la semana siguiente.

Un hombre de mediana edad, serio, con carpeta llena de propuestas.

—¿Estilo moderno? ¿Clásico? ¿Minimalista?

Zelinna respondió primero.

—Líneas limpias. Espacios abiertos.

Dereck añadió:

—Materiales duraderos. Nada frágil.

Pasaron horas revisando distribuciones.

—Aquí la sala —decía el arquitecto señalando el plano—. Cocina integrada o separada.

—Integrada —dijo Zelinna.

—Separada —dijo Dereck al mismo tiempo.

Se miraron.

—¿Por qué separada? —preguntó ella.

—Orden.

—¿Y por qué integrada? —respondió él.

—Conexión.

Hubo un pequeño silencio.

El arquitecto los observaba divertido.

—Podemos hacer una división parcial. Panel corredizo.

Ambos asintieron.

Compromiso.

Así siguieron decidiendo cada detalle.

Altura de techos.
Ubicación de escaleras.
Tamaño de ventanas.
Cantidad de habitaciones.

—Cuatro recámaras es suficiente —dijo Dereck.

—Cinco —respondió Zelinna.

—¿Cinco?

—Una principal. Dos futuras. Dos despachos.

Él levantó una ceja.

—Planeas a largo plazo.

—Siempre.

Finalmente acordaron cinco.

La construcción comenzó semanas después.

El terreno vacío se llenó de maquinaria, trabajadores y estructuras de acero.

Zelinna visitaba la obra con casco blanco y zapatos cerrados. Dereck hacía lo mismo.

—Aquí irá la cocina —decía ella, caminando entre columnas aún sin muros.

—Aquí la sala —respondía él.

Un día encontraron a los trabajadores discutiendo sobre una medida incorrecta en el marco de una ventana.

Zelinna revisó el plano.

—Debe ser 1.80, no 1.60.

El encargado asintió.

—Lo corregimos.

Dereck la miró con aprobación.

—No se te escapa nada.

—Es nuestra casa.

El sol caía fuerte sobre el concreto fresco. El olor a cemento impregnaba el aire.

Cada visita era una inspección detallada.

—El piso no es el que elegimos —dijo Dereck en una ocasión.

—Tiene razón —confirmó Zelinna—. El modelo correcto es el mate, no el brillante.

Se cambiaron los materiales.

Se ajustaron detalles.

Nada quedaba al azar.

Meses después, la estructura estaba lista.

Paredes blancas recién pintadas.

Pisos instalados.

Cocina con isla central y panel corredizo tal como acordaron.

La escalera de madera oscura conectaba el primer piso con el segundo, donde se encontraban las habitaciones.

El día de la entrega oficial, el arquitecto les dio las llaves.

—Disfrútenla.

Zelinna sostuvo el llavero unos segundos antes de abrir la puerta principal.

Entraron juntos.

La casa estaba vacía.

Silenciosa.

Pero llena de eco.

Dereck caminó hacia el centro de la sala.

—Nuestro primer espacio.

Zelinna avanzó hasta la cocina. Pasó la mano sobre la isla de granito.

—Aquí desayunaremos.

Subieron las escaleras.

Entraron a la recámara principal.

Amplia. Ventanales con vista al parque.

—Aquí dormiremos —dijo él.

Ella se acercó a la ventana.

—Aquí creceremos.

La mudanza llegó una semana después.

Cajas, muebles nuevos, cortinas, electrodomésticos.

Mariana ayudaba en la cocina.

—Es enorme —dijo mientras abría una caja con utensilios.

—Es adecuada —respondió Zelinna.




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