El reloj marcaba las ocho de la noche cuando Adrián Ferrer atravesó las puertas de cristal de la Torre Montenegro.
Era la primera vez que entraba en aquel edificio.
Todo allí transmitía poder.
Los pisos de mármol negro reflejaban las enormes lámparas de diseño italiano. El silencio era casi absoluto. Los empleados caminaban con precisión milimétrica, como si cada paso hubiera sido ensayado.
Helena Duarte lo esperaba junto al ascensor privado.
Vestía un impecable traje gris y sostenía una carpeta de cuero.
—Gracias por venir, señor Ferrer.
—No lo hice por él.
Helena asintió.
—Lo sé.
Mientras el ascensor ascendía hacia el último piso, ninguno habló.
Adrián observó su propio reflejo en el acero pulido.
Llevaba dos noches sin dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Valentina.
Su sonrisa.
Su voz.
Y aquella escena en el Hotel Imperial que se repetía como una condena.
Las puertas se abrieron.
Montenegro los esperaba de espaldas, contemplando la ciudad iluminada.
No se giró de inmediato.
—Dicen que las personas exitosas disfrutan de las vistas desde lo más alto.
Hizo una pausa.
—Yo prefiero observar cómo se mueve el mundo debajo de mí.
Adrián no respondió.
—¿Para qué quería verme?
El empresario se volvió lentamente.
Su expresión era serena, casi amable.
Precisamente eso lo hacía más inquietante.
—Porque ambos podemos ayudarnos.
—Jamás.
—No responda tan rápido.
Montenegro abrió una carpeta y deslizó varios documentos sobre el escritorio.
—La Constructora Alcázar quebrará en menos de veinte días.
Adrián observó las cifras.
Sabía que eran reales.
—¿Y?
—Supongo que eso debería alegrarlo.
—No vine a hablar de ellos.
—Sí vino.
Porque todo lo que hace desde hace dos días gira alrededor de Valentina.
El silencio confirmó la afirmación.
Montenegro sonrió apenas.
Había acertado.
Mientras tanto, Valentina permanecía junto al ventanal del despacho de su padre.
Ninguno había conseguido pronunciar una palabra desde la visita del empresario.
Ernesto rompió finalmente el silencio.
—Nunca imaginé que llegaría este día.
Ella giró lentamente.
—¿Existe otra salida?
El hombre negó con tristeza.
—No sin perder la empresa.
—La empresa puede recuperarse.
—Ochocientas familias dependen de nosotros.
Aquellas palabras pesaron más que cualquier cifra.
Valentina conocía a muchos de aquellos trabajadores desde niña.
Habían visto crecer la empresa.
También la habían visto caer.
No podía abandonarlos.
Pero tampoco aceptaría convertirse en una pieza del juego de Montenegro.
Abrió el sobre que su padre le había entregado horas antes.
La carta comenzaba con una frase escrita por su abuelo.
“Quien firme un contrato por desesperación siempre pagará un precio mayor del que imagina.”
Continuó leyendo.
Cada línea parecía escrita para el momento exacto que estaba viviendo.
Al final encontró un nombre subrayado tres veces.
Leandro Salvatierra.
El mismo nombre mencionado por su madre.
Ya no podía ser una coincidencia.
En la residencia Ferrer, Don Lorenzo observaba el tablero de ajedrez donde llevaba años jugando en soledad.
Movió una pieza blanca.
—Estás atacando demasiado pronto.
Adrián lo miró confundido.
—¿Qué dices?
—No hablo de ajedrez.
Hablo de tu vida.
El joven dejó el saco sobre una silla.
—Montenegro quiere hacerme una propuesta.
El anciano levantó la vista.
Por primera vez parecía realmente preocupado.
—Escúchame bien.
Pase lo que pase…
No aceptes nada que provenga de ese hombre.
—Ni siquiera sé qué quiere.
—Yo sí.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Cómo puedes saberlo?
Lorenzo cerró lentamente el tablero.
—Porque hace veinticinco años intentó exactamente lo mismo con tu padre.
A la mañana siguiente, Valentina llegó al pequeño estudio jurídico donde, según las cartas, trabajaba Leandro Salvatierra.
El edificio era antiguo.
El cartel estaba desgastado.
Una secretaria de cabello blanco levantó la vista.
—¿Señorita Alcázar?
Valentina se sorprendió.
—¿Me conoce?
—La estábamos esperando.
Aquellas palabras aumentaron su desconcierto.
La mujer abrió una puerta de madera.
—Pase.
Leandro Salvatierra era un hombre de unos sesenta años.
Cabello completamente canoso.
Mirada serena.
Cuando vio entrar a Valentina, permaneció inmóvil varios segundos.
—Tienes los ojos de tu madre.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—¿Usted la conocía?
—Mucho.
Le señaló una silla.
—Si estás aquí…
Es porque encontraste las cartas.
Valentina asintió lentamente.
—Necesito saber quién destruyó a nuestras familias.
El abogado cerró los ojos.
Parecía debatirse entre hablar o guardar silencio.
Finalmente abrió un antiguo archivador.
Extrajo un expediente cubierto de polvo.
Sobre la tapa podía leerse una fecha.
18 de septiembre de 2001.
—Todo comenzó ese día.
Pero antes de que pudiera abrir el expediente, la puerta del despacho se abrió violentamente.
Un hombre encapuchado irrumpió apuntando directamente hacia ellos.
—¡Entrégueme ese archivo!
A varios kilómetros de allí, Montenegro servía dos copas de whisky.
Empujó una hacia Adrián.
—No bebo con mis enemigos.
—Qué lástima.
Porque estamos a punto de convertirnos en socios.
Adrián permaneció de pie.
—Hable de una vez.
Montenegro tomó un documento.
Lo colocó frente a él.
Solo había una hoja.
En la parte superior destacaba un título.