Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo IX- Parte II

La noche anterior había dejado un peso en la casa.

No se veía.
No hacía ruido.
Pero estaba ahí.

Instalado en cada rincón.

Zelinna no durmió.

Se quedó sentada en la orilla de la cama, mirando la puerta del cuarto de Fedra entreabierta, como si en cualquier momento algo fuera a pasar.

Como si tuviera que estar lista.

Para qué… no lo sabía.

Pero tenía que estarlo.

A las 3:17 de la madrugada, escuchó algo.

Un golpe leve.

Luego pasos.

Lentos.

Irregulares.

Zelinna se levantó de inmediato.

Salió al pasillo.

—¿Mamá?

La luz del pasillo estaba encendida.

Fedra estaba ahí.

De pie.

Descalza.

Mirando la pared.

—¿Qué haces? —preguntó Zelinna, acercándose.

Fedra no respondió.

—Mamá…

Se detuvo frente a ella.

—¿Qué estás viendo?

Fedra parpadeó.

—Nada.

—¿Entonces?

—No sé.

Zelinna bajó la mirada.

—¿No puedes dormir?

—No.

—¿Quieres agua?

—No.

—¿Te duele algo?

—No.

—Entonces ven, vamos a tu cuarto.

Zelinna intentó tomarla del brazo.

Fedra se apartó.

No bruscamente.

Pero sí con decisión.

—No me toques.

Zelinna se quedó quieta.

—Mamá…

Fedra la miró.

Directo.

Fijo.

Frío.

—¿Quién eres?

El mundo se detuvo.

No hubo transición.

No hubo duda.

No hubo pausa.

Solo esa pregunta.

Directa.

Vacía.

Zelinna sintió que algo dentro de ella se rompía sin hacer ruido.

—Soy yo… —dijo despacio—. Soy Zelinna.

Fedra frunció el ceño.

—No.

—Sí.

—No te conozco.

El aire se volvió denso.

Irrespirable.

—Mamá… soy tu hija.

—No.

—Sí.

—No tengo hijas así.

Zelinna sintió cómo le temblaban las manos.

—Mamá, mírame bien.

—Te estoy viendo.

—Entonces acuérdate.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No.

—Sí.

—No —repitió Fedra, más firme—. No eres mi hija.

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó Fedra.

Zelinna tragó saliva.

—Aquí.

—No.

—Sí.

—No —insistió Fedra—. Mi hija no es tú.

—Sí soy.

—No.

—Mamá—

—No me digas mamá.

El golpe fue directo.

Sin filtro.

Sin suavidad.

Zelinna retrocedió un paso.

—Por favor…

—No me digas así.

—Siempre te digo así.

—No.

—Sí.

—No.

—Soy tu hija.

—No lo eres.

El silencio volvió a caer.

Más pesado que antes.

Un ruido detrás.

Freya.

Y Viena.

Ambas en el pasillo.

Mirando.

Sin hablar.

—¿Qué pasa? —preguntó Viena en voz baja.

Zelinna no respondió.

No podía.

—¿Quiénes son ellas? —preguntó Fedra, señalándolas.

Freya cerró los ojos.

—Otra vez…

—No las conozco —añadió Fedra.

—Ya lo sabemos —murmuró Freya.

Fedra frunció el ceño.

—No me hablen así.

—No te estoy hablando mal.

—Sí.

—No.

—Sí.

—¡Ya! —intervino Zelinna, con la voz quebrándose—. Ya, por favor.

El silencio se impuso.

Fedra miró a Zelinna otra vez.

—¿Por qué estás aquí?

Zelinna tardó en responder.

—Porque vivo aquí.

—No.

—Sí.

—Esta es mi casa.

—No.

—Sí.

—No —repitió Fedra—. Esta es mi casa.

—No, mamá…

—No me digas mamá.

Zelinna cerró los ojos.

Respiró hondo.

—Está bien…

El cambio de palabra dolió más de lo que esperaba.

—¿Entonces cómo te digo? —preguntó, en voz baja.

Fedra la miró.

Como si la pregunta fuera absurda.

—No me digas nada.

El silencio que siguió fue insoportable.

Nadie se movía.

Nadie hablaba.

Hasta que Fedra dio un paso atrás.

—Me quiero ir.

Zelinna levantó la mirada.

—¿A dónde?

—A mi casa.

—Estás en tu casa.

—No.

—Sí.

—No —insistió Fedra—. Aquí no es.

—Entonces ¿dónde?

Fedra dudó.

—No sé.

—Entonces quédate.

—No.

—No puedes salir.

—Sí puedo.

—No.

—Sí.

Zelinna se acercó.

—No sabes a dónde ir.

—No importa.

—Sí importa.

—No.

—Sí.

—No —repitió Fedra, más alterada—. Déjame ir.

Intentó avanzar.

Zelinna se interpuso.

—No.

—Quítate.

—No.

—¡Quítate!

—No.

Fedra levantó la mano.

No llegó a golpear.

Pero el gesto fue suficiente.

Zelinna se quedó quieta.

—No me toques —dijo Fedra.

Zelinna bajó la mirada.

—No te estoy tocando.

—Pero quieres.

—No.

—Sí.

—No.

Freya dio un paso adelante.

—Oiga…

Zelinna la detuvo con la mano.

—No.

—Pero—

—No.

Freya apretó los labios.

Fedra retrocedió.

Miró a su alrededor.

Perdida.

—No sé dónde estoy.

—Estás a salvo —dijo Zelinna, suavizando la voz.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No —insistió Fedra, casi en un susurro—. No estoy a salvo.

Zelinna sintió el peso de esas palabras.

—Sí lo estás.

—No conozco a nadie aquí.

Zelinna no respondió.

—No sé quién eres.

Zelinna tampoco.

—No sé quiénes son ellas.

Silencio.

—No sé nada.

El aire se volvió pesado otra vez.

Pasaron unos segundos.

Largos.

Insoportables.

Hasta que Fedra se llevó la mano a la cabeza.

—Me duele.

Zelinna reaccionó.

—¿Qué te duele?

—Aquí.

—¿Mucho?

—Sí.

—Ven, siéntate.

Fedra dudó.

—No.

—Por favor.

—No.

—No te voy a hacer nada.

Fedra la miró.

Desconfiada.

—No confío en ti.

La frase se quedó suspendida.

Zelinna sintió cómo le atravesaba el pecho.

—Está bien…




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