La casa de Fedra seguía oliendo a lo mismo de siempre.
A canela, a café recién hecho… y a algo más antiguo. Algo que no se iba con el tiempo. Como si las paredes guardaran los ecos de todo lo que había pasado ahí: risas, discusiones, secretos, despedidas.
Zelinna lo notó apenas cruzó la puerta.
—¿Mamá? —llamó, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor.
No hubo respuesta inmediata.
Eso ya era raro.
Fedra siempre respondía. Siempre. Aunque fuera con un “¿qué quieres?” seco, o con un “ya voy” arrastrado. Pero respondía.
Zelinna caminó hacia la cocina.
Ahí estaba.
De pie, frente a la estufa… sin hacer nada.
Solo mirando.
—¿Mamá?
Fedra giró lentamente.
—Ah… hija… —sonrió, pero era una sonrisa extraña, como si hubiera tenido que recordar quién era ella antes de hablar—. No te escuché llegar.
Zelinna frunció ligeramente el ceño.
—Te acabo de hablar dos veces.
—¿Ah, sí? —respondió Fedra, riendo suavemente—. Ay, qué distraída estoy hoy.
Zelinna no dijo nada de inmediato. Dejó su bolsa en la silla.
—¿Qué estás haciendo?
Fedra miró la estufa… como si la estuviera viendo por primera vez.
—Yo… —hizo una pausa— iba a hacer… algo.
—¿Algo?
—Sí… —rió nerviosa—. No me acuerdo.
Zelinna se cruzó de brazos.
—¿Otra vez?
—Ay, no exageres —respondió Fedra, moviendo la mano como si espantara una mosca—. A cualquiera le pasa.
Zelinna caminó hacia la estufa y revisó las hornillas.
—Ni siquiera está prendido.
—Pues por eso —dijo Fedra—, porque todavía no empezaba.
—¿Y qué ibas a hacer?
Fedra volvió a quedarse en silencio.
—Sopa —dijo al final—. Creo.
—¿Crees?
—Sí… sopa.
Zelinna suspiró.
—¿De qué?
Fedra la miró.
—¿De qué qué?
—¿De qué sopa, mamá?
Otra pausa.
—De… —sus ojos se movieron ligeramente, buscando una respuesta en el aire— de verduras.
Zelinna abrió el refrigerador.
No había verduras.
—No hay verduras.
—Ah… —Fedra soltó una risa ligera—. Entonces no era sopa.
Zelinna cerró el refrigerador despacio.
—Mamá… esto ya te está pasando muy seguido.
—¿El qué?
—Que se te olvidan las cosas.
—Ay, no —respondió rápidamente—. Siempre he sido distraída.
—No así.
—Claro que sí.
—No, mamá.
Fedra se giró, incómoda.
—¿Vienes a visitarme o a regañarme?
—Vine a verte.
—Pues entonces siéntate y deja de estar de exagerada.
Zelinna apretó los labios, pero no respondió.
Se sentó.
El silencio se instaló entre ellas unos segundos.
Luego Fedra abrió una alacena.
—Te voy a preparar café.
—Ya hay.
—¿Dónde?
—Ahí —Zelinna señaló la cafetera.
Fedra la miró.
Como si no la hubiera visto antes.
—Ah… —dijo—. No lo había notado.
Zelinna bajó la mirada.
Fedra sirvió café en dos tazas.
Le temblaba un poco la mano.
—¿Te pasa algo? —preguntó Zelinna.
—No.
—Te estás temblando.
—Es el frío.
—No hace frío.
—Pues a mí sí me da.
Zelinna no insistió.
Fedra le extendió la taza.
—Ten.
—Gracias.
Se sentaron frente a frente.
Por un momento, todo pareció normal.
Hasta que Fedra habló.
—¿Y tus hijas?
Zelinna levantó la mirada.
—Bien.
—¿Cómo se llamaban?
El silencio fue inmediato.
Pesado.
—¿Cómo que cómo se llamaban?
—Sí… —Fedra sonrió, intentando que sonara casual—. La grande… y la chiquita.
Zelinna dejó la taza sobre la mesa.
—Freya y Viena.
—Eso —dijo Fedra, como si acabara de recordar—. Freya y… ¿cómo dijiste?
Zelinna la miró fijamente.
—Viena.
—Viena… —repitió Fedra—. Qué bonito nombre.
—Tú se lo pusiste.
Fedra se quedó quieta.
—¿Yo?
—Sí.
—No me acuerdo.
Zelinna sintió algo en el pecho.
Algo incómodo.
—Mamá…
—Ay, hija, no hagas drama —dijo Fedra rápidamente—. Solo fue un olvido.
—No es solo uno.
—Claro que sí.
—No.
Fedra bebió café, evitando su mirada.
—¿Quieres pan? —preguntó, cambiando el tema.
—No.
—Tengo del que te gusta.
—No, mamá.
—Bueno.
Silencio otra vez.
Zelinna observó la mesa.
Había una libreta abierta.
—¿Qué es esto?
Fedra miró.
—Ah… nada.
Zelinna la tomó.
Era una lista.
Pero no una lista normal.
Decía cosas como:
“Cerrar la puerta”
“Apagar la estufa”
“Tomar medicinas”
“Recordar el día”
Zelinna la miró lentamente.
—¿Qué es esto, mamá?
Fedra intentó quitársela.
—Nada, déjalo.
—No.
—Zelinna.
—¿Por qué tienes esto?
Fedra suspiró.
—Porque… —hizo una pausa— a veces se me olvidan las cosas.
Zelinna la miró.
—¿Entonces sí?
—¿Sí qué?
—¿Que estás olvidando?
Fedra se quedó en silencio.
Por primera vez, no tuvo una respuesta inmediata.
—No es nada grave —dijo finalmente—. Solo… cosas pequeñas.
—¿Como qué?
—Como… —miró la mesa— dónde dejo las llaves… qué iba a hacer… nombres…
Zelinna cerró la libreta.
—Eso no es normal.
—Claro que es normal.
—No.
—Tengo mi edad, Zelinna.
—Pero esto no es edad.
—¿Y qué es entonces?
Zelinna no respondió.
Fedra se levantó.
—Voy a traer pan.
—Mamá—
—Ya vuelvo.
Se fue a la cocina.
Zelinna la siguió con la mirada.
Algo no estaba bien.
Lo sentía.
Lo sabía.
Fedra abrió un cajón.
Luego otro.
Luego otro.
—¿Qué buscas? —preguntó Zelinna.
—El pan.
—Está en la alacena de arriba.
Fedra se quedó quieta.
—¿Ahí?
—Sí.
—Siempre lo pongo en el cajón.
—Nunca lo pones ahí.
Fedra abrió la alacena.