Capítulo Cuatro
Manteniendo distancia.
ROSS ABRIÓ LA PUERTA PARA ELLA a la mañana siguiente cuando él se subió a la camioneta. Él no la tocó. Liz estaba gradecida por eso. Ambos estaban serenos, cuidadosos el uno con el otro. Era mejor así. Tenían que mantener una distancia entre ambos.
Durante la noche había llegado a la conclusión de que no debió ignorar las señales entre ella y Ross. Ya no tenía diecinueve años. Podía controlarse. Después de todo, a ella nole costaba hacerlo en presencia de algunos hombres muy diferentes en California.
Después de unos minutos de conversación forzada, dejaron de hablar. Liz observó el paisaje que pasaba. En menos de una hora llegaron a la reserva. Ross condujo por la carretera principal hasta la sede tribal.
En las oficinas del consejo, entraron y fueron conducidos a la sala de conferencias. Una caja de madera tallada se encontraba en la mesa de conferencias. Shannon Wells, quien, según Natalie Bennett trabajaba en el Museo Nativo Americano, estaba de pie al otro lado de la mesa.
Liz sonrió y asintió a la joven, quien respondió con cautela.
Algunos ancianos de la tribu estaban de pie observando lo que sucedía. Al final de la sala estaba el presidente de la tribu, Calian Guerrero de Lucha.
El abogado, Jeremy Bullock, quien tenía la misma edad que ella. Habían compartido momentos de juegos cuando ambos estaban libres de las exigencias de la educación: ella de la escuela pública en Missoula, él del internado BIA al que se vio obligado a asistir.
—Oí que habías regresado.
Jeremy era tan alto como Ross. Su cabello y ojos eran negros como la obsidiana. Llevaba trenzas atadas con tiras de cuero crudo, lo que a ella le pareció perfectamente natural con su traje y corbata. Su nariz prominente y sus pómulos prominentes proclamaban su ascendencia Cheyenne.
Había ido a la universidad con una beca de baloncesto y después se licenció en derecho. Su cuerpo ágil demostraba su habilidad atlética; su mirada alerta indicaba su agudeza mental.
El abogado se acercó a ella con una sonrisa brillante y cálida. Su bienvenida la animó, y admitió con tristeza que necesitaba toda la ayuda posible.
—Liz, es la hija del profesor que anda por ahí haciendo preguntas personales —bromeó. Su sonrisa desapareció—. Ahora estás aquí para hacer tus propias preguntas.
—Sí. ¿Tienes los huesos?
El asintió.
—Mi tío desea hablar contigo.
Jeremy la tomó del brazo y la condujo hasta el anciano, que estaba al fondo de la sala, junto a la mesa del consejo. Ross los siguió. Liz notó cómo su mirada iba de ella a Jeremy, como si el evaluara la situación entre ellos.
El abogado tribal le presentó al tío Calian Guerrero de Lucha como si no conociera al anciano de toda la vida.
Liz se quedó en silencio, esperando a que hablara. Cuando lo hizo, se dio cuenta de que era mucho mayor de lo que parecía la última vez que habló con él. Un segundo infarto le había quitado parte de la fuerza interior que siempre había asociado con él. La entristeció, como si ese hombre fuera a perder su estilo de vida.
—¿Como estas? —, preguntó.
—Bien. —respondió ella.
—¿Y tu padre?
—Le manda saludos. Tiene que terminar el libro de historias orales este verano. Le traerá un ejemplar.
Las cejas pobladas, casi blancas ahora, fruncidas, dijo.
—Lo espero con gusto. —Miró a su alrededor con mirada cansada, mientras un policía tribal colocaba una silla
—Aquí, tío —dijo, usando el título honorífico—. Debe de descansar Dr. Hunter, nos dijeron que nos aseguráramos de que lo hiciera
El doctor Hunter resopló complacido con la atención. Una vez acomodado le indicó al joven una silla para ella. Cuando Liz lo miró, sus sillas casi se tocaban las rodillas, volvió a hablar.
—Cale necesita encontrar una esposa, como su primo ha tenido la fortuna de hacer. —Miró a su sobrino con afecto.
—¿Jeremy? —preguntó Liz.
—Sí. Justo la semana pasada.
El abogado sonrió. Por un instante, ella vislumbró la silenciosa alegría en sus ojos. Hizo un gesto hacia su tío.
— Se ha convertido en un casamentero a su edad. —Su mirada se dirigió hacia donde Ross se había apoyado contra la pared mientras esperaba a que terminaran los saludos y pasaran al meollo del asunto. No supo si estaba impaciente o resignado.
—Te deseo felicidad— dijo ella en voz baja.
Jeremy asintió en agradecimiento. Las miradas cambiaron, lo que confirmó lo que los dos hombres habían sospechado desde el principio.
—Estos no son huesos viejos— dijo ella.
***
La camioneta se sacudió por un camino cada vez más accidentado. Liz se agarró a la manija de la puerta y al borde del asiento para no rebotar.
Cuando el camino se convirtió en una senda forestal o de caza que serpenteaba hacia arriba a través de un espeso bosque, Ross redujo la velocidad.
No hacía falta ser un experto forense para saber que estaba de mal humor. No había pronunciado ni una palabra desde que salieron de la casa del consejo y se dirigieron al lugar donde se encontraron los huesos.
El camino terminaba abruptamente cerca de un risco: un acantilado de piedra caliza y pizarra de entre tres y treinta metros de altura, con el arroyo BearCave corriendo en su base.
El arroyo separaba el rancho Dark Waters de la reserva, desembocando en el lago Pehoé, en el rancho. Fue cerca del lago donde vio a Ross por primera vez ese verano, hacía mucho tiempo.
Apartó ese pensamiento de su mente con impaciencia. Tenía un trabajo que hacer. Se inclinó hacia adelante para cambiarse las sandalias por calcetines y zapatos de senderismo.
El terreno ascendía abruptamente desde el pequeño prado abierto donde se detuvieron. Observó que los árboles y la maleza eran más densos en la sección al otro lado del claro.
El bosque sagrado. El tío Calian Guerrero de Lucha le había dado permiso para explorar la zona.
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perdida y dolor, rencor y amor, pasado irremediablemente en el presente
Editado: 29.08.2025