Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo VIII- Parte IV

La casa estaba en silencio.

Era uno de esos silencios incómodos… que no tranquilizan, que no descansan.
Un silencio que parece esperar algo.

Zelinna estaba en la sala, revisando unos papeles sin realmente leerlos.

Freya estaba en el piso, recostada boca abajo, con el celular en la mano.

—Mamá —dijo sin levantar la vista—, ¿ya comió mi abuela?

—Sí.

—¿Qué le diste?

—Sopa.

—¿De qué?

Zelinna dudó un segundo.

—De verduras.

Freya levantó la mirada.

—¿Sí había verduras?

Zelinna soltó una pequeña risa cansada.

—Sí… esta vez sí.

Freya sonrió.

Pero no duró mucho.

Un ruido interrumpió el momento.

Un cajón abriéndose.

Luego otro.

Luego otro más.

Zelinna y Freya se miraron.

—Ahí va otra vez —murmuró Freya.

—Voy a ver.

Zelinna se levantó.

Caminó hacia el pasillo.

El ruido venía del cuarto de Fedra.

—¿Mamá?

No hubo respuesta.

Abrió la puerta.

Fedra estaba de pie, frente a la cómoda.

Sacando ropa.

Tirándola sobre la cama.

—¿Qué haces?

Fedra giró bruscamente.

—¡Ahí estás!

Su tono no era normal.

Era duro.

Tenso.

Zelinna frunció el ceño.

—Sí… aquí estoy. ¿Qué pasa?

Fedra dio un paso hacia ella.

—Dile que me regrese mis cosas.

Zelinna parpadeó.

—¿A quién?

—A ella.

—¿Quién?

Fedra señaló hacia la puerta.

—Tu hija.

Zelinna sintió que algo se tensaba en su cuerpo.

—¿Freya?

—Sí.

—¿Qué hizo Freya?

Fedra apretó los labios.

—Me está robando.

El silencio fue inmediato.

Pesado.

—¿Qué?

—Mis cosas —repitió Fedra—. Me faltan cosas.

Zelinna negó con la cabeza.

—No, mamá.

—Sí.

—No.

—Sí —insistió Fedra, elevando la voz—. Ya me di cuenta.

Zelinna dio un paso hacia ella.

—¿Qué te falta?

—Mis aretes.

—¿Cuáles?

—Los de perla.

—Mamá, esos están en tu joyero.

—No.

—Sí.

—No están.

—Los vi ayer.

—Pues ya no están.

Zelinna respiró hondo.

—Déjame ver.

Se acercó al tocador.

Abrió el joyero.

Ahí estaban.

—Mamá…

Los tomó.

Se los mostró.

—Aquí están.

Fedra los miró.

Se quedó en silencio.

—No estaban ahí —dijo finalmente.

—Sí estaban.

—No.

—Sí.

—Alguien los puso.

Zelinna la miró.

—Mamá…

—Fue ella.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí —repitió Fedra, más alterada—. Los quita y luego los regresa.

—¿Para qué haría eso?

—No sé.

—No tiene sentido.

—Claro que tiene.

—No.

—Sí.

Zelinna cerró el joyero.

—Freya no te está robando.

—No la defiendas.

—No la estoy defendiendo, estoy diciendo la verdad.

—La estás defendiendo.

—Mamá—

—¡Yo sé lo que vi!

Zelinna se quedó callada un segundo.

—¿Qué viste?

Fedra dudó.

—La vi… entrando aquí.

—Esta es su casa.

—Pero no a mi cuarto.

—Sí entra.

—No debería.

—¿Por qué no?

—Porque es mío.

Zelinna suspiró.

—Mamá, nadie te está robando.

Fedra negó con la cabeza.

—También me faltan otras cosas.

—¿Qué?

—Mi anillo.

—¿Cuál?

—El dorado.

—¿El que siempre usas?

—Sí.

—Lo tienes puesto.

Fedra bajó la mirada.

Miró su mano.

Ahí estaba.

Se quedó en silencio.

—Ah… —murmuró.

Zelinna la observó.

—¿Ves?

Fedra frunció el ceño.

—No estaba.

—Sí estaba.

—No.

—Mamá…

—No estaba —repitió, pero ahora su voz era más débil—. Yo… no lo sentía.

Zelinna se acercó.

—Sí lo tenías.

Fedra se llevó la mano al anillo.

Lo tocó.

Como si comprobara que era real.

—Entonces… ¿por qué pensé que no?

Zelinna no respondió.

No había respuesta que sirviera.

Freya apareció en la puerta.

—¿Todo bien?

Fedra la miró.

Su expresión cambió otra vez.

Dura.

Desconfiada.

—Dile que me deje en paz.

Freya frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que no toque mis cosas.

—Yo no toco tus cosas.

—Sí las tocas.

—No.

—Sí.

—No.

Zelinna intervino.

—Ya, las dos.

—Yo no estoy haciendo nada —dijo Freya, molesta—. Ni siquiera entro aquí.

—Sí entras.

—No.

—Sí.

—Abuela, te lo juro—

—No me jures.

—Pero es verdad.

—No.

—Sí.

—¡No!

El grito hizo eco en el cuarto.

Freya se quedó quieta.

Zelinna también.

Fedra respiraba agitada.

—No me veas así —dijo de pronto.

Freya parpadeó.

—¿Así cómo?

—Como si estuviera loca.

—No te estoy viendo así.

—Sí.

—No.

—Sí.

Freya miró a su mamá.

Zelinna solo negó levemente.

—Abuela… —dijo Freya más suave—. No te estoy robando.

Fedra la observó.

Sus ojos ya no estaban llenos de enojo.

Sino de algo más…

Inseguridad.

—Entonces… ¿por qué desaparecen las cosas?

El silencio cayó otra vez.

—No desaparecen —dijo Zelinna—. Solo se mueven.

—Yo no las muevo.

—A veces sí.

—No.

—Sí.

—No me acuerdo.

—Lo sé.

Fedra bajó la mirada.

—Entonces… ¿soy yo?

Nadie respondió de inmediato.

—No pasa nada —dijo Zelinna al final.

—Sí pasa.

—No.

—Sí —insistió Fedra—. Porque yo pensé que era ella.

Freya se cruzó de brazos.

—Pues no soy yo.

Fedra la miró.

—Perdón.

Freya se sorprendió.

—¿Qué?

—Perdón… si te acusé.

Freya dudó.

—Está bien.

—No, no está bien.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—De verdad, está bien.

Fedra asintió lentamente.

—Gracias.

El momento pareció calmarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.