La lluvia caía con una persistencia casi cruel sobre la ciudad, transformando las avenidas en espejos donde las luces de los edificios parecían derretirse bajo un cielo sin estrellas.
Era una de esas noches en las que el destino acostumbraba escribir las historias que nadie estaba preparado para vivir.
Adrián Ferrer observaba la tormenta desde el ventanal de su oficina en el último piso del Grupo Ferrer. Con apenas treinta y cinco años había construido la reputación de ser un empresario brillante, frío y casi imposible de derrotar en una negociación.
Pero aquella noche no pensaba en balances ni en contratos.
En el bolsillo interior de su saco descansaba una pequeña caja de terciopelo azul.
Dentro, un anillo.
No era el más costoso que podía comprar.
Era el único que había elegido con el corazón.
Después de cinco años junto a Valentina Alcázar, estaba decidido a pedirle matrimonio.
Sonrió para sí mismo.
Había cancelado reuniones, adelantado un viaje de negocios y organizado una cena íntima en el restaurante donde se habían conocido.
Todo debía salir perfecto.
No imaginaba que la perfección estaba a punto de convertirse en el recuerdo más doloroso de su vida.
A varios kilómetros de allí, Valentina descendía de un automóvil negro frente al Hotel Imperial.
Miró el reloj con evidente nerviosismo.
—Solo será una reunión —se dijo en voz baja.
No quería estar allí.
Jamás habría aceptado aquella invitación de no ser porque la empresa de su padre atravesaba la peor crisis financiera de su historia.
La Constructora Alcázar estaba al borde del colapso.
Las deudas crecían.
Los bancos cerraban puertas.
Y su padre insistía en que esa reunión podía salvar cientos de empleos.
—Confía en mí, hija —le había repetido horas antes—. Hay decisiones que no podemos evitar.
Valentina respiró hondo antes de entrar.
Algo dentro de ella le decía que aquella noche cambiaría su vida.
No sabía cuánto.
En una elegante suite del último piso la esperaba Esteban Montenegro.
Dueño de uno de los conglomerados económicos más poderosos del país.
Ambicioso.
Calculador.
Paciente.
Un hombre acostumbrado a comprar voluntades.
Y a destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Sobre la mesa descansaban varias carpetas.
También una copa de vino.
—Gracias por venir, Valentina.
—Preferiría que habláramos de negocios.
—Precisamente para eso estás aquí.
Esteban sonrió con una calma inquietante.
—Tu padre necesita ayuda.
Ella no respondió.
—Yo puedo salvar su empresa.
—¿A cambio de qué?
El empresario sostuvo su mirada durante varios segundos.
—De tiempo.
Valentina frunció el ceño.
—No entiendo.
—Pronto lo harás.
Mientras tanto, Adrián llegaba al restaurante.
Esperó.
Diez minutos.
Treinta.
Una hora.
El teléfono de Valentina permanecía apagado.
La preocupación comenzó a reemplazar la ilusión.
Finalmente decidió conducir hasta la casa de ella.
No estaba.
Intentó llamar al padre.
Sin respuesta.
Entonces recordó que uno de los asistentes de Montenegro había mencionado una reunión en el Hotel Imperial.
Algo se encendió dentro de él.
Giró el volante.
Aceleró.
La lluvia golpeaba el parabrisas con violencia.
En la suite, Valentina acababa de levantarse para marcharse.
—Esto es absurdo.
—¿Estás segura?
Esteban deslizó lentamente un sobre de papel madera sobre la mesa.
Ella lo abrió.
Las fotografías escaparon entre sus manos.
Imágenes de su padre firmando documentos.
Embargos.
Demandas.
Notificaciones judiciales.
La empresa estaba prácticamente perdida.
Sintió que el aire desaparecía.
—¿Cómo consiguió esto?
—Tengo información antes que nadie.
Esteban apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Puedo evitar que todo se derrumbe.
—Diga de una vez qué quiere.
El empresario sonrió apenas.
—Todavía no.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Adrián caminó por el pasillo del hotel.
No sabía exactamente qué buscaba.
Hasta que escuchó una voz.
La reconocería entre miles.
Valentina.
Se acercó lentamente.
La puerta de la suite estaba entreabierta.
Lo que vio desde allí fue suficiente para destruir todo cuanto creía saber.
Esteban levantó una copa.
Valentina permanecía frente a él.
Desde el ángulo donde Adrián observaba parecía que ambos compartían un momento de absoluta complicidad.
En ese preciso instante, Esteban tomó suavemente la mano de ella.
Valentina intentó retirarla.
Pero Adrián no alcanzó a verlo.
Su corazón ya había dictado sentencia.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
El anillo cayó desde su mano hasta el suelo alfombrado del pasillo.
No se molestó en recogerlo.
Simplemente se marchó.
Con la certeza de haber sido traicionado.
Sin saber que acababa de convertirse en la primera víctima de un plan cuidadosamente preparado.
Dentro de la habitación, Valentina finalmente consiguió apartarse.
—Jamás vuelva a tocarme.
Esteban sonrió con una serenidad perturbadora.
—Hoy me odias.
Algún día aceptarás mi propuesta.
—Eso nunca ocurrirá.
—Nunca es una palabra demasiado peligrosa.
Ella salió sin mirar atrás.
Ignoraba que Adrián había estado allí.
Ignoraba que acababa de perder al hombre que amaba.
E ignoraba, sobre todo, que alguien había organizado aquella escena para que pareciera exactamente lo que no era.
Desde una habitación contigua, una cámara fotográfica acababa de registrar el momento perfecto.
La primera pieza del tablero había sido colocada.
Y la partida apenas comenzaba.