Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo V- Parte II

La noche había caído sobre la casa.

En la cocina, la luz amarilla iluminaba la mesa donde Zelinna terminaba de colocar los platos para la cena. El aroma de la sopa recién hecha llenaba el aire.

El reloj de la pared marcaba las siete y media.

Zelinna miró la puerta de la casa por un momento, como si esperara escuchar el sonido de las llaves en la cerradura.

Pero no ocurrió.

En lugar de eso, escuchó pasos en las escaleras.

Freya apareció primero.

—¿Ya vamos a cenar?

—Sí —respondió Zelinna— lávate las manos.

—¿Papá ya viene?

Zelinna miró el reloj.

—Dijo que tal vez llegaría un poco tarde.

Freya caminó hacia el fregadero.

—Ayer también dijo eso.

Zelinna no respondió.

Un momento después Viena bajó las escaleras.

Llevaba el cabello recogido y el teléfono en la mano.

—¿Ya está la cena?

—Sí.

Viena se sentó en la mesa.

Miró el lugar vacío donde siempre se sentaba su padre.

—¿Otra vez no ha llegado?

—Está trabajando —respondió Zelinna.

Viena apoyó el codo en la mesa.

—Siempre está trabajando.

Freya volvió a sentarse.

—Tal vez hoy llegue antes.

Zelinna sirvió la sopa.

—Comamos mientras está caliente.

Las tres comenzaron a cenar.

El sonido de las cucharas contra los platos llenaba el silencio de la cocina.

Freya levantó la mirada hacia la puerta cada pocos segundos.

Pero nadie llegó.

Después de unos minutos preguntó:

—¿Le mando un mensaje?

Zelinna negó suavemente.

—Debe estar ocupado.

Viena sopló la sopa antes de probarla.

—Si estuviera ocupado no diría que va a llegar.

Zelinna miró a su hija mayor.

—Viena.

—Solo digo.

La cena continuó.

Cuando terminaron, el reloj marcaba las ocho y veinte.

Zelinna comenzó a recoger los platos.

Freya la ayudó a llevarlos al fregadero.

—¿Papá comerá después?

—Si llega, sí.

—Voy a guardar un plato.

—Está bien.

Freya cubrió el plato con una tapa y lo dejó en el refrigerador.

A las nueve de la noche las niñas ya estaban en pijama.

Freya estaba en la sala viendo televisión.

Viena estaba sentada en el sofá revisando su teléfono.

Zelinna doblaba ropa en una silla cercana.

El reloj marcó las nueve y media.

Freya miró hacia la puerta.

—¿Crees que llegue hoy?

Zelinna levantó la mirada.

—Sí.

—¿Seguro?

—Eso dijo.

Viena dejó el teléfono sobre la mesa.

—Siempre dice eso.

Freya frunció el ceño.

—No seas así.

Viena se levantó del sofá.

—Voy a mi cuarto.

Subió las escaleras sin decir más.

Freya volvió a mirar la televisión.

Pero cada vez que escuchaba un coche pasar por la calle giraba la cabeza hacia la puerta.

A las diez y diez, finalmente se escuchó el sonido de un automóvil estacionándose frente a la casa.

Freya se levantó inmediatamente.

—¡Es papá!

Corrió hacia la puerta.

Zelinna también se levantó.

La puerta se abrió.

Dereck entró con su portafolio en la mano.

Parecía cansado.

—Hola.

Freya lo abrazó.

—¡Llegaste!

Dereck sonrió levemente.

—Hola, pequeña.

Zelinna lo observó.

—Llegaste tarde.

Dereck dejó las llaves en la mesa.

—Lo sé.

—La cena ya terminó.

—Lo imaginé.

Freya habló con entusiasmo.

—Te guardé un plato.

—Gracias.

Zelinna caminó hacia la cocina.

—Lo calentaré.

Dereck se aflojó la corbata mientras caminaba hacia la sala.

—¿Dónde está Viena?

—En su cuarto —respondió Freya.

—¿Ya se durmió?

—No creo.

En ese momento Viena apareció en la parte alta de las escaleras.

—Hola.

Dereck levantó la vista.

—Hola.

Viena bajó unos pasos.

—Llegaste tarde.

—Sí.

—Otra vez.

Dereck no respondió.

Zelinna regresó con el plato caliente.

—Aquí está.

Lo colocó sobre la mesa.

Dereck se sentó y comenzó a comer.

Freya se sentó frente a él.

—Hoy en la escuela hicimos un experimento.

—¿Sí?

—Sí.

—¿De qué?

—De volcanes.

Dereck tomó una cucharada de sopa.

—Suena interesante.

Freya comenzó a explicar con entusiasmo.

—Usamos bicarbonato y vinagre.

—Ah.

—Y salió espuma.

—Eso pasa.

Freya sonrió.

—Fue divertido.

Mientras hablaban, Viena volvió a subir las escaleras.

Zelinna la miró irse.

Luego volvió la mirada hacia Dereck.

—¿Cómo estuvo tu día?

Dereck masticó lentamente.

—Largo.

—¿Muchas reuniones?

—Sí.

Zelinna se sentó frente a él.

—¿Casi todos los días están así?

—Últimamente sí.

Freya miró a su mamá.

—¿Mañana cenaremos juntos?

Dereck bebió un poco de agua.

—Intentaré llegar antes.

Freya sonrió.

—Entonces te esperaré.

La escena se repitió varias noches más.

El reloj marcando las horas.

La mesa de la cena ocupada solo por tres personas.

Las niñas mirando la puerta.

Una noche, Freya se quedó dormida en el sofá.

La televisión seguía encendida.

El reloj marcaba las diez y cuarenta.

Zelinna la cubrió con una manta.

En ese momento la puerta se abrió.

Dereck entró en silencio.

Zelinna levantó la mirada.

—Llegaste.

—Sí.

Se quitó el saco.

—¿Está dormida?

—Te estaba esperando.

Dereck miró a Freya dormida.

—Lo siento.

Zelinna bajó el volumen de la televisión.

—Voy a subirla a su cuarto.

Dereck se acercó.

—La llevo yo.

Tomó a Freya con cuidado.

La niña se movió ligeramente pero no despertó.

Subió las escaleras.

Zelinna lo siguió.




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