Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo X- Parte II

La tarde caía lenta.

El sol entraba por la ventana de la sala, iluminando el piso en franjas doradas que poco a poco se iban apagando.

Zelinna estaba en la cocina.

De pie.

Con las manos apoyadas en la encimera.

Sin hacer nada.

Las flores seguían ahí.

Más abiertas que el día anterior.

Más presentes.

Más difíciles de ignorar.

El sonido de un auto afuera rompió el silencio.

Zelinna no se movió.

Pero su cuerpo se tensó.

—Ya llegó —dijo Freya desde la sala.

Zelinna cerró los ojos un segundo.

Respiró hondo.

—Voy.

Cuando salió…

Él ya estaba en la puerta.

Dereck.

Apoyado en el marco como si nada hubiera pasado en la vida.

Como si el tiempo no hubiera hecho nada.

—Hola —dijo, con una media sonrisa.

Zelinna se detuvo a unos pasos.

—Hola.

Su voz fue neutra.

Plana.

Sin espacio para nada más.

Freya apareció detrás.

—Hola, papá.

—Hola, princesa —respondió él, abrazándola.

Luego miró hacia el pasillo.

—¿Y Viena?

—Arriba —respondió Zelinna.

—Viena —llamó Freya—, ya llegó papá.

Pasos en las escaleras.

Viena bajó.

—Hola.

—Hola —dijo Dereck, extendiendo los brazos.

Ella dudó un segundo.

Pero lo abrazó.

Zelinna observaba.

En silencio.

Con los brazos cruzados.

Dereck levantó la mirada hacia ella.

—¿Puedo pasar?

Zelinna dudó.

Solo un segundo.

—Pasa.

Entró.

Miró alrededor.

Como si revisara cada rincón.

—Sigue igual.

—Sí.

—Bonita.

—Gracias.

Caminó unos pasos.

Se detuvo.

Miró hacia la cocina.

Y ahí las vio.

Las flores.

Su sonrisa cambió.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

—Qué bonitas flores.

Zelinna lo miró.

Directo.

—Sí.

—¿Quién te las dio?

—No sé.

—¿No sabes?

—No.

Dereck ladeó la cabeza.

—Qué raro.

—Sí.

—¿Un admirador secreto?

Zelinna no respondió.

Freya intervino.

—No traían nombre.

—¿Ah, no? —dijo él, sin apartar la mirada de Zelinna.

—No.

—Qué detalle tan… misterioso.

Silencio.

Dereck se acercó un poco más a la cocina.

—Se ven caras.

—Lo son.

—Entonces alguien se esforzó.

Zelinna sostuvo su mirada.

—Supongo.

Él sonrió.

—A alguien le importas mucho.

Zelinna no reaccionó.

—Puede ser.

El silencio se volvió incómodo.

Viena habló:

—¿Ya nos vamos?

—Sí —respondió Dereck, sin apartar la mirada de Zelinna—. Pero primero quiero hablar con tu mamá.

Freya frunció el ceño.

—¿De qué?

—De adultos.

—Eso suena sospechoso.

—No lo es.

Zelinna intervino.

—Vayan por sus cosas.

Ambas dudaron.

Pero obedecieron.

Subieron.

La puerta de la casa se cerró detrás de ellas.

El silencio se quedó entre los dos.

Dereck se acercó un poco más.

—Te ves bien.

Zelinna no se movió.

—Gracias.

—Mejor que antes.

—No creo.

—Sí.

—No.

Él sonrió.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Quitarle peso a todo.

—No.

—Sí.

—No.

Zelinna se giró levemente.

Tomó un vaso.

Lo llenó de agua.

—¿Quieres?

—Sí.

Se lo entregó.

Sus manos se rozaron apenas.

Zelinna se apartó de inmediato.

Dereck lo notó.

Pero no dijo nada.

—Sigues igual —dijo él.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí —insistió, más suave—. Igual de… distante.

Zelinna levantó la mirada.

—No es distancia.

—¿Qué es entonces?

—Límite.

El silencio cayó.

Dereck bebió un poco de agua.

—Extrañaba esto.

—¿Qué?

—Hablar contigo.

Zelinna soltó una pequeña risa sin humor.

—No estamos hablando.

—Un poco.

—No.

—Sí.

Se apoyó en la encimera.

Cerca.

Demasiado cerca.

—¿Sigues tomando café en la noche?

Zelinna lo miró.

—Sí.

—Sabía.

—Eso no cambia nada.

—No.

—No.

Silencio.

—Las flores te quedan bien —dijo él de pronto.

Zelinna frunció el ceño.

—¿Qué?

—Las flores.

—¿Qué con ellas?

—Van contigo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Zelinna lo miró fijo.

—¿Fuiste tú?

El aire se tensó.

Dereck sonrió.

Pero no respondió de inmediato.

—¿Importa?

Zelinna sostuvo su mirada.

—Sí.

Él dejó el vaso sobre la mesa.

—Tal vez.

Zelinna dio un paso atrás.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿Qué?

—Mandarme cosas.

—No te molestes.

—Sí me molesta.

—¿Por qué?

—Porque no te lo pedí.

—No tienes que pedirlo.

—Sí.

—No.

Zelinna negó con la cabeza.

—No.

Dereck la observó.

Largo.

—Siempre te han gustado las flores.

—No.

—Sí.

—Eso era antes.

El silencio se hizo más pesado.

—Antes de qué —preguntó él.

Zelinna lo miró.

—Antes de que todo se rompiera.

La frase cayó sin adornos.

Dereck bajó la mirada un segundo.

Luego volvió a verla.

—Podemos arreglarlo.

Zelinna soltó una risa seca.

—No.

—Sí.

Él dio un paso más cerca.

—Zelinna…

Ella no retrocedió.

Pero tampoco se acercó.

—No empieces.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué?

—A hablar como si nada.

—No es como si nada.

—Sí es.

Silencio.

Dereck levantó la mano.

Como si fuera a tocarla.

Pero se detuvo a mitad.

—Te extraño.

Zelinna no reaccionó.

—Mucho.

Nada.

—Y sé que tú también.

Zelinna lo miró.

Directo.

—No.

La palabra fue firme.

Sin duda.

Dereck sonrió.

Pero no fue una sonrisa real.




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