Casados por obligación

Capitulo 1

El sol en el jardín de la residencia Alcántara pintaban el escenario de una tarde perfecta. Sin embargo, en el interior de la biblioteca, la atmósfera se había congelado a niveles árticos.

Samuel Alcántara y Mar Sandoval sentaron a sus dos mejores amigos en el gran sofá de cuero. Frente a ellos, Georgia se acomodaba la falda de su vestido con elegancia distraída, mientras que Hugo se aflojaba el primer botón de la camisa, dedicándole una mirada de reojo que destilaba un fastidio crónico. El pequeño Samir, ajeno al drama que estaba por desatarse, balbuceaba felizmente en los brazos de su madre.

Samuel intercambió una mirada cómplice con Mar, carraspeó y soltó la bomba sin anestesia:
—Queremos que sean los padrinos de Samir.

El silencio duró exactamente un milisegundo.

—¡Ni loca! —exclamó Georgia, enderezándose como si le hubieran inyectado electricidad.
—¡Ni loco! —rugió Hugo al mismo tiempo, levantándose del sofá de un salto.

Ambos se miraron, asqueados de haber coincidido en el tiempo y el espacio, y luego clavaron los ojos en los anfitriones.

—¿Se volvieron locos? —comenzó Georgia, señalando a Hugo con un dedo acusador—. ¿Quieren ligar el futuro espiritual de mi sobrino postizo a este monumento a la arrogancia? Samuel, por favor, este hombre tiene la madurez emocional de un cactus y el carisma de una ameba bajo el sol.

—¡Oye, frena tu tren de neurosis, bruja de pasarela! —replicó Hugo, cruzándose de brazos y soltando una carcajada sarcástica—. ¿Yo, padrino con ella? Mar, te amo como a una hermana, pero tu amiga es un peligro público. Si compartimos el altar, la pila bautismal va a terminar hirviendo en agua bendita por culpa de su mala vibra. Tiene el ego tan inflado que no va a caber en la iglesia.

—¿Mi ego? ¡Por lo menos yo tengo cerebro, pedazo de adoquín! —Georgia se puso en pie, quedando a pocos centímetros de él—. Eres tan predecible y plano que un libro de colorear tiene más profundidad que tú.

—Y tú eres tan insoportable que cuando entras a una habitación, el oxígeno pide disculpas y se va —contraatacó Hugo, inclinándose hacia ella con una sonrisa burlona que solo avivó el fuego.

Mar suspiró, cubriéndole los oídos al bebé, mientras Samuel observaba el espectáculo con una mezcla de diversión y resignación. Era la misma historia de siempre; desde años atrás, Georgia y Hugo habían convertido el arte de insultarse en una disciplina olímpica.

—¡Ya basta, par de dramáticos! —intervino Mar, usando ese tono firme de madre que silencia hasta a las tormentas—. Es una decisión tomada. Queremos que las dos personas más importantes de nuestras vidas guíen a nuestro hijo.

Georgia ignoró a Hugo por un segundo y se arrodilló frente a su amiga, tomándole las manos con desesperación genuina.

—Mar, piénsalo bien. Tienes un primo en Cuenca, ese que es callado, que colecciona estampillas… ¡el tipo es casi un santo! Cualquiera es mejor opción. Samir merece un padrino que no use el sarcasmo como primer idioma y que no viva metido en un gimnasio intentando compensar su falta de neuronas.

—¿Ah, sí? —interrumpió Hugo, dirigiéndose a Samuel—. Sam, viejo, escúchame. Si necesitas una figura femenina, contrata a una actriz, adopta una gata, lo que sea. Hasta una planta de plástico cuidaría mejor las espaldas de Samir que "Su Majestad la neurótica". Esta mujer planifica sus venganzas en una agenda con separadores de colores. Te lo ruego, no metas al niño en su secta de amargura.

—¡Prefiero ser amargada que tener el coeficiente intelectual de un termo, Hugo!

—¡Y yo prefiero ser un termo que vivir amargándome por las arrugas que te van a salir de tanto fruncir el ceño, Georgia!

Samuel se levantó, caminó hacia ellos y se interpuso en el campo de visión que ambos compartían, rompiendo la tensión magnética que siempre los envolvía cuando peleaban. Su rostro ya no mostraba diversión, sino una seriedad inquebrantable.

—A ver, genios. Les voy a poner las cosas muy simples —dijo Samuel, cruzando los brazos—. O son ustedes dos los que sostienen a Samir en la pila bautismal el próximo mes, o simplemente el niño no se bautiza y no tendrá padrinos. Así de claro.

Georgia parpadeó, indignada.

—Eso es chantaje emocional de la peor calaña, Samuel Alcántara.

—Lo sé —asintió Samuel con una sonrisa cínica—. Y funciona de maravilla. Tienen cinco minutos para decidir si van a madurar por el bien de su sobrino o si van a dejar que el orgullo les gane.

Mar se levantó del sillón con Samir dormido en su hombro. Miró a los dos con una mezcla de cariño y cansancio.

—Los amamos, pero su guerra eterna nos tiene agotados. Samir los necesita a ambos. Piénsenlo —dijo, antes de salir de la biblioteca junto a su esposo, cerrando la puerta tras de sí y dejándolos en un sepulcral y denso silencio.

Georgia se dejó caer de nuevo en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. Hugo caminó hacia el ventanal que daba al jardín, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón.

—Esto es una pesadilla —susurró Georgia desde el sofá.

—Por primera vez en la vida, estoy de acuerdo contigo —respondió Hugo sin darse la vuelta—. No puedo creer que nos hagan esto.

—Es que no lo entienden… no puedo pasar más de diez minutos contigo sin querer lanzarte un cenicero a la cabeza. ¿Cómo se supone que compartiremos la responsabilidad de una vida?

Hugo se giró lentamente. La observó por un instante; detrás de toda la armadura de altanería y los insultos creativos, sabía que Georgia adoraba a ese bebé más que a nada en el mundo. Y él, muy a su pesar, sentía exactamente lo mismo. No podían fallarle a Samuel y a Mar.

—No nos queda de otra, ¿verdad? —dijo él, con la voz más baja, desprovista del tono burlón de antes.

Georgia bajó las manos y lo miró. Sus ojos castaños reflejaban una frustración enorme, pero también la aceptación de una derrota inevitable.

—No. Si nos negamos, Mar se va a pasar el resto de su vida recordándomelo con esa mirada de perrito aplastado que tan bien sabe hacer. Y odio cuando hace eso.




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