El estridente sonido de la alarma hizo vibrar las paredes de acero de la bóveda.
Las enormes puertas blindadas descendieron con una lentitud desesperante hasta cerrarse con un golpe seco que retumbó como un disparo.
Adrián Ferrer giró instintivamente.
El pasillo había quedado completamente aislado.
Las luces principales se apagaron durante unos segundos antes de encenderse las de emergencia, bañando el lugar con un resplandor rojizo que volvía todo aún más inquietante.
Respiró hondo.
No era un hombre que se dejara dominar por el pánico.
Pero aquella situación estaba lejos de ser una casualidad.
Al fondo del corredor distinguió una silueta.
El mismo hombre que había visto apenas unos instantes antes.
Vestía un abrigo oscuro y llevaba un sombrero de ala corta que ocultaba parte de su rostro.
Permanecía inmóvil.
Como si hubiera estado esperándolo durante años.
—¿Quién es usted?
La figura dio un paso hacia la luz.
Era un hombre de unos sesenta y cinco años.
Cabello completamente blanco.
Rostro marcado por profundas arrugas.
Y unos ojos grises que parecían cargar el peso de demasiados secretos.
—Eso no es lo importante.
Su voz era firme.
—Lo importante es que todavía conservas la misma mirada de tu padre.
Adrián sintió un estremecimiento.
—¿Lo conoció?
El hombre sonrió con tristeza.
—Mucho más de lo que imaginas.
El joven avanzó lentamente.
—¿Quién es?
El desconocido tardó varios segundos en responder.
—Mi nombre es Ignacio Robles.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El contador desaparecido.
El hombre que todos creían muerto.
Estaba frente a él.
En ese mismo momento, Valentina permanecía junto a Leandro Salvatierra en el despacho del abogado.
Sobre el escritorio descansaba un viejo plano dibujado a mano.
La tinta se había desteñido con los años.
—¿Qué es esto?
Leandro señaló un punto marcado con un círculo rojo.
—Aquí estaba la primera oficina de Ferrer & Alcázar.
—¿La empresa que fundaron juntos?
Él asintió.
—Antes de convertirse en competidores, ambas familias construyeron todo desde cero.
Valentina recorrió el plano con la mirada.
Había una anotación al margen.
Archivo Subterráneo.
—¿Qué significa?
—Tu madre y Victoria escondieron allí documentos cuando comenzaron a sospechar de Montenegro.
Valentina levantó la vista.
—¿Todavía existe?
Leandro permaneció en silencio.
Finalmente respondió.
—Si nadie lo encontró…
Sí.
Muy lejos de allí, Esteban Montenegro observaba la ciudad desde su despacho.
Helena Duarte había desaparecido.
Sus hombres seguían buscándola.
Uno de sus colaboradores ingresó apresuradamente.
—Señor…
La Caja 317 fue abierta.
Montenegro no pareció sorprendido.
—Lo esperaba.
—También hubo una falla en el sistema de seguridad del banco.
El empresario sonrió.
—No fue una falla.
Fue una invitación.
El hombre frunció el ceño.
—No entiendo.
Montenegro giró lentamente.
—Necesitaba que Adrián conociera a Ignacio.
El asistente quedó desconcertado.
—¿Entonces no piensa detenerlos?
—Todavía no.
Hay verdades que solo resultan útiles cuando llegan demasiado tarde.
En la bóveda, Adrián no apartaba la mirada del anciano.
—Todos creen que murió.
Ignacio negó.
—Era la única forma de mantenerme con vida.
Sacó lentamente un pequeño reloj de bolsillo.
Era idéntico al que aparecía reflejado en la fotografía anónima.
—Este pertenecía a tu padre.
Adrián sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué lo tiene usted?
—Porque Julián me pidió que lo guardara.
Antes de morir.
Aquellas palabras hicieron que el tiempo pareciera detenerse.
—Mi padre…
¿Sabía que iba a morir?
Ignacio cerró los ojos.
—Sabía que alguien iba a intentar matarlo.
Pero creyó que todavía tenía tiempo para evitarlo.
El silencio pesó como una losa.
—¿Fue Montenegro?
El anciano levantó lentamente la vista.
—No.
Adrián quedó inmóvil.
Aquella respuesta destruía la única certeza que había sostenido durante años.
—Entonces…
¿Quién?
Ignacio dio un paso más cerca.
—La persona que traicionó a tu padre era alguien en quien él confiaba ciegamente.
Valentina regresó al departamento de su madre.
Necesitaba pensar.
Necesitaba ordenar todas las piezas.
Mientras acomodaba el diario de Victoria sobre la mesa, algo cayó entre las páginas.
Era una pequeña llave dorada.
Mucho más antigua que la de la Caja 317.
Llevaba grabadas dos iniciales.
A. V.
Debajo, una dirección.
Estación Central. Casillero 22.
Valentina frunció el ceño.
Su madre jamás había mencionado aquella llave.
Abrió nuevamente el diario.
Las últimas páginas parecían haber sido arrancadas.
Sin embargo, en la contratapa descubrió una frase escrita con lápiz.
“Cuando ya no puedas confiar en nadie, busca el casillero.”
En la residencia Ferrer, Don Lorenzo recibió una llamada.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
La voz del otro lado respondió con urgencia.
—Encontraron a Ignacio Robles.
El anciano se puso de pie de un salto.
—¿Está vivo?
—Sí.
Pero no sabemos por cuánto tiempo.
En la bóveda, Ignacio respiró profundamente.
Miró el reloj de bolsillo.
Después fijó sus ojos en Adrián.
—Escúchame con atención.
No disponemos de mucho tiempo.
Sacó del interior de su abrigo una fotografía completamente distinta a todas las anteriores.
En ella aparecían Julián Ferrer y Ernesto Alcázar estrechándose la mano.