El disparo todavía resonaba en la bóveda cuando el silencio volvió a apoderarse del lugar.
El olor a pólvora comenzó a mezclarse con el aire frío del recinto blindado.
Adrián permanecía sobre Ignacio Robles, cubriéndolo por instinto mientras pequeños fragmentos de vidrio seguían cayendo sobre el suelo metálico.
Las luces de emergencia parpadearon una vez más.
Después…
Oscuridad absoluta.
Solo podían escucharse respiraciones.
Y pasos.
Lentos.
Medidos.
Como si quien avanzaba conociera perfectamente cada rincón de aquella bóveda.
—No se mueva —susurró Ignacio.
Adrián apenas asintió.
Su mano seguía aferrada a la fotografía rasgada.
Era la única prueba que tenían.
Y alguien estaba dispuesto a matar por recuperarla.
Un haz de luz atravesó la oscuridad.
Una linterna.
Luego otra.
Y otra más.
Las voces comenzaron a acercarse.
—¡Revisen los pasillos!
—¡No puede haber salido!
—¡Encuentren el sobre!
Adrián comprendió inmediatamente que no buscaban dinero.
Buscaban las pruebas.
Ignacio tomó aire con dificultad.
—Escucha con atención…
Hay una salida de servicio.
Solo la conocen tres personas.
—¿Podemos llegar?
El anciano señaló discretamente una vieja compuerta oculta detrás de una hilera de cajas de seguridad.
—Si corremos…
Sí.
Pero uno de nosotros tendrá que distraerlos.
Adrián negó de inmediato.
—No pienso dejarlo aquí.
Ignacio sonrió con una serenidad inesperada.
—Eso mismo dijo tu padre.
Y fue su mayor error.
A varios kilómetros de allí, Valentina no conseguía apartar la vista de la pequeña llave dorada encontrada en el diario de Victoria Ferrer.
La colocó sobre la mesa junto a las cartas de su madre.
Las tres parecían formar parte de un mismo rompecabezas.
El timbre del departamento sonó.
Era Ramiro.
El viejo archivista entró con evidente preocupación.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—Leandro desapareció.
Valentina sintió un vuelco en el pecho.
—¿Cómo que desapareció?
—Su despacho estaba vacío.
Los expedientes también.
Solo quedó esto.
Ramiro le entregó un pequeño papel doblado.
Era una hoja arrancada de un cuaderno.
En ella solo había una frase escrita con rapidez.
“No confíes en quien lleva el apellido Ferrer.”
Valentina quedó inmóvil.
Aquella advertencia chocaba directamente contra todo lo que había leído en el diario de Victoria.
—Esto no tiene sentido.
Ramiro asintió lentamente.
—Precisamente por eso creo que alguien quiere confundirnos.
En la Torre Montenegro, Helena Duarte permanecía encerrada en un elegante apartamento del piso treinta y dos.
No era una prisión común.
Podía moverse libremente.
Tenía todas las comodidades.
Excepto una.
La libertad.
Miró discretamente por la ventana.
Dos hombres vigilaban la puerta del edificio.
Sabía que escapar sería casi imposible.
Sacó del forro de su abrigo la pequeña memoria digital que había conseguido ocultar.
La observó unos segundos.
Después sonrió apenas.
—Si yo no salgo…
Alguien más encontrará esto.
Se dirigió al baño.
Retiró una pieza del espejo.
Y escondió allí el dispositivo.
En ese instante alguien golpeó la puerta.
—Señorita Duarte…
El señor Montenegro quiere verla.
Mientras tanto, en la residencia Ferrer, Don Lorenzo caminaba inquieto por la biblioteca.
Jamás lo habían visto tan nervioso.
Sobre el escritorio permanecía abierta una vieja libreta.
En una de las páginas podía leerse un único nombre.
Arturo Beltrán.
Ramiro entró sin anunciarse.
—Recibí tu mensaje.
Lorenzo levantó la vista.
—¿Recuerdas a Beltrán?
El archivista palideció.
—Pensé que había muerto.
—Eso creíamos todos.
Lorenzo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Si sigue vivo…
Entonces no fue Montenegro quien movió las piezas.
Solo fue quien aprendió a aprovecharlas.
En la bóveda, Adrián ayudó a Ignacio a incorporarse.
Ambos avanzaron agachados entre las filas de cajas metálicas.
Las voces estaban cada vez más cerca.
—¡Aquí hay huellas!
—¡Se dividieron!
Ignacio señaló la vieja compuerta.
Era apenas visible.
Cubierta por años de polvo.
Adrián logró levantarla.
Un estrecho túnel descendía varios metros bajo tierra.
—Entre.
El anciano negó.
—Primero tú.
—No.
Ignacio tomó con fuerza el brazo del joven.
—Prométeme algo.
—¿Qué?
—Cuando encuentres a Valentina…
Escúchala antes de juzgarla.
Aquellas palabras golpearon directamente el orgullo de Adrián.
Durante unos segundos no encontró respuesta.
Finalmente asintió.
—Lo prometo.
Ignacio sonrió.
—Ahora ve.
En ese instante un disparo volvió a romper el silencio.
La bala impactó contra una tubería.
El agua comenzó a inundar lentamente el pasillo.
Ya no quedaba tiempo.
Adrián descendió al túnel.
Antes de cerrar la compuerta miró por última vez al anciano.
Ignacio permanecía de pie.
Solo.
Esperando.
Como si hubiera aceptado hacía muchos años el destino que ahora lo alcanzaba.
La tapa se cerró.
Y el joven comenzó a avanzar por la oscuridad.
Valentina llegó a la Estación Central poco antes del anochecer.
El antiguo edificio conservaba el encanto de otra época.
Buscó el sector de casilleros.
Encontró el número 22.
Introdujo la pequeña llave dorada.
La cerradura cedió con facilidad.
Dentro solo había un sobre.
Y una fotografía.
La imagen mostraba a dos mujeres abrazadas.