El despacho del notario estaba en el segundo piso de un edificio antiguo del centro.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de carpetas gruesas y libros jurídicos con lomos oscuros. En el centro del despacho había un escritorio amplio de madera pulida y dos sillones frente a él.
La mañana estaba tranquila.
La luz entraba por la ventana alta y caía directamente sobre la superficie del escritorio.
El notario Licenciado Arturo Belmonte revisaba unos documentos cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió lentamente.
Elliot entró.
Llevaba un traje gris oscuro, camisa blanca y corbata azul. Caminaba con calma, pero sus movimientos eran un poco más lentos que de costumbre.
El notario levantó la vista.
—Señor Gatti.
Elliot cerró la puerta detrás de sí.
—Licenciado Belmonte.
Se estrecharon la mano.
—Tome asiento.
Elliot se sentó frente al escritorio.
El notario acomodó sus lentes.
—¿En qué puedo ayudarlo hoy?
Elliot observó por un momento los documentos sobre el escritorio antes de hablar.
—Quiero modificar mi testamento.
El notario asintió con naturalidad.
—Por supuesto. ¿Desea hacer cambios específicos?
—Sí.
Belmonte tomó una libreta y una pluma.
—Lo escucho.
Elliot cruzó las manos sobre la mesa.
—Quiero dejar todo completamente claro.
—Eso siempre es recomendable.
—No quiero que haya problemas legales después.
El notario asintió.
—Entonces revisemos su testamento actual.
Abrió una carpeta gruesa con el nombre Elliot Gatti escrito en la portada.
Sacó varias hojas.
—Su testamento anterior establece que sus bienes se dividirán entre su esposa Fedra y su hija Zelinna.
Elliot negó ligeramente con la cabeza.
—Eso es lo que quiero cambiar.
Belmonte levantó la mirada.
—¿Desea modificar la distribución?
—Sí.
El notario dejó la pluma sobre la mesa.
—Explíqueme qué desea hacer.
Elliot respiró con calma.
—Quiero que toda mi herencia pase directamente a mi hija Zelinna.
El notario permaneció en silencio un momento.
—¿Toda?
—Toda.
—¿Incluyendo propiedades, cuentas y acciones?
—Todo.
Belmonte revisó otra hoja.
—Actualmente su patrimonio incluye tres propiedades, inversiones, cuentas bancarias y participaciones empresariales.
—Lo sé.
—¿Desea excluir completamente a su esposa?
Elliot negó.
—No.
Belmonte frunció ligeramente el ceño.
—Entonces necesito entender bien su intención.
Elliot se acomodó en la silla.
—Quiero proteger a Fedra.
—Pero si la excluye del testamento…
—No la estoy excluyendo.
El notario esperó.
—Quiero que la herencia esté legalmente a nombre de mi hija.
Belmonte comprendió lentamente.
—Pero que su esposa tenga protección económica.
—Exactamente.
El notario volvió a tomar la pluma.
—Explíquelo con detalle.
Elliot habló con claridad.
—Fedra podrá vivir en la casa mientras viva.
—Derecho de uso vitalicio.
—Exactamente.
Belmonte escribió.
—¿Y los demás bienes?
—Zelinna los administrará.
—Entiendo.
El notario levantó la vista.
—¿Por qué desea estructurarlo de esta manera?
Elliot respondió con serenidad.
—Porque quiero evitar que los bienes se vuelvan compartidos en otro matrimonio o en situaciones legales futuras, tanto para Zelinna como para Fedra.
Belmonte asintió lentamente.
—Comprendo.
Elliot continuó.
—Mi esposa estará protegida. Siempre.
—Pero la titularidad será de su hija.
—Sí.
El notario pensó unos segundos.
—Es una estructura bastante clara.
Elliot añadió:
—También quiero incluir a mis nietas.
—¿Cómo?
—Un fondo educativo para Viena y Freya.
Belmonte escribió nuevamente.
—¿Qué porcentaje del patrimonio desea asignar?
—El diez por ciento dividido entre ambas.
—Quedará registrado como fideicomiso educativo.
—Perfecto.
El notario revisó lo que había anotado.
—Entonces su herencia quedará distribuida de esta forma:
su hija Zelinna será la heredera universal de sus bienes.
—Correcto.
—Su esposa Fedra tendrá derecho vitalicio a habitar la residencia principal.
—Así es.
—Y sus nietas recibirán un fondo educativo.
—Exacto.
Belmonte se reclinó en su silla.
—Es una estructura sólida.
Elliot observó la ventana.
—Quiero que todo esté resuelto antes de que mi salud empeore.
El notario habló con tono profesional.
—¿Le han dado un diagnóstico definitivo?
Elliot respondió sin rodeos.
—Cáncer de pulmón.
Belmonte bajó ligeramente la mirada.
—Lo lamento.
Elliot asintió.
—Por eso estoy aquí.
El notario cerró la carpeta.
—Prepararé el nuevo documento.
Se levantó y caminó hacia un archivador.
Sacó una hoja oficial con sellos notariales.
—Necesitaremos redactarlo con precisión jurídica.
Elliot permaneció sentado observando el despacho.
Las paredes estaban llenas de documentos que representaban historias familiares, decisiones finales, herencias y acuerdos.
Belmonte regresó al escritorio.
—Comencemos.
Comenzó a escribir en la computadora.
El sonido de las teclas llenó el despacho.
Pasaron varios minutos.
Finalmente el notario imprimió el documento.
Colocó las hojas sobre el escritorio.
—Lea cuidadosamente.
Elliot tomó el documento.
La redacción era formal.
Cada cláusula estaba claramente especificada.
Después de varios minutos, levantó la mirada.
—Está correcto.
Belmonte colocó una pluma frente a él.
—Entonces firme aquí.