La llamada había durado apenas unos segundos.
Sin embargo, aquellas últimas palabras seguían resonando en la mente de Adrián Ferrer como un eco imposible de silenciar.
“Busca la Caja 317 antes que Montenegro.”
Observó nuevamente la fotografía anónima que permanecía sobre la mesa.
La imagen de Valentina abrazando a Esteban Montenegro seguía pareciendo una prueba irrefutable de traición… hasta que descubrió aquel reflejo en el espejo.
El reloj.
El mismo reloj de bolsillo que pertenecía a su padre.
No podía ser una casualidad.
Apoyó ambas manos sobre el escritorio y cerró los ojos.
Por primera vez desde aquella noche en el Hotel Imperial, permitió que una pregunta atravesara el muro que había levantado alrededor de su corazón.
¿Y si todo había sido preparado?
La duda era peligrosa.
Porque el odio necesita certezas para sobrevivir.
A la mañana siguiente, Don Lorenzo encontró a su nieto revisando antiguos documentos en la biblioteca familiar.
Libros de contabilidad.
Escrituras.
Fotografías.
Cartas.
El despacho parecía un archivo abierto después de una tormenta.
—No vas a encontrar la verdad entre esos papeles.
Adrián levantó la vista.
—Entonces dime dónde está.
El anciano permaneció unos segundos en silencio.
—La verdad nunca estuvo escondida en los documentos.
Siempre estuvo en las personas que sobrevivieron.
—¿Quién más sabe lo que ocurrió?
Lorenzo caminó hasta un viejo retrato familiar.
En él aparecían dos hombres sonriendo frente a la construcción de un edificio.
Uno era el padre de Adrián.
El otro, Ernesto Alcázar.
—Hubo cuatro personas que conocían toda la historia.
Tu padre.
Ernesto.
Victoria Ferrer.
Y un contador llamado Ignacio Robles.
Adrián frunció el ceño.
—Nunca escuché ese nombre.
—Porque desapareció dos semanas después de la muerte de tus padres.
Muy lejos de allí, Valentina seguía leyendo el diario de Victoria Ferrer.
Cada página transformaba por completo la imagen que tenía de ambas familias.
“Ernesto insiste en que denunciemos a Montenegro. Julián cree que todavía podemos reunir pruebas suficientes. Tengo miedo de que ya sea demasiado tarde.”
La joven pasó lentamente la hoja.
Había una fotografía pegada con cinta adhesiva.
En ella aparecían cuatro personas brindando durante la inauguración de un edificio.
Julián Ferrer.
Ernesto Alcázar.
Victoria.
Y un hombre que Valentina no reconocía.
En el reverso alguien había escrito:
“Los cuatro juramos proteger la verdad.”
Debajo del texto aparecía una firma.
Ignacio Robles.
Valentina dejó escapar un suspiro.
Era el mismo nombre que Adrián acababa de escuchar.
Dos caminos completamente distintos comenzaban a conducir hacia la misma persona.
Mientras tanto, Esteban Montenegro recibía un informe en su despacho.
Helena Duarte dejó varias carpetas sobre la mesa.
—Nuestros hombres perdieron el expediente de Salvatierra.
Montenegro no respondió.
Continuó observando la ciudad desde el ventanal.
—¿Y la Caja 317?
—Todavía no logramos localizarla.
El empresario permaneció en silencio unos segundos.
Después sonrió con inquietante tranquilidad.
—No importa.
Ellos la encontrarán por nosotros.
Helena comprendió de inmediato.
—¿Quiere que los vigilemos?
—No.
Quiero que crean que van ganando.
Porque nadie baja la guardia cuando piensa que está cerca de la verdad.
Aquella tarde, Valentina decidió visitar a Ramiro.
El viejo archivista parecía esperarla.
Sobre la mesa había una caja de madera.
—Sabía que volverías.
—Necesito saber quién era Ignacio Robles.
Ramiro bajó lentamente la mirada.
—Era el contador de ambas empresas.
Y el padrino de bautismo de Adrián.
Valentina quedó inmóvil.
—¿Está vivo?
—Eso depende de quién haga la pregunta.
Aquella respuesta solo aumentó el misterio.
—¿Qué significa?
Ramiro abrió la caja.
Dentro había una vieja agenda.
En la primera página figuraba una dirección escrita con tinta azul.
Una cabaña perdida junto a un lago en la Patagonia.
—Hace dieciocho años dejó todo y desapareció.
Nadie volvió a verlo.
—¿Y cree que sigue allí?
Ramiro respondió con una frase que parecía salida de otro tiempo.
—Hay personas que desaparecen para salvar la verdad.
Y otras…
Que desaparecen porque conocen demasiado.
Esa misma noche, Adrián recibió la visita inesperada de Helena Duarte.
Era la primera vez que la asistente de Montenegro iba a su departamento.
Vestía un elegante abrigo oscuro.
Parecía incómoda.
—No debería estar aquí.
—Entonces ¿por qué vino?
Helena respiró profundamente.
—Porque llevo años trabajando para un hombre que destruye vidas.
Y estoy cansada.
Adrián permaneció alerta.
—¿Qué quiere decir?
Ella dejó un pequeño sobre sobre la mesa.
—No puedo quedarme.
Si descubren que vine…
No terminó la frase.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, giró apenas el rostro.
—No todas las personas que trabajan para Montenegro están de su lado.
Cuando desapareció en el ascensor, Adrián abrió el sobre.
Dentro había una llave plateada.
Y una nota escrita a mano.
“Caja de Seguridad 317. Banco Nacional. Sucursal Central.”
Debajo solo aparecía una advertencia.
“No vaya solo.”
Al mismo tiempo, Valentina regresaba a su departamento.
Al abrir la puerta encontró todas las luces apagadas.
Pensó que quizá había olvidado encenderlas.
Hasta que vio algo sobre la mesa del comedor.