Casados por Venganza

Capítulo 12 Las cláusulas del corazón

La antigua Capilla San Gabriel quedó sumida en un silencio tan profundo que incluso la lluvia parecía haber dejado de caer.

Sobre el altar, el contrato matrimonial permanecía abierto.

A un lado descansaban las alianzas de los padres de Adrián.

Al otro, las fotografías que mostraban a Ernesto Alcázar, a Don Lorenzo Ferrer y a Helena Duarte bajo vigilancia.

No eran simples imágenes.

Eran advertencias.

Valentina sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.

—¿Qué les hizo?

Montenegro sonrió con una tranquilidad que resultaba inquietante.

—Nada que no pudiera evitarse.

Todo depende de ustedes.

Adrián dio un paso al frente.

Su voz sonó firme.

—Si alguien resulta herido…

El empresario levantó una mano para interrumpirlo.

—No amenace cuando todavía desconoce las reglas del juego.

Tomó el contrato.

Lo abrió lentamente.

Las hojas parecían recién impresas.

Cada página llevaba un sello notarial.

Todo era absolutamente legal.

Y precisamente por eso, mucho más peligroso.

Helena observaba la capilla desde una ventana lateral parcialmente rota.

Había conseguido ingresar al viejo campanario sin ser vista.

Desde allí distinguía perfectamente el altar.

No alcanzaba a escuchar todas las palabras.

Pero sí veía el contrato.

Sacó discretamente la memoria digital que había escondido durante días.

Apretó los labios.

Aquella información podía destruir a Montenegro.

O condenar para siempre a Adrián y Valentina.

Tenía que escoger el momento exacto.

—Primera cláusula.

La voz de Montenegro rompió nuevamente el silencio.

—El matrimonio deberá celebrarse dentro de las próximas setenta y dos horas.

Valentina negó de inmediato.

—No.

Él continuó leyendo como si no la hubiera escuchado.

—Segunda cláusula.

Ambos convivirán durante un año bajo el mismo techo.

Tercera cláusula.

Durante ese tiempo administrarán conjuntamente la Constructora Alcázar y el Grupo Ferrer.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué gana usted con eso?

Montenegro levantó lentamente la vista.

—Verlos destruirse desde adentro.

La respuesta cayó como un golpe seco.

Ninguno de los dos habló.

El empresario volvió a sonreír.

—Aunque, siendo sinceros…

Quizá termine ocurriendo exactamente lo contrario.

Valentina observó el contrato.

No veía un acuerdo.

Veía una prisión.

Un año entero viviendo junto al hombre que aún amaba… mientras él creía que ella lo había traicionado.

No existía castigo más cruel.

Adrián también lo sabía.

Porque el problema nunca había sido dejar de amar a Valentina.

El verdadero problema era seguir haciéndolo.

Montenegro cerró lentamente la carpeta.

—Ahora viene la única cláusula verdaderamente importante.

Sacó un sobre lacrado.

Lo dejó frente a Adrián.

—Si aceptas el matrimonio…

Recibirás el contenido de este sobre el mismo día de la boda.

—¿Qué contiene?

—La identidad del hombre que ordenó asesinar a tus padres.

El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza.

Toda su vida había esperado esa respuesta.

Toda.

Valentina lo observó.

Comprendió inmediatamente el conflicto que se estaba librando dentro de él.

No era codicia.

Era dolor.

Ella respiró profundamente.

—¿Y si rechazamos?

Montenegro deslizó otra fotografía sobre el altar.

Era reciente.

Mostraba el hospital donde estaba internado Ernesto.

En un extremo de la imagen podía verse a un hombre manipulando discretamente una válvula de oxígeno.

Valentina sintió que las piernas le temblaban.

—Usted no haría eso…

El empresario sostuvo su mirada.

—No me obligue a demostrarle hasta dónde estoy dispuesto a llegar.

En el campanario, Helena ya no pudo esperar.

Sacó su teléfono.

Marcó el número de Adrián.

El móvil vibró dentro del bolsillo de su saco.

Todos escucharon el sonido.

Montenegro sonrió.

—Contesta.

Adrián dudó unos segundos.

Finalmente aceptó la llamada.

La voz de Helena sonó entrecortada.

—No firmes…

Él levantó discretamente la mirada buscando el origen de la voz.

—Escúchame bien…

El Proyecto Fénix…

No terminó la frase.

Se escuchó un fuerte golpe.

Después…

Silencio.

La llamada se cortó.

Valentina sintió un escalofrío.

Montenegro permanecía completamente inmóvil.

Como si nada hubiera ocurrido.

—Qué imprudente fue Helena.

Siempre tuvo dificultades para obedecer.

Don Lorenzo despertó lentamente.

La habitación donde permanecía retenido estaba apenas iluminada por una lámpara antigua.

Intentó incorporarse.

Las cuerdas alrededor de sus muñecas se lo impidieron.

Frente a él apareció un hombre mayor.

Cabello blanco.

Traje impecable.

Llevaba un bastón de madera oscura.

Don Lorenzo abrió los ojos con sorpresa.

—No…

No puede ser…

El desconocido sonrió.

—Tanto tiempo, viejo amigo.

—Arturo Beltrán…

Pensé que habías muerto.

Beltrán apoyó lentamente ambas manos sobre el bastón.

—Eso era exactamente lo que necesitaba que todos creyeran.

En la capilla, Montenegro comenzó a guardar los documentos.

—Les daré veinticuatro horas para decidir.

Valentina dio un paso hacia el altar.

—No necesito tanto tiempo.

Todos la miraron.

Incluso Adrián.

Ella respiró profundamente.

Sabía que cualquier decisión cambiaría su vida para siempre.

Recordó las palabras de su madre.

Las cartas.

Las amenazas.

Los trabajadores de la empresa.

Su padre.

Y finalmente…

Los ojos de Adrián.

Todavía podía ver en ellos al hombre que había conocido antes del odio.




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