Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo X- Parte I

La casa olía distinto.

No era un aroma fuerte.

Era suave.

Persistente.

Como si alguien hubiera abierto una ventana invisible.

Zelinna lo notó desde que cruzó la puerta.

Dejó las llaves en la mesa.

Se quitó los zapatos lentamente.

Algo no encajaba.

—¿Freya? —llamó.

—¡Aquí! —respondió desde la sala.

Zelinna caminó hacia allá.

Freya estaba sentada en el sillón… con un ramo de flores en las manos.

Grande.

Demasiado grande.

—¿Y eso?

Freya levantó la vista.

—Llegaron hace rato.

Zelinna se detuvo.

—¿Quién las mandó?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—No traen nombre.

Zelinna frunció el ceño.

Se acercó.

Tomó el ramo.

Rosas blancas.

Lirios.

Y algo más… delicado.

Casi perfecto.

—¿No había tarjeta?

—Sí… pero está rara.

—¿Cómo que rara?

Freya se levantó.

—Mira.

Le entregó una pequeña tarjeta.

Zelinna la tomó.

La abrió.

Solo decía:

“Para que recuerdes lo que mereces.”

Nada más.

Sin firma.

Sin iniciales.

Sin pista.

Zelinna cerró la tarjeta lentamente.

—¿Quién vino?

—Un repartidor.

—¿Dijo algo?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

Silencio.

—¿Y Viena?

—Arriba.

Zelinna dejó el ramo sobre la mesa.

Pero no lo soltó del todo.

Sus dedos seguían tocando los pétalos.

—Huelen bien —dijo Freya.

—Sí.

—¿Te gustan?

Zelinna no respondió de inmediato.

—Sí… supongo.

—¿Supongo?

—Sí.

Freya ladeó la cabeza.

—¿No te emocionan?

Zelinna soltó una pequeña risa sin humor.

—No.

—Qué triste.

—No es triste.

—Un poco sí.

—No.

—Sí.

Zelinna dejó el ramo por completo.

—No todo lo que parece bonito… lo es.

Freya la miró.

—Eso sonó raro.

—Lo es.

Viena bajó las escaleras.

—¿Qué huele tan rico?

—Las flores —dijo Freya.

—¿Cuáles flores?

Vio el ramo.

—Wow…

Se acercó.

—¿Quién las mandó?

Zelinna suspiró.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—No traen nombre.

Viena tomó la tarjeta.

—A ver…

Leyó.

Frunció el ceño.

—Eso está raro.

—Sí.

—¿No tienes idea?

Zelinna se quedó en silencio.

Un segundo.

Dos.

—No.

Pero no sonó completamente convencida.

Freya la observó.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Nadie que te esté buscando?

—No.

—¿Nadie del trabajo?

—No.

—¿Algún amigo?

—No.

—¿Algún ex?

El silencio fue inmediato.

Zelinna levantó la mirada.

—No.

Pero esta vez… fue demasiado rápido.

Viena intercambió mirada con Freya.

—Ajá…

—¿Qué? —preguntó Zelinna.

—Nada.

—Dilo.

—Nada.

—Viena.

—Nada, mamá.

Zelinna no insistió.

Pero su expresión cambió.

Tomó las flores otra vez.

Las observó con más atención.

—Esto no es barato.

—No —dijo Freya—. Se ven caras.

—Lo son.

—Entonces alguien le echó ganas.

Zelinna dejó el ramo sobre la mesa.

Más firme esta vez.

—No me gustan.

Freya abrió los ojos.

—¿Qué?

—No me gustan.

—¿Por qué?

—Porque no sé de quién son.

—Pues pregúntale al repartidor.

—Ya se fue.

—Entonces disfruta.

—No.

—Mamá…

—No.

El tono cortó la conversación.

Silencio.

Viena rompió la tensión.

—¿Las vamos a dejar ahí?

Zelinna dudó.

—Ponlas en agua.

Freya sonrió.

—Sabía que sí te gustaban.

—No dije eso.

—Pero no las tiraste.

Zelinna no respondió.

Freya llevó el ramo a la cocina.

Buscó un jarrón.

Lo llenó de agua.

Colocó las flores con cuidado.

—Se ven bonitas aquí.

Viena asintió.

—Sí.

Zelinna las observó desde la puerta.

No dijo nada.

Pero tampoco apartó la mirada.

La tarde pasó lenta.

Demasiado normal.

Como si las flores no significaran nada.

Pero estaban ahí.

En medio de la cocina.

Imposibles de ignorar.

Más tarde…

Zelinna estaba sola.

Frente al jarrón.

Mirando.

Sus dedos rozaron un pétalo.

—¿Quién fue…? —murmuró.

Silencio.

Tomó la tarjeta otra vez.

La leyó.

“Para que recuerdes lo que mereces.”

Zelinna apretó la tarjeta.

—No…

La dejó sobre la mesa.

Pero no la tiró.

Esa noche…

Mientras todos dormían…

Zelinna bajó a la cocina.

En silencio.

Encendió la luz.

Las flores seguían ahí.

Perfectas.

Intactas.

Se acercó.

Las observó más de cerca.

Como si buscara una respuesta escondida entre los pétalos.

—No… —susurró otra vez.

Pero esta vez… no sonó como negación.

Sonó como duda.

Tomó el celular.

Lo desbloqueó.

Se quedó mirando la pantalla.

Pensando.

Dudando.

Abrió los contactos.

Bajó.

Subió.

Volvió a bajar.

Se detuvo en un nombre.

No lo tocó.

Solo lo miró.

Dereck.

El silencio se hizo más pesado.

Zelinna bloqueó el teléfono.

Lo dejó sobre la mesa.

—No…

Pero su mirada volvió a las flores.

Y por primera vez…

no pudo evitar pensarlo.

—Sí fuiste tú… ¿verdad?

Nadie respondió.

Pero en el fondo…

ella ya sabía.

Y eso…

era lo que menos quería.

A la mañana siguiente…

Las flores seguían ahí.

Más abiertas.

Más vivas.

Y con ellas…

algo que Zelinna creía haber cerrado…

empezaba a abrirse otra vez.




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