La habitación del hospital estaba iluminada por una luz tenue.
No era la luz blanca fuerte de los pasillos, sino una lámpara cálida que una enfermera había dejado encendida para que el ambiente fuera más tranquilo.
La noche se extendía silenciosa detrás de la ventana. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos como pequeños puntos dorados.
En la cama estaba Elliot.
Su respiración era lenta y profunda. El sonido del monitor cardíaco marcaba un ritmo constante.
A su lado estaba Fedra, sentada en una silla, sosteniendo su mano.
Del otro lado estaba Zelinna.
Habían pasado meses desde aquel cumpleaños de Freya.
Meses de consultas médicas.
Meses de tratamientos.
Meses de hospital.
El cáncer había avanzado.
Esa noche los médicos habían sido claros.
No quedaba mucho tiempo.
El doctor Ramírez había hablado con la familia unas horas antes.
—Lo más importante ahora es que esté tranquilo —había dicho.
—¿Está consciente? —preguntó Zelinna.
—Sí.
—¿Sufre dolor?
—Está medicado.
Fedra había asentido en silencio.
—Entonces queremos quedarnos con él.
—Por supuesto.
Ahora estaban allí.
Los cuatro.
Elliot abrió los ojos lentamente.
Miró primero a Fedra.
—Sigues aquí.
Fedra apretó su mano.
—Claro que sigo aquí.
Elliot sonrió apenas.
—Siempre lo hiciste.
Zelinna se inclinó un poco hacia él.
—Papá.
Elliot giró la cabeza con esfuerzo.
—Zelinna.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
Hubo un momento de silencio.
El monitor continuaba marcando el ritmo.
Elliot miró hacia la puerta.
—¿Dónde están las niñas?
Zelinna respondió con suavidad.
—En casa con Mariana.
—¿Durmiendo?
—Sí.
Elliot asintió.
—Está bien.
Fedra acomodó ligeramente la almohada.
—¿Estás cómodo?
—Sí.
Elliot miró nuevamente a su esposa.
—Fedra.
—Sí.
—Hicimos una buena vida.
Fedra cerró los ojos un momento.
—Sí… la hicimos.
—Una buena casa.
—Una buena familia.
—Una hija extraordinaria.
Fedra miró a Zelinna.
—Eso sí.
Zelinna permanecía en silencio.
Elliot volvió a hablar.
—Zelinna.
—Sí, papá.
—¿Recuerdas cuando aprendiste a andar en bicicleta?
Ella sonrió levemente.
—En el parque.
—Te caíste tres veces.
—Cuatro.
Elliot rió suavemente.
—Pero te levantaste cada vez.
—Porque tú me decías que lo hiciera.
—Y lo hiciste.
El silencio volvió por unos segundos.
Luego Elliot miró a Fedra.
—¿Recuerdas nuestra primera casa?
Fedra sonrió con nostalgia.
—La que tenía goteras.
—Sí.
—Poníamos cubetas cuando llovía.
—Pero era nuestra.
—Siempre fue suficiente.
Fedra apretó su mano un poco más.
—Siempre fue suficiente.
La puerta se abrió suavemente.
Dereck entró.
Había salido un momento para hablar con los médicos.
Se acercó a la cama.
—Señor Elliot.
Elliot lo miró.
—Dereck.
—Estoy aquí.
—Gracias por cuidar de mi hija.
Dereck asintió con respeto.
—Siempre lo haré.
Elliot lo observó unos segundos.
Luego volvió la mirada a Zelinna.
—Y de mis nietas.
—También.
Elliot respiró profundamente.
—Bien.
El monitor continuaba marcando el ritmo.
Fedra acariciaba suavemente su mano.
—¿Quieres agua?
—No.
—¿Algo más?
—Solo que se queden.
—Nos quedaremos.
Zelinna tomó la otra mano de su padre.
—Aquí estamos.
Elliot miró a ambos lados.
A su esposa.
A su hija.
Luego a Dereck.
Su respiración se volvió más lenta.
La habitación estaba completamente silenciosa.
Después de unos momentos volvió a hablar, pero su voz era más suave.
—Fedra.
—Sí.
—Cuida el jardín.
Fedra sonrió con lágrimas en los ojos.
—Lo haré.
—Las rosas rojas necesitan más sol.
—Lo sé.
Luego miró a Zelinna.
—Y tú…
Ella se inclinó un poco más cerca.
—¿Sí?
—Sigue adelante.
Zelinna apretó su mano.
—Lo haré.
—Siempre lo haces.
El monitor emitía un sonido constante.
Elliot miró por última vez hacia la ventana.
La ciudad brillaba bajo la noche.
—Es una buena noche —murmuró.
Fedra apoyó su frente contra la mano de Elliot.
—Sí… lo es.
Pasaron unos segundos.
La respiración de Elliot se hizo más lenta.
Más profunda.
Luego más suave.
Zelinna lo miraba fijamente.
—Papá…
El monitor cambió de ritmo.
Un pitido largo llenó la habitación.
La enfermera entró rápidamente.
El doctor apareció detrás de ella.
Revisaron el monitor.
El doctor miró a la familia.
Su voz fue tranquila.
—Lo siento.
Fedra permanecía sosteniendo la mano de Elliot.
Zelinna no soltó la otra.
La habitación quedó completamente en silencio.
La ciudad seguía iluminada afuera.
Pero dentro de aquella habitación, la vida de Elliot había llegado a su final.
Había partido rodeado de las personas que más amaba.
Su esposa.
Su hija.
Su familia.
Y el silencio que quedó después fue profundo.
No vacío.
Sino lleno de recuerdos de toda una vida compartida.