Casada con mi hermano despiadado

Capítulo uno: La chica que cantaba para sobrevivir

Nota de la autora:

Hola a todos. Esta es mi primera vez publicando aquí, así que espero que sea de su agrado. Los nervios me tienen al borde del asiento, pero aquí estoy, compartiendo esta historia que llevo tiempo guardando en el cajón. Les pido paciencia si ven algún error, y por supuesto, cualquier comentario u opinión será más que bienvenido. Dicho esto, les dejo con el primer capítulo. ¡Espero que lo disfruten tanto como yo disfruté escribiéndolo!

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Capítulo uno: La chica que cantaba para sobrevivir

Amelia Carter sonrió mientras cantaba.

Cada nota le compraba un latido más al hombre que se moría en la habitación 304 del hospital.

Esta noche necesitaba cada dólar.

Antes de la medianoche, perdería la mitad.

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El Velvet Room estaba repleto. Luces rojas, perfume barato, copas entrechocando.

Amelia terminó su última canción e hizo una reverencia rápida. Le dolían los pies. Tenía la garganta seca.

—Tan hermosa como siempre, pajarito —dijo el presentador, sin siquiera mirarla.

Bajó del pequeño escenario y se encaminó al cuarto del personal. Ahí estaba su bolso. Dentro guardaba un boleto de autobús y la lista de medicamentos de su padre.

—Oye, cantante.

Un hombre le bloqueó el paso. Traje caro. Ojos vidriosos por el alcohol. Había estado en primera fila toda la noche.

—¿Sí, señor?

—Cantas bonito. Muy bonito —sonrió y le deslizó un sobre blanco y grueso en la mano.

Pesaba.

Amelia lo abrió sin pensarlo. Dentro había un fajo de billetes. Impecables. Nuevos.

Cinco mil dólares.

Se le escapó el aire. Cinco mil dólares alcanzaban para el depósito de la operación de su padre.

—Es para ti —dijo el hombre, inclinándose hacia ella—. Pasa una noche conmigo. Solo una noche.

Por un instante, todo el club se quedó en silencio dentro de su cabeza.

El rostro de su padre apareció como un destello. La factura del hospital. Los quince mil dólares que no tenía.

El hombre notó su duda y sonrió aún más.

—¿Ves? Fácil. Nadie tiene que enterarse.

Las manos de Amelia empezaron a temblar.

Entonces cerró el sobre y lo empujó contra el pecho de él.

—Vine a cantar —dijo, con voz baja pero firme—. No estoy en venta.

La sonrisa se borró de su cara.

—¿Crees que eres mejor que yo? ¿Eh? Cantas en un antro como este y te haces la santurrona.

—Déjeme pasar —dijo ella.

Él le agarró la muñeca.

—Te vas a arrepentir de esto.

—¡Suéltela!

Apareció el señor Davis. Amelia sintió alivio durante medio segundo.

Hasta que él la miró a ella, no al hombre.

—Señor Thompson, le pido disculpas. Es nueva. No entiende cómo funcionan las cosas.

—¡Me hizo quedar como un idiota! —gritó el hombre—. ¡Delante de todo el mundo!

—Yo me encargo. Por favor, vuelva a su mesa. La botella corre por mi cuenta.

El señor Thompson le lanzó una mirada asesina a Amelia y se fue.

El señor Davis se giró hacia ella. Tenía la cara encendida.

—¿Sabes cuánto gasta ese cliente al mes? —siseó.

—Vine a cantar —susurró Amelia.

—Viniste a hacer ganar dinero a este local.

—No estoy en venta.

—Bien.

Arrebató el sobre de pago de la mesa, lo rasgó, contó los billetes con calma, despegó la mitad y tiró el resto al suelo.

—Recógelos —ordenó.

Amelia lo miró fijamente. Las mejillas le ardían. La banda estaba mirando. El barman también. Nadie se movía.

Se agachó y fue recogiendo los billetes uno por uno. Húmedos. Arrugados.

Veinticinco dólares.

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El hospital olía a desinfectante y a aire frío.

Amelia corrió hasta la habitación 304. Su padre estaba despierto, sentado en la cama. Se veía más delgado que el día anterior.

—Llegaste —dijo, sonriendo.

—Claro —intentó devolverle la sonrisa.

—¿Comiste? —preguntó. Siempre era su primera pregunta.

—Sí —mintió. No había probado bocado desde la mañana.

Su padre la miró, luego miró la bandeja pequeña junto a su cama. Había pan y sopa intactos.

—Entonces come esto —dijo, deslizando la bandeja hacia ella—. Lo guardé para ti. Le dije a la enfermera que vendría mi hija y que seguro tendría hambre.

A Amelia se le cerró la garganta.

—Papá, eso es tuyo.

—Yo no tengo hambre. Tú sí. Come.

Le temblaban las manos al tomar el pan. Estaba frío y duro, pero lo comió porque si no lo hacía, él se preocuparía.

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Se abrió la puerta. Entró el doctor Henry.

—Amelia, ¿podemos hablar fuera?

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En el pasillo, el doctor Henry no sonreía.

—El corazón de su padre se está debilitando —dijo.

Amelia apretó el bolso contra su pecho.

—La medicación ya no está haciendo efecto —continuó—. Sin la cirugía...

Hizo una pausa.

—...probablemente no viva más de un mes.

El pasillo bullía de ruidos, pero Amelia no escuchaba nada.

—¿Cuánto? —susurró.

El doctor Henry bajó la mirada.

—Quince mil dólares. Con la ayuda del hospital, doce mil. Sé que es mucho. Lo lamento.

Doce mil dólares.

Amelia tenía sesenta y ocho dólares en su cuenta bancaria.

Asintió como si hubiera entendido, volvió a la habitación, besó a su padre en la frente, le deseó buenas noches y salió antes de que él pudiera verla llorar.

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Afuera, llovía.

Con ganas.

Amelia se quedó bajo el pequeño toldo de la entrada del hospital y abrió su bolso. Contó las monedas. Veinticinco dólares. El autobús había dejado de pasar a las once de la noche.

Un taxi se detuvo. El conductor bajó la ventanilla.

—Calle Elm —dijo ella.

—Con esta lluvia, cuarenta dólares —respondió él.

—Tengo veinticinco.

Soltó una risa burlona y se fue, salpicándole los zapatos.

Se sentó en el muro de cemento mojado y por fin se deshizo en llanto. Sin hacer ruido. Solo lágrimas que se mezclaban con la lluvia.

Estaba agotada.




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