La mañana comenzó como cualquier otra.
La luz del sol entraba por las ventanas del segundo piso mientras la casa despertaba lentamente.
Zelinna ya estaba en la cocina preparando el desayuno. El aroma del café llenaba el aire mientras colocaba platos sobre la mesa.
Desde arriba se escucharon pasos.
Freya bajó las escaleras despacio.
—Buenos días.
Zelinna levantó la mirada.
—Buenos días.
Freya caminó hacia la mesa y se sentó.
—¿Dormiste bien?
Freya se encogió de hombros.
—Más o menos.
—¿Por qué?
—Me dolía el estómago.
—¿Mucho?
—Un poco.
Zelinna colocó un vaso de jugo frente a ella.
—Puede ser algo que comiste.
Freya tomó un pequeño sorbo.
—Tal vez.
Unos minutos después Viena bajó.
Su cabello estaba recogido en una coleta y llevaba el uniforme escolar.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Zelinna.
Viena se sentó.
Miró a Freya.
—¿Por qué esa cara?
Freya frunció ligeramente el ceño.
—Me duele el estómago.
—Seguro comiste demasiados dulces.
—No comí tantos.
Zelinna sirvió el desayuno.
—Coman.
Las niñas comenzaron a comer.
Freya lo hizo más lento que de costumbre.
A mitad del desayuno se movió incómoda en la silla.
—¿Estás bien? —preguntó Zelinna.
—Sí.
Pero su expresión seguía mostrando incomodidad.
En la escuela la mañana avanzó lentamente para Freya.
Durante la clase de matemáticas comenzó a sentirse extraña.
Movió las piernas debajo del escritorio.
Luego levantó la mano.
—¿Puedo ir al baño?
—Sí —respondió la maestra.
Freya salió del salón.
Caminó por el pasillo hasta el baño de niñas.
Entró a uno de los cubículos.
Cuando bajó la mirada se quedó completamente inmóvil.
En su ropa interior había una mancha roja.
Freya abrió los ojos con sorpresa.
Se quedó quieta unos segundos.
Luego volvió a mirar.
La mancha seguía allí.
Respiró rápido.
No sabía exactamente qué hacer.
Había escuchado algunas conversaciones entre compañeras mayores.
También recordaba algo que Zelinna había mencionado tiempo atrás.
Pero ahora que estaba ocurriendo, no sabía cómo reaccionar.
Se limpió como pudo con papel.
Pero la mancha seguía apareciendo.
Freya salió del cubículo y caminó hacia el lavamanos.
Se miró en el espejo.
—¿Estás bien? —preguntó otra niña.
Freya asintió rápidamente.
—Sí.
Pero su voz no sonaba muy segura.
Volvió al salón.
Se sentó en su lugar.
Durante el resto de la clase apenas prestó atención.
Solo pensaba en lo que había visto.
Cuando llegó la hora de la salida, Freya caminó directo hacia el auto familiar.
Viena ya estaba ahí esperándola.
—Hola.
—Hola.
Viena la miró.
—¿Por qué caminas raro?
Freya bajó la mirada.
—Nada.
—Algo pasa.
—No.
—Te ves rara.
Freya se acomodó en el asiento.
—Solo quiero llegar a casa.
Viena la observó unos segundos.
—Está bien.
El auto arrancó.
Durante el trayecto Freya permaneció en silencio.
Al llegar a casa, Freya subió las escaleras rápidamente.
—Freya —dijo Zelinna desde la sala.
—Voy a mi cuarto.
—¿Todo bien?
—Sí.
La puerta de su habitación se cerró.
Freya dejó la mochila en el suelo.
Luego caminó al baño.
Miró nuevamente.
La mancha roja estaba otra vez allí.
Esta vez un poco más grande.
Freya respiró profundo.
Recordó entonces algo que Zelinna había explicado meses atrás.
Se sentó en la cama pensando qué hacer.
Después de unos minutos salió de su cuarto.
Bajó las escaleras lentamente.
Zelinna estaba revisando unos papeles en la mesa.
—Mamá.
—¿Sí?
Freya dudó un momento.
—Creo que… creo que me pasó algo.
Zelinna levantó la mirada.
—¿Qué pasó?
Freya habló en voz baja.
—Hay sangre.
Zelinna dejó el papel inmediatamente.
—¿Dónde?
—En mi ropa.
Zelinna se levantó con calma.
—¿En tu ropa interior?
Freya asintió.
—Sí.
Zelinna sonrió suavemente.
—Entonces ya llegó.
—¿Qué?
—Tu primer periodo.
Freya parpadeó.
—¿En serio?
—Sí.
Freya se quedó quieta.
—Pensé que iba a doler más.
—A veces duele un poco, a veces casi nada.
En ese momento Viena apareció en el pasillo.
—¿Qué pasa?
Zelinna miró a su hija mayor.
—Freya tuvo su primer periodo.
Viena levantó ligeramente las cejas.
—¿En serio?
Freya la miró con nervios.
—Sí.
Viena caminó hacia ellas.
—Bienvenida al club.
Freya rió nerviosamente.
—No sé qué hacer.
Zelinna puso una mano sobre su hombro.
—Vamos al baño y te explico.
Las tres subieron las escaleras.
Entraron al baño.
Zelinna abrió un cajón.
Sacó una toalla sanitaria.
—Esto es lo que usarás.
Freya la miró con curiosidad.
—¿Cómo funciona?
Zelinna abrió el paquete.
—Mira.
Le mostró cómo se colocaba.
—Se pega a la ropa interior.
Freya observó con atención.
—¿Tengo que usarlo todo el tiempo?
—Durante algunos días.
—¿Cuántos?
—Generalmente entre tres y cinco.
Viena se apoyó en el marco de la puerta.
—A veces un poco más.
Freya la miró.
—¿Duele mucho?
—A veces.
—Pero no siempre.
Zelinna habló con calma.
—Si te duele puedes decirme.
—Está bien.
Freya tomó la toalla sanitaria.
—Creo que puedo hacerlo.
—Muy bien —dijo Zelinna.
Freya entró al cubículo del baño.
Unos minutos después salió.
—Listo.
Zelinna sonrió.
—Perfecto.
Freya respiró aliviada.