La casa estaba en silencio.
Pero ya no era un silencio incómodo.
Era un silencio cansado.
Como si incluso las paredes estuvieran agotadas.
Fedra llevaba horas sin hablar.
Estaba sentada frente al espejo de la cómoda, con la espalda recta y las manos sobre las piernas.
Mirando.
Solo mirando.
Zelinna estaba en la puerta.
Observándola.
Sin interrumpir.
—Mamá… —dijo al final, con cuidado.
Fedra no respondió.
Ni siquiera parpadeó.
—¿Estás bien?
Silencio.
Zelinna dio un paso dentro del cuarto.
—¿Quieres desayunar?
Nada.
—¿Te duele algo?
Nada.
Zelinna frunció ligeramente el ceño.
—Mamá…
Fedra parpadeó.
Lento.
Como si despertara.
—¿Qué?
Zelinna se acercó un poco más.
—Te estoy hablando.
—Ah…
—¿Qué haces?
Fedra volvió la mirada al espejo.
—La estoy viendo.
—¿A quién?
Fedra tardó en responder.
—A ella.
Zelinna sintió un escalofrío.
—¿A quién?
Fedra levantó ligeramente la mano.
Señaló el reflejo.
—A esa señora.
El aire se volvió pesado.
—Mamá…
—No sé quién es.
Zelinna se quedó quieta.
—Eres tú.
—No.
—Sí.
—No —insistió Fedra, con una seguridad extraña—. No soy yo.
—Sí eres.
—No.
—Mamá—
—No me digas así.
Zelinna cerró los ojos un segundo.
—Está bien…
—Esa no soy yo.
—Sí.
—No.
—Mírate bien.
—Ya la estoy viendo.
—Eres tú.
—No la conozco.
Zelinna se acercó al espejo.
Se colocó junto a ella.
—Mira.
Fedra observó.
Primero a Zelinna.
Luego al reflejo.
Luego otra vez a la mujer frente a ella.
—Esa señora está vieja —dijo.
Zelinna tragó saliva.
—Sí…
—Yo no estoy así.
—Sí estás.
—No.
—Sí.
—No —repitió Fedra, con más fuerza—. Yo no soy así.
—Mamá—
—No me digas así.
Zelinna apretó los labios.
—Está bien.
Fedra se inclinó un poco hacia el espejo.
Como si intentara ver mejor.
—Tiene arrugas.
—Sí.
—Y el cabello…
—Sí.
—Y los ojos…
—Sí.
—No soy yo.
Zelinna sintió cómo le temblaban las manos.
—Eres tú.
—No.
—Sí.
—No —insistió Fedra—. Yo no estoy así.
—El tiempo pasa.
—No para mí.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
El silencio se rompía con cada negación.
Fedra llevó la mano a su rostro.
Tocó su piel.
Sus mejillas.
Su frente.
Luego miró el espejo.
—No coincide.
Zelinna frunció el ceño.
—¿Qué?
—No coincide.
—¿Qué no coincide?
—Esto —dijo, señalando su cara— con eso.
—Sí coincide.
—No.
—Sí.
—No.
—Mírate bien.
—Ya lo hice.
—Entonces entiende.
—No entiendo.
Fedra se levantó de golpe.
La silla rechinó contra el suelo.
—Quítala.
Zelinna se sobresaltó.
—¿Qué?
—Quítala.
—¿A quién?
—A esa señora.
Zelinna sintió el aire congelarse.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No.
—Sí —insistió Fedra, más alterada—. No quiero verla.
—Es tu reflejo.
—No.
—Sí.
—No —repitió, con desesperación creciente—. Sáquenla.
Freya apareció en la puerta.
—¿Qué pasa?
—No intervengas —dijo Zelinna rápidamente.
Pero ya era tarde.
Fedra la vio.
—Tú.
Freya se tensó.
—¿Qué?
—Sácala.
—¿A quién?
—A esa señora.
Freya miró el espejo.
Luego a su mamá.
Luego a Fedra.
—Abuela…
—No me digas así.
Freya apretó los labios.
—No hay nadie más.
—Sí hay.
—No.
—Sí —insistió Fedra—. Está ahí.
Viena también apareció.
—¿Otra vez?
Zelinna negó levemente.
—No es lo mismo.
Fedra empezó a retroceder.
—No quiero verla.
—No te va a hacer nada —dijo Zelinna.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí —repitió Fedra—. Me está viendo.
Zelinna sintió un nudo en la garganta.
—Eres tú.
—No.
—Sí.
—No.
Fedra giró bruscamente.
Le dio la espalda al espejo.
Respiraba agitada.
—No soy yo.
—Sí eres.
—No.
—Sí.
—No.
El silencio se volvió insoportable.
Después de unos segundos…
Fedra habló.
Más bajo.
Más lento.
—¿Entonces… qué me pasó?
Zelinna no respondió.
—¿Por qué estoy así?
Silencio.
—¿Qué me hicieron?
Zelinna sintió el peso de cada palabra.
—Nada.
—Entonces ¿por qué no soy yo?
Zelinna tragó saliva.
—Sí eres.
—No.
Fedra se llevó las manos a la cabeza.
—No entiendo…
Zelinna dio un paso hacia ella.
—Está bien.
—No está bien.
—Sí.
—No —insistió—. Porque no me reconozco.
Zelinna no pudo responder.
Freya bajó la mirada.
Viena también.
Fedra volvió a girar lentamente.
Miró el espejo otra vez.
Pero desde lejos.
Como si tuviera miedo de acercarse.
—Ahí está…
Zelinna siguió su mirada.
—Sí.
—No soy yo.
—Sí.
—No.
Fedra dio un paso atrás.
Luego otro.
—No quiero verla.
—Entonces no la veas.
—Pero está ahí.
—Sí.
—Y me está viendo.
—Eres tú.
—No.
El aire se volvió pesado otra vez.
Finalmente…
Fedra se sentó en la cama.
Cansada.
Vacía.
—Estoy cansada.
Zelinna se acercó.
—Descansa.
—Sí.
Fedra se recostó.
Cerró los ojos.
Pero no se durmió.
—¿Tú quién eres? —preguntó de pronto.
Zelinna cerró los ojos.
Un segundo.
—Soy alguien que está contigo.
Fedra asintió levemente.
—Ah…
Silencio.
Pasaron los minutos.