Casados por Venganza

Capítulo 3 Las cartas del pasado

El silencio del archivo era tan espeso que parecía absorber el sonido de la respiración.

Valentina permanecía inmóvil con el sobre entre las manos. El papel amarillento llevaba más de veinte años esperando ser abierto, pero la voz que acababa de surgir desde la penumbra hizo que cualquier curiosidad quedara relegada por el instinto de supervivencia.

—Hay cartas que jamás debieron sobrevivir…

El hombre dio un paso al frente.

Las luces automáticas del depósito parpadearon antes de iluminar parcialmente su rostro.

Valentina respiró aliviada.

—¿Ramiro?

El anciano archivista sonrió con cansancio.

Llevaba más de cuarenta años trabajando para los Alcázar y conocía cada rincón de la empresa mejor que cualquier director.

—Perdón si la asusté, señorita.

—¿Qué quiso decir con esas palabras?

Ramiro observó el sobre.

Su expresión cambió.

—Porque esa carta es la razón por la que muchas personas han mentido durante décadas.

Valentina sintió un nudo en el estómago.

—¿Usted sabía que existía?

—La escondí yo.

Ella quedó sin habla.

—Su padre me lo pidió la noche anterior al accidente donde murió su madre.

La joven abrió los ojos con sorpresa.

—¿Mi madre sabía algo?

—Más de lo que cualquiera imaginaba.

Ramiro miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie los escuchaba.

—No abra esa carta aquí.

—¿Por qué?

—Porque Montenegro tiene gente en todas partes.

Esas palabras helaron la sangre de Valentina.

Al mismo tiempo, Adrián seguía leyendo la carta de su padre.

Cada línea derrumbaba una verdad que había sostenido durante años.

“Si estás leyendo esto es porque alguien volvió a despertar la guerra entre los Ferrer y los Alcázar. No culpes a Ernesto hasta conocer toda la historia. Nosotros también cometimos errores.”

Adrián levantó lentamente la vista.

—Papá… ¿qué intentabas decir?

Don Lorenzo permanecía frente al ventanal.

Parecía mucho más viejo que unas horas antes.

—Tu padre escribió esa carta pocos días antes de morir.

—¿Por qué nunca me la entregaste?

—Porque me hizo prometer que solo lo haría cuando el odio comenzara a gobernar tus decisiones.

Adrián cerró el sobre con brusquedad.

—Llegaste tarde.

Lorenzo lo miró fijamente.

—Todavía estás a tiempo de detenerte.

El joven soltó una amarga sonrisa.

—No después de lo que vi.

El anciano negó lentamente.

—Los ojos pueden engañarnos.

El orgullo, jamás.

Mientras tanto, en el edificio Montenegro Corporation, Esteban observaba el tablero digital instalado en su despacho.

Sobre la pantalla aparecían dos fotografías.

Una de Adrián.

Otra de Valentina.

Entre ambas había una línea roja.

Su asistente, Helena Duarte, dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Los movimientos bancarios están listos.

—¿Y la constructora?

—Tres bancos retirarán el financiamiento antes del viernes.

—Perfecto.

—Eso obligará a Ernesto Alcázar a aceptar cualquier condición.

Esteban sonrió.

—Exactamente.

Helena dudó unos segundos.

—Hay algo más.

—Habla.

—Nuestros investigadores encontraron dos cartas antiguas.

La expresión del empresario cambió apenas un instante.

—¿Dónde?

—Una estaba en la casa Ferrer.

La otra…

Helena respiró hondo.

—Creemos que Valentina acaba de encontrarla.

Por primera vez en mucho tiempo, Montenegro perdió la serenidad.

—Recupérenla.

—¿Y si ya la leyó?

Él negó con absoluta seguridad.

—No lo hizo.

Porque la conozco.

Primero intentará comprender.

Y eso nos da unas horas de ventaja.

Aquella misma tarde, Valentina llegó al antiguo departamento donde había vivido su madre.

Hacía años que nadie entraba allí.

Todo permanecía intacto.

El aroma a libros antiguos y jazmines secos seguía impregnando el ambiente.

Se sentó frente a la ventana.

Respiró profundamente.

Y rompió el sello del sobre.

Dentro encontró tres hojas escritas a mano.

La primera comenzaba con una frase que hizo detener su respiración.

“Hija, si algún día dudas de Adrián Ferrer, recuerda esto: el amor verdadero puede ser engañado por una mentira, pero nunca deja de ser verdad.”

Valentina sintió que las lágrimas nublaban su vista.

Continuó leyendo.

“Si Esteban Montenegro vuelve a acercarse a nuestra familia, significa que el pasado ha regresado para cobrarse una deuda que nunca existió.”

El corazón le golpeaba con fuerza.

La última página contenía un nombre.

Uno que jamás había escuchado.

Leandro Salvatierra.

Debajo, una sola frase.

“Solo él conoce quién traicionó realmente a los Ferrer.”

A esa misma hora, Adrián tomó una decisión definitiva.

Entró al despacho principal del Grupo Ferrer.

Todos los directivos se pusieron de pie.

Él caminó hasta la cabecera de la mesa.

—A partir de hoy suspendemos cualquier negociación con la Constructora Alcázar.

Hubo murmullos.

—Y preparen una oferta para adquirir todos sus activos cuando entren en quiebra.

Uno de los ejecutivos levantó la mano.

—¿Es una decisión empresarial?

Adrián respondió con una frialdad que sorprendió incluso a sus colaboradores.

—No.

Es personal.

Cuando terminó la reunión, su secretaria anunció una visita inesperada.

—Señor Ferrer…

—¿Qué ocurre?

—Hay una mujer insistiendo en verlo.

—No recibo a nadie.

—Dice que se llama…

La puerta se abrió antes de terminar la frase.

Valentina apareció en el umbral.

Tenía los ojos enrojecidos, el cabello ligeramente desordenado por el viento y la respiración acelerada por haber subido corriendo las escaleras.




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