Casados por Venganza

Capítulo 13 Las condiciones del enemigo

El silencio que siguió a las palabras de Adrián fue casi tan estremecedor como el repicar lejano de un trueno.

Durante unos segundos nadie se movió.

Ni Valentina.

Ni los hombres que custodiaban las puertas.

Ni siquiera Esteban Montenegro.

La lluvia golpeaba los vitrales de la Capilla San Gabriel mientras la vieja madera crujía bajo el peso de los años.

Adrián sostenía la mirada del empresario sin pestañear.

No había arrogancia en sus ojos.

Había decisión.

Montenegro dejó lentamente el portafolio sobre el altar.

—¿Pretendes negociar conmigo?

Adrián dio un paso adelante.

—No.

Pretendo impedir que creas que puedes escribir nuestras vidas como si fueran un contrato más.

El empresario sonrió apenas.

Era una sonrisa distinta.

Más contenida.

Más peligrosa.

—Habla.

Valentina observaba a Adrián con una mezcla de sorpresa y desconcierto.

Desde la noche en que creyó verla traicionándolo, jamás lo había visto tan sereno.

Había algo diferente en él.

Seguía dolido.

Seguía desconfiando.

Pero el odio ya no gobernaba cada una de sus palabras.

Las cartas de su padre.

La aparición de Ignacio Robles.

La Caja 317.

Todo comenzaba a erosionar las certezas que durante semanas habían alimentado su deseo de venganza.

Aun así, una pregunta seguía atormentándolo.

¿Por qué Valentina nunca le había contado la verdad aquella noche?

—Aceptaré casarme.

La frase resonó dentro de la capilla.

Valentina cerró los ojos un instante.

Escuchar esas palabras le produjo un extraño alivio… y un dolor aún mayor.

Porque aquel hombre no le estaba proponiendo compartir una vida.

Le estaba ofreciendo compartir una guerra.

Adrián continuó.

—Pero habrá nuevas cláusulas.

Montenegro entrelazó las manos.

—Te escucho.

—Primera.

Ningún empleado de las empresas será despedido durante la vigencia del contrato.

El empresario guardó silencio unos segundos.

Después asintió.

—Aceptable.

—Segunda.

Toda deuda pendiente de la Constructora Alcázar quedará congelada durante un año.

Montenegro sonrió.

—Sigue.

—Tercera.

Ni Ernesto Alcázar ni mi abuelo volverán a ser utilizados como medio de presión.

La sonrisa desapareció apenas un instante.

—¿Algo más?

Adrián respiró profundamente.

—Sí.

La última cláusula.

Quiero acceso absoluto a todos los archivos del Proyecto Fénix.

Aquellas tres palabras cambiaron el ambiente.

Los hombres de seguridad intercambiaron miradas.

Valentina observó a Montenegro.

Por primera vez desde que lo conocía, el empresario tardó varios segundos en responder.

—¿Quién te habló de ese proyecto?

Adrián no respondió.

El silencio fue suficiente.

Montenegro comprendió.

Helena.

A varios kilómetros de allí, Helena Duarte corría bajo la lluvia.

Había logrado escapar por una salida de mantenimiento después del ataque en el campanario.

Tenía el rostro lastimado.

Las manos ensangrentadas por haber roto un vidrio para salir.

Pero seguía conservando la pequeña memoria digital.

Subió a un taxi.

—¿Adónde?

Ella respondió sin dudar.

—Al despacho de Leandro Salvatierra.

El conductor arrancó.

Ignoraba que un automóvil negro acababa de comenzar a seguirlos.

En la vieja casona donde permanecía retenido, Don Lorenzo observaba fijamente a Arturo Beltrán.

Durante veinticinco años creyó que aquel hombre había muerto.

Sin embargo, allí estaba.

Tan elegante como siempre.

Tan sereno.

Y mucho más peligroso.

—Fuiste tú…

Beltrán sonrió.

—No me atribuyas méritos que no me corresponden.

—Montenegro trabaja para ti.

El anciano soltó una breve carcajada.

—Qué ironía.

Después de tantos años…

Todavía sigues creyendo que Esteban es quien mueve las piezas.

Don Lorenzo sintió un escalofrío.

—Entonces…

¿Quién?

Beltrán apoyó lentamente el bastón sobre el piso.

—El verdadero enemigo nunca necesitó mostrarse.

En la capilla, Valentina dio un paso hacia Adrián.

Habló casi en un susurro.

—¿Podemos hablar a solas?

Montenegro observó la escena con curiosidad.

Después hizo un gesto a sus hombres.

Todos retrocedieron varios metros.

No abandonaron el lugar.

Pero les concedieron unos minutos de aparente intimidad.

Valentina sostuvo la mirada de Adrián.

Durante unos segundos ninguno encontró las palabras.

Hasta que ella rompió el silencio.

—Nunca dejé de buscar la forma de explicarte lo que ocurrió aquella noche.

Él respiró lentamente.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque si hablaba…

Mi padre moría.

Aquella confesión cayó como una piedra en medio del silencio.

Adrián sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

Ella continuó.

—Montenegro sabía exactamente dónde lastimarme.

Amenazó con destruir la empresa.

Con encarcelar a mi padre usando pruebas falsas.

Y después…

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Me obligó a reunirme con él en el hotel.

No para verlo.

Sino para firmar documentos.

Adrián permanecía inmóvil.

Cada palabra hacía tambalear los recuerdos de aquella noche.

—Cuando entraste…

Intenté alcanzarte.

Pero ya te habías ido.

Él bajó lentamente la vista.

Por primera vez comenzó a preguntarse qué habría pasado si aquella noche hubiera esperado apenas unos segundos más.

Desde la entrada principal de la capilla llegó un fuerte golpe.

Después otro.

Y otro más.

Las enormes puertas comenzaron a abrirse lentamente.

Todos giraron.

Ramiro apareció completamente empapado por la lluvia.




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