Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo IV- Parte III

El despertador sonó a las seis y media de la mañana.

En la casa todavía estaba oscuro.

Zelinna se levantó primero, como cada día. Caminó hacia la cocina, encendió la cafetera y abrió ligeramente la ventana para que entrara el aire fresco de la mañana.

La casa estaba tranquila.

Subió las escaleras unos minutos después.

Primero tocó la puerta del cuarto de Freya.

—Freya.

—Cinco minutos más —respondió la niña desde la cama.

—Levántate.

—Ya voy.

Zelinna caminó unos pasos más por el pasillo.

Se detuvo frente a la puerta del cuarto de Viena.

Tocó.

—Viena.

No hubo respuesta.

Volvió a tocar.

—Viena, es hora.

Desde dentro se escuchó una voz apagada.

—Ya voy.

Zelinna bajó nuevamente a la cocina.

Unos minutos después Freya apareció con el uniforme escolar.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Tengo sueño.

—Siéntate.

Freya se sentó en la mesa.

Miró hacia las escaleras.

—¿Viena ya bajó?

—Todavía no.

Pasaron cinco minutos.

Luego diez.

Zelinna volvió a mirar hacia arriba.

—Freya, termina tu desayuno.

—Sí.

Finalmente se escucharon pasos en las escaleras.

Viena apareció.

Llevaba el uniforme, pero el suéter estaba amarrado a la cintura y la camisa tenía los primeros botones abiertos.

Zelinna levantó la mirada.

—Viena.

—¿Qué?

—Tu uniforme.

—Está bien.

—Abotona tu camisa.

Viena suspiró.

—Mamá…

—Abotónala.

Viena lo hizo lentamente.

Se sentó en la mesa.

—No tengo hambre.

—Debes desayunar.

—No quiero.

—Entonces come al menos una fruta.

Viena tomó una manzana y le dio una mordida pequeña.

Dereck entró en la cocina ajustando su reloj.

—Buenos días.

—Buenos días.

Viena apenas levantó la vista.

—Vamos, llegaremos tarde —dijo Dereck.

Las niñas tomaron sus mochilas.

Antes de salir, Zelinna observó a Viena nuevamente.

—Peina tu cabello.

—Así está bien.

—Viena.

—Está bien.

Se acomodó el cabello con rapidez.

Luego salió de la casa.

Las primeras semanas del semestre continuaron con pequeñas discusiones.

Nada demasiado grande.

Pero cada vez más frecuentes.

Una tarde, Zelinna estaba revisando algunos documentos cuando escuchó la puerta principal abrirse con fuerza.

Viena entró.

—Hola.

—Hola —respondió Zelinna.

Viena dejó su mochila en el sofá.

—¿Cómo estuvo la escuela?

—Normal.

—¿Tarea?

—Sí.

Subió las escaleras sin decir nada más.

Freya entró unos minutos después.

—Mamá.

—¿Sí?

—Hoy Viena se peleó con una niña.

Zelinna levantó la mirada.

—¿Cómo sabes?

—Lo vi.

—¿Qué pasó?

—No sé.

En ese momento Viena volvió a bajar.

—Freya.

—¿Qué?

—Deja de contar cosas.

Freya cruzó los brazos.

—Solo dije lo que vi.

Zelinna habló con calma.

—¿Te peleaste con alguien?

—No.

—Freya dice que sí.

—Solo discutimos.

—¿Por qué?

Viena tomó una botella de agua.

—Porque sí.

—Necesito saber.

—No es importante.

Viena subió nuevamente a su cuarto.

La puerta se cerró con fuerza.

Unas semanas después llegó la primera llamada de la escuela.

Zelinna estaba en la oficina cuando recibió el aviso.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes —respondió Zelinna.

—Habla el profesor Andrade.

—Sí.

—Quería hablar sobre Viena.

Zelinna se acomodó en su silla.

—¿Ocurrió algo?

—Ha estado llegando tarde a clase.

—¿Varias veces?

—Tres esta semana.

—Hablaré con ella.

—Gracias.

Esa noche, durante la cena, Zelinna decidió hablar.

—Viena.

—¿Sí?

—Tu profesor llamó hoy.

Viena levantó la mirada lentamente.

—¿Por qué?

—Porque llegaste tarde a clase varias veces.

—Solo fueron unos minutos.

—Tres veces.

Viena empujó su comida con el tenedor.

—No es para tanto.

Dereck habló con tono firme.

—Sí lo es.

Viena lo miró.

—No pasó nada.

—Las reglas de la escuela existen por algo —dijo Dereck.

—No era importante.

Zelinna intervino.

—A partir de mañana saldrás diez minutos antes.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Viena guardó silencio.

La situación no mejoró.

Al contrario.

Los cambios se hicieron más evidentes.

Una tarde Zelinna entró al cuarto de Viena para dejar ropa limpia.

En el escritorio había papeles arrugados y varios cuadernos abiertos.

También vio una nota de la escuela.

La tomó.

Era un reporte de conducta.

Zelinna bajó las escaleras con el papel en la mano.

Cuando Viena llegó a casa, Zelinna la esperaba en la sala.

—¿Qué es esto?

Viena miró el papel.

—Nada.

—Es un reporte.

—Solo porque hablé en clase.

—Dice que interrumpiste al profesor.

—Solo estaba hablando con una amiga.

—Durante la explicación.

—Sí.

Zelinna respiró profundamente.

—Esto no puede seguir así.

—No es para tanto.

—Para la escuela sí.

Viena tomó el papel.

—Solo fue una vez.

—No es la primera vez que hay problemas.

—Todo el mundo habla en clase.

—Pero no todos reciben reportes.

Viena rodó los ojos.

—Qué exageración.

—Viena.

—¿Qué?

—Respétame cuando hablo contigo.

Hubo un silencio tenso.

Finalmente Viena tomó su mochila.

—Voy a mi cuarto.

—No hemos terminado.

Pero Viena ya estaba subiendo las escaleras.

La puerta volvió a cerrarse con fuerza.

Freya observaba todo desde el pasillo.

Se acercó lentamente a su mamá.

—¿Está enojada?

Zelinna suspiró.

—Está creciendo.




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