Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo IX- Parte I

La mañana entró despacio por las ventanas.

La luz se coló en la casa con suavidad, iluminando partículas de polvo suspendidas en el aire. Todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Zelinna estaba en la cocina, sirviendo café.

Sus movimientos eran mecánicos. Medidos. Repetidos.

Freya estaba sentada en la mesa, con el celular a un lado y una taza entre las manos.

—¿Va a bajar? —preguntó.

Zelinna negó levemente.

—Ahorita la bajo yo.

—Ayer no quiso cenar.

—Sí cenó.

—Comió dos cucharadas.

Zelinna no respondió.

Sirvió otra taza.

—¿Y Viena?

—Sigue dormida.

Freya soltó un suspiro.

—Ojalá no le toque verla así hoy.

Zelinna apretó la cuchara entre sus dedos.

—Tarde o temprano la va a ver.

Freya bajó la mirada.

Un ruido en el pasillo.

Pasos lentos.

Arrastrados.

Zelinna giró.

Fedra apareció.

Con el cabello ligeramente desordenado, la bata mal cerrada… y la mirada perdida.

—Mamá —dijo Zelinna, suavizando la voz—. Buenos días.

Fedra la miró.

Tardó unos segundos en responder.

—Buenos días…

Sus ojos se movieron hacia Freya.

La observó.

Largo.

Demasiado.

—¿Quién es ella?

El silencio cayó como un golpe seco.

Freya levantó la mirada.

Zelinna se quedó completamente quieta.

—Mamá… —dijo despacio—. Es Freya.

Fedra frunció el ceño.

—¿Freya?

—Sí.

—No la conozco.

Freya dejó la taza sobre la mesa.

—Abuela… soy yo.

Fedra la miró.

Sin reconocimiento.

Sin reacción.

—No.

—Sí.

—No —insistió Fedra—. Yo no tengo nietas así.

Zelinna se acercó.

—Sí tienes.

—No.

—Mamá—

—No la conozco —repitió, ahora más firme—. ¿Qué hace en mi casa?

El aire se volvió pesado.

—Esta es mi casa —dijo Freya, más tensa.

Fedra la miró de golpe.

—No me hables así.

—No te estoy hablando mal.

—Sí.

—No.

—Sí —insistió Fedra, elevando la voz—. Estás en mi casa y me hablas como si—

—Mamá —interrumpió Zelinna—. Tranquila.

—No estoy tranquila —respondió Fedra sin apartar la mirada de Freya—. No sé quién es.

Zelinna tomó aire.

—Es tu nieta.

—No.

—Sí.

—No la recuerdo.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—No.

—Sí —dijo Fedra—. Porque está aquí.

Freya se levantó de la silla.

—¿Sabes qué? Mejor me voy.

Zelinna la miró.

—Freya—

—No, mamá. No voy a estar aquí para que me diga que soy una extraña.

—No lo hace a propósito.

—Ya sé —respondió Freya, con la voz tensa—. Pero no deja de doler.

Fedra frunció el ceño.

—¿Por qué se va?

—Porque está molesta —dijo Zelinna.

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Por qué?

Zelinna dudó.

—Porque no la reconociste.

Fedra se quedó en silencio.

Miró a Freya.

—Lo siento.

Freya se detuvo en la puerta.

Pero no volteó.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Freya no respondió.

Salió.

La puerta se cerró.

El silencio que quedó fue distinto.

Más pesado.

Más frío.

Fedra miró a Zelinna.

—¿De verdad es mi nieta?

—Sí.

—¿Cómo se llama?

Zelinna sintió el golpe otra vez.

—Freya.

—Freya… —repitió Fedra, como si el nombre fuera ajeno—. No me suena.

Zelinna desvió la mirada.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

—No.

—Sí —insistió Fedra—. Porque debería saberlo.

Zelinna no respondió.

En ese momento, otra voz apareció.

—¿Qué pasó?

Viena estaba en el pasillo.

Con el cabello suelto y una sudadera grande.

—Nada —dijo Zelinna rápidamente—. Ven a desayunar.

Viena caminó hacia la cocina.

—Buenos días, abuela.

Fedra la miró.

Otra vez.

Ese mismo silencio.

Esa misma pausa.

—Buenos días… —respondió lentamente.

Viena sonrió.

—¿Cómo dormiste?

Fedra la observó.

—Bien.

—Qué bueno.

Se sentó junto a la mesa.

—¿Qué hay de desayunar?

—Huevos —respondió Zelinna.

—Perfecto.

Viena tomó una tortilla.

—¿Me pasas la salsa, abuela?

Fedra no se movió.

—¿Abuela?

Zelinna sintió el aire volverse denso otra vez.

Fedra miró a Viena.

Largo.

—¿Tú quién eres?

El silencio fue inmediato.

Más fuerte que antes.

Más claro.

Viena se quedó congelada.

—¿Qué?

—¿Quién eres? —repitió Fedra.

Viena soltó una pequeña risa nerviosa.

—Soy Viena.

—No te conozco.

Zelinna cerró los ojos un segundo.

—Mamá…

—No —dijo Fedra—. Ella tampoco.

—Sí la conoces.

—No.

—Es tu nieta.

—No.

—Sí.

—No —insistió Fedra, más alterada—. No tengo tantas nietas.

Viena miró a Zelinna.

—¿Está jugando?

Zelinna negó.

—No.

Viena dejó la tortilla.

—¿En serio no sabes quién soy?

Fedra la miró con incomodidad.

—No.

—Soy tu nieta.

—No.

—Sí.

—No.

—¡Sí! —insistió Viena, alzando la voz.

Fedra se sobresaltó.

—No me grites.

—¡Entonces acuérdate!

—No puedo.

El silencio cayó como un golpe.

Viena se quedó inmóvil.

—No puedo… —repitió Fedra, más bajo.

Viena bajó la mirada.

—Ah…

Zelinna dio un paso adelante.

—Viena—

—No —dijo ella—. Está bien.

Pero no lo estaba.

Se notaba.

—Soy Viena —repitió, más suave—. Tu nieta.

Fedra la observó.

—Lo siento.

Viena tragó saliva.

—Sí.

La mesa ya no se sentía como una mesa.

Se sentía como un espacio extraño.

Ajeno.

Fedra comía en silencio.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no hubiera borrado dos nombres en cuestión de minutos.

—¿Siempre viven aquí? —preguntó de pronto.

Zelinna sintió el golpe.




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