El celular de Zelinna vibró sobre la mesa.
Eran las 7:42 de la mañana.
Ella apenas había dormido.
Se giró entre las sábanas, estiró el brazo y tomó el teléfono sin mirar.
—¿Bueno…? —su voz salió ronca.
—¿Señorita Zelinna? —una voz desconocida, nerviosa, rápida.
Zelinna frunció el ceño, incorporándose un poco.
—Sí… ¿quién habla?
—Soy Marta, la vecina de su mamá.
Zelinna se sentó de golpe.
—¿Qué pasó?
—Es que… —la mujer dudó—. No sé si sea grave, pero… hay agua saliendo de la casa.
El corazón de Zelinna dio un golpe seco.
—¿Cómo que agua?
—Sí, agua. Se está saliendo por debajo de la puerta. Yo la vi desde hace rato y… y ya está llegando al pasillo.
Zelinna ya estaba de pie.
—¿Mi mamá está ahí?
—No lo sé. Toqué y no me abre.
—¿Escucha algo?
—No… nada.
Zelinna tomó su chamarra con una mano y sus llaves con la otra.
—Voy para allá.
—Sí, por favor, porque… no sé qué hacer.
—Ya voy.
Colgó.
—¡Freya! —gritó desde el pasillo—. ¡Voy a salir!
—¿A dónde? —respondió la voz somnolienta de su hija.
—A casa de tu abuela. Quédate aquí.
—¿Qué pasó?
—Luego te explico.
Zelinna salió sin esperar respuesta.
El trayecto se le hizo eterno.
Cada semáforo en rojo era una tortura.
Cada coche lento, un obstáculo insoportable.
Su mente iba más rápido que todo.
“Hay agua saliendo de la casa.”
“NO me abre.”
“No se escucha nada.”
Apretó el volante con fuerza.
—Por favor, mamá… —susurró—. Por favor, abre.
Cuando llegó, ya había gente afuera.
Dos vecinas.
Un señor del edificio de enfrente.
Y Marta.
—¡Zelinna! —la llamó apenas la vio.
El agua ya salía claramente por debajo de la puerta.
Se extendía como una lengua transparente sobre el suelo.
—¿Desde cuándo está así? —preguntó Zelinna, acercándose rápidamente.
—Como una hora… tal vez más.
—¿Y no escucharon nada?
—Nada.
Zelinna tocó la puerta con fuerza.
—¡Mamá!
Silencio.
—¡Mamá, abre!
Nada.
Intentó con la manija.
Cerrada.
—¿Tienen llave de repuesto? —preguntó Marta.
—Sí… sí tengo.
Zelinna sacó un llavero tembloroso.
Le costó atinarle a la cerradura.
—Tranquila —dijo el señor—, con calma.
—No puedo con calma.
Metió la llave.
Giró.
La puerta se abrió.
El agua salió de golpe, extendiéndose más.
Zelinna entró corriendo.
—¡Mamá!
El sonido fue lo primero que la golpeó.
Agua.
Cayendo.
Constante.
Fuerte.
La cocina.
Corrió hacia ahí.
Y lo vio.
El fregadero desbordado.
El grifo completamente abierto.
Agua cayendo sin parar.
El piso inundado.
—Mamá… —susurró.
Cerró la llave rápidamente.
El silencio que siguió fue pesado.
Solo quedaban las gotas.
Cayendo.
Lentas.
Irregulares.
—¡Mamá! —gritó otra vez.
Nada.
Caminó por la casa.
El agua llegaba a sus tobillos.
La sala.
Vacía.
El pasillo.
Nada.
El baño.
Seco.
—Mamá…
El cuarto.
La puerta estaba entreabierta.
Zelinna la empujó lentamente.
Fedra estaba ahí.
Sentada en la cama.
Con la ropa seca.
Mirando la ventana.
Como si nada.
—Mamá… —la voz de Zelinna se rompió ligeramente.
Fedra giró la cabeza.
—Ah… hija.
Sonrió.
Como si la hubiera estado esperando.
—Llegaste.
Zelinna se quedó en la puerta.
Empapada.
Respirando agitada.
—¿Qué pasó?
Fedra la miró, confundida.
—¿Con qué?
—¡El agua, mamá!
—¿Qué agua?
Zelinna se acercó.
—La cocina está inundada.
Fedra frunció el ceño.
—¿Inundada?
—Sí.
—No puede ser.
—Ven.
La tomó de la mano.
Fedra no opuso resistencia.
Caminaron hacia la cocina.
El agua seguía esparcida por todo.
—Mira.
Fedra observó.
Largo.
—Yo no hice eso.
Zelinna la miró.
—La llave estaba abierta.
—Yo no la abrí.
—Entonces ¿quién?
Fedra negó con la cabeza.
—No sé.
—¿Estabas en la cocina?
—No.
—¿Escuchaste el agua?
—No.
Zelinna cerró los ojos un segundo.
—Mamá…
—Te lo juro, no hice eso.
—No estoy diciendo que lo hicieras a propósito.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy tratando de entender.
—Pues no entiendo nada —respondió Fedra, molesta—. Yo estaba en mi cuarto.
—¿Desde cuándo?
—No sé.
—¿No sabes?
—No.
—¿Hace cuánto tiempo estabas ahí?
—No sé.
Zelinna se pasó la mano por la cara.
—Mamá… el agua lleva mínimo una hora.
—¿Una hora?
—Sí.
—Eso no puede ser.
—Lo es.
Fedra miró el suelo.
El agua.
Sus zapatos mojándose.
—Yo… —hizo una pausa— yo solo iba a lavar unos platos.
Zelinna levantó la mirada.
—¿Entonces sí estabas en la cocina?
—Sí… pero… —su expresión cambió—. Luego… no sé.
—¿Abriste la llave?
—Supongo.
—¿Y luego?
—Luego… —se quedó en silencio—. No me acuerdo.
Zelinna sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Te fuiste a tu cuarto?
—Sí… creo.
—¿Y dejaste el agua abierta?
Fedra la miró.
Sus ojos tenían algo distinto.
Algo que no estaba ahí antes.
—No lo sé.
El silencio cayó.
Marta apareció en la puerta.
—¿Todo bien?
Zelinna volteó.
—Sí… gracias. Ya cerré la llave.
—Ay, qué bueno. Ya me estaba preocupando.
—Gracias por avisar.
—De nada, hija. Cualquier cosa, aquí estoy.
—Sí.
Marta dudó un segundo.
Miró a Fedra.
Luego a Zelinna.
—¿Está bien su mamá?
Zelinna forzó una sonrisa.