La casa de Zelinna estaba llena de colores.
Globos rosas y dorados flotaban en la sala, atados a las sillas y a las barandillas de la escalera. Sobre la mesa del comedor había un pastel grande decorado con flores de azúcar y el nombre “Freya” escrito en glaseado blanco.
Era el sexto cumpleaños de la niña.
En el jardín, varios niños corrían entre los árboles mientras perseguían burbujas de jabón que una máquina pequeña lanzaba al aire. La música infantil sonaba suavemente desde una bocina cerca de la mesa de bebidas.
Freya llevaba un vestido azul claro con pequeñas estrellas plateadas. En la cabeza tenía una diadema con un lazo grande.
Corría detrás de su hermana Viena.
—¡Espérame! —gritó Freya.
Viena, que ya tenía ocho años, se volvió riendo.
—¡Tienes que correr más rápido!
Freya se detuvo y cruzó los brazos.
—¡Eso no es justo!
—¡Sí lo es!
Zelinna salió al jardín con una bandeja de jugos.
—Niñas, cuidado con el pastel.
Viena se acercó.
—Mamá, Freya quiere alcanzarme.
—Entonces déjala ganar una vez —respondió Zelinna sonriendo.
Freya levantó las manos.
—¡Sí!
Viena suspiró con dramatismo.
—Está bien…
Las niñas volvieron a correr entre risas.
Desde la mesa del jardín, Elliot, el padre de Zelinna, observaba la escena con una sonrisa tranquila.
A su lado estaba Fedra, su esposa.
—Mira cómo crecen —dijo Elliot.
Fedra asintió.
—Apenas ayer eran bebés.
Elliot tomó un sorbo de café.
—Freya tiene tu carácter.
Fedra rió.
—¿El mío?
—Sí.
—Entonces Viena tiene el tuyo.
Elliot volvió a mirar a las niñas.
—Son buenas niñas.
Fedra acomodó el mantel.
—Porque tienen buenos padres.
En ese momento Dereck se acercó a la mesa con una caja de regalos.
—¿Dónde los ponemos?
Zelinna señaló una mesa lateral.
—Ahí está bien.
Dereck dejó la caja.
—Los niños ya quieren abrirlos.
—Primero el pastel —dijo Zelinna.
—Sabia decisión.
Mariana llegó al jardín con una bolsa grande.
—¡Feliz cumpleaños, Freya!
La niña corrió hacia ella.
—¡Mariana!
—Te traje algo especial.
—¿Qué es?
—Después lo ves.
Mariana abrazó a Zelinna.
—Tu jardín parece una fiesta de revista.
—Las niñas querían algo grande este año.
—Lo lograron.
Elliot levantó la mano saludando.
—Mariana.
—Señor Elliot —respondió ella con una sonrisa.
—Ven a sentarte.
Mariana se acercó a la mesa.
—¿Cómo está?
—Bien, bien.
Elliot se acomodó en la silla.
Pero al hacerlo frunció ligeramente el ceño.
Fedra lo miró.
—¿Todo bien?
—Sí… solo un poco de cansancio.
—Te dije que descansaras más.
—Es solo el calor.
Elliot tomó otro sorbo de café.
La fiesta continuó.
Los niños jugaron a romper una piñata que Dereck había colgado en el árbol más grande del jardín.
—¡Más fuerte! —gritaban.
Freya golpeaba con el palo mientras los demás niños aplaudían.
Finalmente la piñata se rompió y los dulces cayeron por todas partes.
Los niños se lanzaron al suelo para recogerlos.
Elliot observaba la escena.
Pero su mano se apoyó en el pecho por un momento.
Respiró hondo.
Fedra volvió a mirarlo.
—Elliot.
—¿Sí?
—Te ves pálido.
—Estoy bien.
—¿Seguro?
—Solo necesito un poco de agua.
Fedra se levantó.
—Te traeré un vaso.
Cuando volvió, Elliot bebió despacio.
Zelinna se acercó.
—Papá, vamos a cantar el cumpleaños.
—Perfecto.
Caminaron hacia la mesa del pastel.
Freya estaba parada frente al pastel con seis velas encendidas.
Todos comenzaron a cantar.
—🎵 Cumpleaños feliz… 🎵
Elliot cantaba también, pero su voz era más baja.
Al terminar, Freya sopló las velas.
Los niños aplaudieron.
—¡Pide un deseo! —dijo Viena.
—¡Ya lo pedí!
Dereck comenzó a cortar el pastel.
—¿Quién quiere primero?
—¡Yo! —gritaron varios niños.
Las rebanadas comenzaron a repartirse.
Elliot tomó un pequeño plato.
Pero apenas probó un bocado.
Fedra lo notó.
—No estás comiendo.
—No tengo mucha hambre.
—Eso no es normal en ti.
Elliot sonrió levemente.
—Tal vez comí demasiado antes.
Fedra lo observó con atención.
Mientras tanto, Zelinna estaba ayudando a Freya a abrir los regalos.
—Este es de Mariana —dijo la niña.
Rompió el papel.
Dentro había un set de pinturas.
—¡Colores!
—Para que pintes lo que quieras —dijo Mariana.
—¡Gracias!
Luego abrió otro.
—Este es de los abuelos.
Era una caja grande.
Freya la abrió con emoción.
Dentro había una casa de muñecas.
—¡Es enorme!
Viena se acercó.
—Podemos jugar juntas.
—Sí.
Los adultos sonrieron.
Elliot observaba a sus nietas.
Pero entonces su mano volvió a apoyarse en el pecho.
Respiró con más fuerza.
Fedra se inclinó hacia él.
—Elliot, esto ya no me gusta.
—Solo estoy cansado.
—No.
Fedra miró hacia Zelinna.
—Zelinna.
Ella volteó.
—¿Sí?
—Ven un momento.
Zelinna caminó hacia la mesa.
—¿Qué pasa?
Fedra habló en voz baja.
—Tu papá no se siente bien.
Zelinna miró a Elliot.
—¿Papá?
Él sonrió intentando restarle importancia.
—Estoy bien.
—Te ves cansado.
—Solo un poco.
—¿Te duele algo?
Elliot dudó un momento.
—Un poco el pecho.
Zelinna frunció el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace rato.
Fedra suspiró.
—Te dije que nos fuéramos temprano.
—No quería perderme la fiesta.
Zelinna miró a Dereck.
—Dereck.