Casados por Venganza

Capítulo 2 Cenizas de un juramento

La mañana amaneció gris.

No era una de esas lluvias violentas de la noche anterior, sino una llovizna persistente que parecía empeñada en borrar cualquier rastro del desastre ocurrido horas antes.

Adrián Ferrer no había dormido.

Seguía sentado frente al ventanal de su penthouse, con la corbata desanudada y la mirada perdida entre los edificios que comenzaban a despertar. Sobre la mesa descansaba la pequeña caja de terciopelo azul.

Vacía.

El anillo había quedado abandonado en el pasillo del Hotel Imperial, junto con la última parte de un hombre que todavía creía en el amor.

Lentamente tomó una copa de whisky.

No era una costumbre.

Era una necesidad.

Las imágenes regresaban una y otra vez.

Valentina.

La mano de Esteban Montenegro sujetando la suya.

La expresión que él interpretó como complicidad.

La puerta entreabierta.

La certeza de haber llegado demasiado tarde.

Su teléfono vibró.

La pantalla iluminó un nombre que durante cinco años había sido suficiente para hacerlo sonreír.

Valentina.

No contestó.

El teléfono dejó de sonar.

Volvió a hacerlo un minuto después.

Y otra vez.

Y otra.

Finalmente lo apagó.

—Se terminó…

Aquellas dos palabras salieron de sus labios con una frialdad que ni él mismo reconoció.

No imaginaba que acababa de pronunciar la primera mentira que intentaría repetirse durante los siguientes años.

Porque el amor no había terminado.

Solo había comenzado a transformarse en algo mucho más peligroso.

Mientras tanto, Valentina no dejaba de caminar de un lado a otro en el departamento donde vivía.

No entendía por qué Adrián había desaparecido.

Habían quedado en cenar.

Jamás la había dejado esperando.

Llamó nuevamente.

Buzón de voz.

Escribió un mensaje.

“Nunca quise faltar. Necesito explicarte todo.”

Otro.

“Por favor, contéstame.”

Luego otro más.

“Nada es lo que parece.”

Las dos últimas palabras le hicieron cerrar los ojos.

Porque ni siquiera ella sabía exactamente qué era aquello que parecía.

Su padre salió lentamente del despacho.

Los años habían dejado profundas marcas sobre Ernesto Alcázar.

Sin embargo, aquella mañana parecía haber envejecido una década.

—¿Hablaste con Adrián?

Ella negó.

—No responde.

Ernesto bajó la cabeza.

—Lo suponía.

—Papá… ¿qué ocurrió realmente anoche?

El hombre tardó varios segundos en responder.

—Montenegro nunca hace un movimiento sin calcular diez más.

—¿Qué significa eso?

—Que la reunión nunca fue para salvar la empresa.

Valentina sintió un escalofrío.

—Entonces… ¿para qué?

Ernesto respiró profundamente.

—Para empezar una guerra.

Muy lejos de allí, Esteban Montenegro observaba una serie de fotografías sobre su escritorio.

Las imágenes tomadas en la suite eran impecables.

Desde el ángulo correcto.

Con la perspectiva exacta.

Cualquier persona concluiría que existía una relación íntima entre él y Valentina.

Sonrió satisfecho.

Su asistente ingresó en silencio.

—¿Las enviamos?

—Todavía no.

—¿Cuál será el siguiente paso?

Montenegro acomodó lentamente las fotografías.

—Primero debemos dejar que el resentimiento haga su trabajo.

—¿Y después?

El empresario respondió sin apartar la vista de las imágenes.

—Después llegará el momento del contrato.

A media mañana, Adrián entró por primera vez en semanas a la antigua casa familiar.

Una enorme residencia que permanecía casi vacía desde la muerte de su madre.

Solo una persona seguía viviendo allí.

Su abuelo.

Don Lorenzo Ferrer.

Un hombre de setenta y ocho años cuya lucidez seguía siendo tan temida como respetada.

—Tienes cara de funeral.

Adrián dejó el saco sobre una silla.

—Tal vez lo sea.

Lorenzo lo observó durante largo rato.

—¿Murió alguien?

—Sí.

—¿Quién?

El joven respondió con una serenidad inquietante.

—El hombre que fui hasta ayer.

El anciano comprendió inmediatamente que no hablaba de una muerte física.

Esperó.

Sabía que los silencios de Adrián siempre terminaban diciendo más que las palabras.

—Ella me traicionó.

Lorenzo arqueó una ceja.

—¿La viste?

—Sí.

—¿La escuchaste?

—No hacía falta.

El anciano caminó lentamente hasta una antigua biblioteca de nogal.

Extrajo una pequeña caja metálica cubierta de polvo.

La dejó sobre la mesa.

—Hace veinte años prometí entregarte esto cuando llegara el momento.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué es?

—La verdad.

Dentro había una carta amarillenta.

También una fotografía.

Y un viejo reloj de bolsillo.

El sobre estaba dirigido a él.

La letra pertenecía a su padre, fallecido cuando Adrián tenía apenas doce años.

Con manos temblorosas abrió la carta.

Solo alcanzó a leer las primeras líneas.

“Si algún día descubres quién destruyó nuestra familia, prométeme que no permitirás que el apellido Ferrer vuelva a arrodillarse ante los Alcázar…”

Adrián levantó la vista.

—¿Qué significa esto?

Lorenzo permanecía inmóvil.

—Significa que tu historia con Valentina empezó mucho antes de que ustedes nacieran.

—No entiendo.

—Tu padre y Ernesto Alcázar fueron socios.

También hermanos de vida.

Hasta que alguien los convirtió en enemigos.

El silencio inundó la habitación.

—¿Fue Ernesto quien lo traicionó?

Lorenzo negó lentamente.

—Eso es precisamente lo que todavía no sabemos.

A varios kilómetros, Valentina entró por primera vez en el viejo archivo de la Constructora Alcázar.

Buscaba documentos financieros.

Pero encontró algo completamente distinto.




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