La noche había caído.
La casa estaba en silencio, pero no en calma.
Las flores seguían en la cocina.
Abiertas.
Firmes.
Como si no supieran todo lo que estaban provocando.
Zelinna aún no llegaba.
Freya estaba en la sala, viendo algo en el celular sin realmente prestar atención.
Viena estaba en el piso, haciendo tarea.
—¿A qué hora llega mamá? —preguntó Viena.
—Dijo que tarde.
—¿Con quién salió?
Freya alzó la vista.
—Con alguien del trabajo.
—¿Hombre o mujer?
—No sé.
—Ajá…
Freya sonrió levemente.
—¿Te importa?
—No.
—Sí.
El sonido de un auto afuera interrumpió la conversación.
Ambas levantaron la mirada.
—Ya llegó.
Se escuchó la puerta.
Las llaves.
Pasos.
Y luego… una voz que no era la de Zelinna.
—Gracias por traerme —dijo ella.
—No hay problema —respondió un hombre.
Freya y Viena se miraron.
Zelinna entró.
Con una sonrisa ligera.
Diferente.
Detrás de ella, un hombre.
Alto.
Serio.
Pero amable.
—Chicas —dijo Zelinna—, él es Luke, del trabajo.
Luke levantó la mano.
—Hola.
—Hola —respondieron ambas, al mismo tiempo.
Zelinna dejó su bolsa.
—Me ayudó con unas cosas.
—Nada del otro mundo —dijo él.
Freya lo observó.
—¿Quieres pasar?
Luke dudó.
—No quiero molestar.
—No molesta —dijo Zelinna.
Entró.
El ambiente cambió.
Viena susurró a Freya:
—Está guapo.
—Cállate.
Luke sonrió.
—Tienen una casa bonita.
—Gracias —respondió Zelinna.
Se dirigieron a la cocina.
Las flores.
Luke las vio.
—Wow… qué bonitas.
Zelinna las miró.
—Sí.
—¿Quién te las dio?
Zelinna dudó apenas.
—Alguien.
—Tiene buen gusto.
—Sí.
Silencio.
Luke se apoyó ligeramente en la encimera.
—Gracias por dejarme entrar.
—No es nada.
Freya y Viena intercambiaron miradas.
Y entonces…
la puerta se abrió de golpe.
Sin tocar.
Dereck.
El aire se congeló.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Zelinna, de inmediato.
Dereck no respondió.
Su mirada estaba fija en Luke.
De arriba abajo.
Evaluando.
Midiendo.
—Vine por unas cosas de las niñas —dijo finalmente.
Freya frunció el ceño.
—No avisaste.
—No tenía que avisar.
Pero no apartó la mirada de Luke.
—¿Y tú quién eres?
Luke se enderezó.
—Luke.
—¿Luke qué?
—Luke.
Silencio.
Zelinna intervino.
—Es compañero de trabajo.
Dereck soltó una pequeña risa sin humor.
—Claro.
Se acercó.
Demasiado.
—¿Y qué haces aquí, Luke?
Luke sostuvo la mirada.
—La traje.
—Qué considerado.
—Sí.
El silencio se tensó.
Zelinna dio un paso al frente.
—Ya, Dereck.
—¿Ya qué?
—No empieces.
—¿No empiece qué?
—Esto.
—¿Esto qué?
—La escena.
Dereck sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
—No estoy haciendo ninguna escena.
—Sí lo estás.
—No.
—Sí.
Luke dio un paso atrás.
—Creo que me voy.
—No —dijo Zelinna.
—Sí —intervino Dereck—. Es mejor.
Zelinna giró.
—Tú no decides eso.
—Estoy ayudando.
—No necesito tu ayuda.
—Se nota.
El golpe fue directo.
Zelinna lo miró.
—Cuidado.
—¿Qué?
—Cuidado con lo que dices.
Silencio.
Luke tomó sus cosas.
—De verdad, me voy.
Zelinna lo miró.
—Perdón.
—No es tu culpa.
Pasó junto a Dereck.
Se miraron.
—Buenas noches —dijo Luke.
Dereck no respondió.
La puerta se cerró.
El silencio explotó.
—¿Qué fue eso? —preguntó Zelinna.
—¿Qué fue qué?
—Eso.
—Nada.
—No fue nada.
—Sí lo fue.
—No.
—Sí —insistió—. Llegas sin avisar, te metes y haces esto.
—¿Esto qué?
—La escena.
—No fue una escena.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Silencio.
Dereck se acercó más.
—¿Quién es?
—Ya te dije.
—No me basta.
—No tiene que bastarte.
—Sí.
—No.
El ritmo de las palabras subía.
—¿Te estás viendo con él? —preguntó de pronto.
El aire se volvió pesado.
Zelinna lo miró.
—No te importa.
—Sí me importa.
—No debería.
—Pero me importa.
—No tienes derecho.
Silencio.
Dereck apretó la mandíbula.
—Claro que tengo derecho.
Zelinna soltó una risa amarga.
—No.
—Sí.
—No —repitió, firme—. Lo perdiste.
El golpe fue directo.
Dereck bajó la mirada un segundo.
Luego volvió a verla.
—No lo perdí.
—Sí.
—No.
—Sí —insistió—. Hace tiempo.
—No.
—Sí.
—Sigues siendo mi esposa.
Zelinna negó.
—No.
—Sí.
—No —repitió—. Eso se acabó. Se acabó porque tú lo terminaste.
Silencio.
Freya apareció en el pasillo.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Zelinna sin mirarla—. Vayan a su cuarto.
—Pero—
—Ahora.
Ambas obedecieron.
La puerta se cerró.
El silencio volvió.
—Te estaba viendo —dijo Dereck.
—¿Qué?
—Con él.
—¿Y?
—No me gustó.
Zelinna lo miró.
—No tiene que gustarte.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No —repitió—. Ya no.
Dereck se acercó más.
—No me gusta que otro hombre esté aquí.
—No es tu casa.
—Pero es mi familia.
—No.
—Sí.
—No —insistió—. Ya no decides nada aquí.
Silencio.
Dereck la miró.
—¿Te gusta?
Zelinna frunció el ceño.
—¿Qué?
—Él
Zelinna sostuvo su mirada.
—No es asunto tuyo.
—Sí lo es.
—No.
—Sí.
—No.
El silencio se tensó al máximo.