La casa ya tenía ritmo.
Las mañanas comenzaban temprano. El sonido de la cafetera en la cocina era casi puntual. Dereck revisaba documentos en la isla mientras Zelinna organizaba su agenda del día en una libreta negra que siempre llevaba consigo.
—Tienes reunión con el despacho a las nueve —dijo él una mañana sin levantar la vista de su laptop.
—Y tú revisión de auditoría a las diez —respondió ella.
—Llegaremos tarde si seguimos hablando de trabajo.
—Llegaremos tarde si no dejamos de hablar.
Se miraron y sonrieron apenas.
La vida se había vuelto eficiente. Ordenada. Como si el matrimonio hubiera creado un sistema en el que cada pieza encajaba con naturalidad.
La casa comenzaba a sentirse habitada de verdad.
Los cuadros ya estaban colgados. Las estanterías llenas. La cocina tenía especias alineadas en frascos idénticos.
Pero aún había habitaciones vacías.
Una noche, mientras cenaban en el comedor formal por primera vez desde que se mudaron, Zelinna dejó el tenedor sobre el plato.
—Tengo que decirte algo.
Dereck levantó la mirada.
—Suena serio.
—Lo es.
Hubo un segundo de silencio.
Zelinna se levantó, caminó hacia la cocina y regresó con una pequeña caja blanca.
La colocó frente a él.
—Ábrela.
Dereck frunció el ceño ligeramente, pero obedeció.
Dentro había una pequeña prueba médica.
El resultado era claro.
Embarazo.
Dereck levantó los ojos lentamente.
—¿Es…?
—Sí.
El silencio se expandió por la habitación.
Luego Dereck se levantó de la silla con una sonrisa que no pudo contener.
—Vamos a ser padres.
Zelinna asintió.
—Sí.
Él rodeó la mesa y la abrazó con fuerza.
—Esto cambia todo.
—Solo amplía lo que ya tenemos.
Dereck apoyó la frente contra la suya.
—Una hija o un hijo en esta casa…
—Lo sabremos pronto.
Pero incluso antes de saberlo, ambos comenzaron a imaginarlo.
Las visitas médicas se volvieron parte de la rutina.
Ultrasonidos. Estudios. Consultas programadas.
Una mañana, el doctor giró el monitor hacia ellos.
—¿Quieren saber el sexo del bebé?
Zelinna miró a Dereck.
—Sí.
El doctor sonrió.
—Es una niña.
Dereck soltó una pequeña risa de sorpresa.
—Una niña.
Zelinna observaba la imagen en la pantalla con atención.
—¿Cómo se llamará? —preguntó el doctor.
Dereck respondió antes de pensarlo demasiado.
—Viena.
Zelinna lo miró.
—¿Viena?
—Ciudad de música, arquitectura y precisión.
Ella pensó unos segundos.
—Me gusta.
El doctor anotó el nombre en el expediente.
—Entonces bienvenida, Viena.
La habitación del segundo piso comenzó a transformarse.
La que Zelinna había señalado meses atrás.
Los muebles llegaron una tarde de sábado.
Una cuna blanca. Un sillón cómodo para las noches largas. Un armario pequeño para ropa diminuta.
Mariana ayudaba a organizar la ropa del bebé.
—No puedo creer que vaya a ser tía —dijo levantando un pequeño vestido.
—Serás madrina si aceptas —respondió Zelinna.
Mariana la miró sorprendida.
—¿En serio?
—Sí.
Mariana abrazó el vestido contra su pecho.
—Acepto.
Dereck entró cargando una caja con juguetes.
—¿Dónde pongo esto?
—En el armario —dijo Zelinna.
—Esto es más pequeño de lo que imaginaba —comentó él mirando los zapatos diminutos.
Mariana rió.
—Esperen a verla.
Los meses avanzaron.
El vientre de Zelinna crecía lentamente bajo vestidos cómodos. La casa comenzó a llenarse de sonidos nuevos: la música suave que ponía por las tardes, los comentarios de familiares que visitaban para ver cómo avanzaba el embarazo.
Una tarde, el padre de Zelinna caminó por la casa observando cada habitación.
—Es una buena casa para criar una familia.
—Eso esperamos —respondió Dereck.
—Mi nieta será muy cuidada aquí.
—Así será.
El hombre asintió satisfecho.
La noche en que comenzó el trabajo de parto, la casa estaba tranquila.
Zelinna estaba leyendo en la sala cuando dejó el libro sobre la mesa.
—Dereck.
Él levantó la vista desde su computadora.
—¿Sí?
—Creo que es hora.
No hubo gritos.
No hubo pánico.
Dereck cerró la laptop con calma.
—Vamos.
Tomó la bolsa que habían preparado semanas antes.
Salieron hacia el hospital bajo la luz tranquila de la madrugada.
Las horas en el hospital fueron largas.
La sala estaba iluminada por luces blancas y el sonido constante de monitores.
Dereck permanecía a su lado.
—Respira —le decía con calma.
Zelinna sostenía su mano con fuerza.
Las enfermeras entraban y salían revisando el progreso.
Finalmente, el médico apareció.
—Es momento.
La trasladaron a la sala de parto.
El proceso fue intenso. Rápido. Ordenado.
Y entonces…
Un llanto agudo llenó la habitación.
La enfermera levantó al bebé envuelto en una manta.
—Es una niña hermosa.
Dereck la miró con asombro absoluto.
—Viena.
El médico la colocó sobre el pecho de Zelinna.
Pequeña.
Rosada.
Moviendo las manos diminutas.
Zelinna la sostuvo con cuidado.
—Hola, Viena.
Dereck se inclinó cerca de ellas.
—Bienvenida.
Cuando regresaron a casa días después, todo parecía diferente.
La casa que antes era silenciosa ahora tenía un nuevo sonido.
El llanto suave del bebé.
Los pasos nocturnos por el pasillo.
La luz tenue encendida en la habitación del segundo piso.
Mariana llegó con regalos.
—Quiero verla.
Zelinna le entregó a la pequeña.
Mariana la sostuvo con delicadeza.
—Hola, pequeña Viena.
Dereck observaba desde la puerta.
—Es increíblemente pequeña.