La casa estaba en silencio.
No era el mismo silencio de antes.
Este era distinto.
Más profundo.
Más definitivo.
Como si todo supiera que algo estaba por terminar.
Fedra llevaba horas en la cama.
Sin hablar.
Sin moverse más de lo necesario.
Respirando lento.
Irregular.
Zelinna estaba sentada a su lado.
Desde hacía mucho tiempo.
No sabía cuánto.
Las horas habían dejado de importar.
Freya y Viena estaban en la sala.
En voz baja.
—¿Sigue igual? —preguntó Viena.
—Sí —respondió Freya—. No ha dicho nada.
—¿Ni su nombre?
—Nada.
Viena apretó los labios.
—¿Y mamá?
—No se ha movido de ahí.
Silencio.
—Esto ya se siente…
Freya no terminó la frase.
No hacía falta.
En el cuarto…
Zelinna sostenía la mano de Fedra.
—Estoy aquí.
No sabía si la escuchaba.
Pero lo decía igual.
—No estás sola.
Silencio.
Fedra respiró más profundo.
Como si algo dentro de ella hiciera un esfuerzo.
Sus dedos se movieron apenas.
Zelinna levantó la mirada.
—¿Mamá?
No hubo respuesta.
Pero sus ojos… se abrieron.
Lento.
Pesado.
Pero se abrieron.
Y esta vez…
Había algo distinto.
No era confusión.
No era vacío.
Era claridad.
Zelinna se quedó completamente quieta.
—Mamá…
Fedra la miró.
Directo.
Sin dudar.
Sin perderse.
—Zelinna.
El nombre salió claro.
Completo.
Como antes.
Zelinna sintió que el aire se le detenía.
—Sí… —su voz se rompió—. Sí, soy yo.
Fedra la observó.
Como si la estuviera viendo después de mucho tiempo.
—Eres tú.
—Sí.
—Eres tú…
Zelinna apretó su mano.
—Sí, mamá.
Fedra cerró los ojos un segundo.
Como si algo se acomodara dentro de ella.
—Ya me acordé.
Zelinna no pudo contenerlo.
Una lágrima cayó.
—Sí…
—Perdón.
—No.
—Perdón… por todo.
—No tienes que—
—Sí —la interrumpió Fedra, con una suavidad firme—. Sí tengo.
Zelinna negó con la cabeza.
—No.
—Te hice daño.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí —repitió Fedra—. Y no sabía.
Zelinna apretó su mano con más fuerza.
—No importa.
—Sí importa.
—No.
—Sí.
Fedra respiró hondo.
—¿Dónde están mis nietas?
Zelinna sintió el golpe.
Pero esta vez… distinto.
—Aquí.
—Quiero verlas.
Zelinna se levantó de inmediato.
—Freya… Viena…
Ambas entraron rápido.
Se detuvieron en la puerta.
Dudando.
—Acérquense —dijo Zelinna.
Se acercaron.
Lento.
Con miedo.
—Abuela… —susurró Freya.
Fedra la miró.
Y sonrió.
—Freya.
Freya se quedó completamente quieta.
—Sí…
—Y tú… —miró a la otra— Viena.
Viena sintió que la respiración se le cortaba.
—Sí…
El silencio se llenó de algo distinto.
Algo que ya no había estado en mucho tiempo.
—Perdón —dijo Fedra—. No las reconocía.
Freya negó con la cabeza.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
—No.
—Sí.
Viena dio un paso más cerca.
—¿Ya te acuerdas?
Fedra asintió.
—Sí.
—¿De todo?
Fedra dudó.
—De lo importante.
Zelinna bajó la mirada.
Fedra volvió a mirar a Zelinna.
—No te vayas.
—No me voy.
—Quédate.
—Aquí estoy.
El silencio que siguió… fue tranquilo.
Por primera vez en mucho tiempo.
Fedra respiró más lento.
Más pesado.
—Estoy cansada.
—Descansa.
—Sí.
Pasaron unos segundos.
—Zelinna…
—¿Sí?
—Tengo miedo.
Zelinna apretó su mano.
—No tengas.
—Sí tengo.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
—No.
—Sí —susurró Fedra—. Porque siento que me voy.
El aire se volvió denso.
—No te vas a ir.
—Sí.
—No.
—Sí.
Zelinna sintió cómo su voz se rompía.
—No me dejes.
Fedra la miró.
Y sonrió.
Una sonrisa suave.
Tranquila.
—Nunca.
Su respiración se volvió más lenta.
Más espaciada.
Freya empezó a llorar en silencio.
Viena también.
Zelinna no.
Aún no.
—Mamá… —susurró—. Aquí estoy.
Fedra cerró los ojos.
Y en un último esfuerzo…
apretó ligeramente su mano.
Luego…
su respiración se detuvo.
El silencio fue absoluto.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Zelinna se quedó ahí.
Con la mano de su mamá entre las suyas.
Esperando.
Como si algo fuera a cambiar.
Como si fuera a respirar otra vez.
Pero no pasó.
Pasaron los segundos.
Luego minutos.
—Mamá… —dijo en voz baja.
Nada.
—Mamá…
Nada.
Y entonces…
lo entendió.
Zelinna bajó la cabeza.
Y ahí…
finalmente…
se rompió.
El llanto salió sin control.
Sin medida.
Sin intención.
—Mamá… —repitió—. Mamá…
Freya se acercó.
La abrazó.
Viena también.
Las tres.
Juntas.
Y en medio de ese llanto…
de ese dolor…
de ese silencio que ya no tenía vuelta atrás…
Zelinna apretó la mano de Fedra una última vez.
Fría.
Pero aún suya.
—No te olvides de mí… —susurró.
Pero ya no había nadie que pudiera escucharla.
La casa se quedó en silencio.
Y esta vez…
no era un silencio incómodo.
Era un silencio final.