La tormenta comenzaba a disiparse cuando las enormes puertas de la Capilla San Gabriel se cerraron tras la partida de Esteban Montenegro.
El silencio que quedó detrás era distinto.
Ya no era el silencio de la incertidumbre.
Era el de dos personas que acababan de comprender que, por primera vez en semanas, estaban luchando contra un enemigo común.
Adrián permanecía inmóvil junto al altar.
Entre sus manos descansaba el viejo casete entregado por Ramiro.
Lo observó durante largos segundos.
Aquel pequeño objeto parecía demasiado insignificante para contener una verdad capaz de cambiar el destino de dos familias.
Valentina se acercó lentamente.
No invadió su espacio.
Simplemente permaneció a su lado.
Durante unos instantes ninguno habló.
El sonido de las gotas que caían desde el techo acompañaba aquella calma inesperada.
—¿Todavía piensas que fui yo? —preguntó ella finalmente.
Adrián tardó en responder.
Mucho más de lo que habría tardado unos días atrás.
—Ya no sé qué pensar.
Aquella respuesta, aunque incompleta, era mucho más honesta que cualquiera de las certezas que había sostenido hasta entonces.
Valentina asintió con tristeza.
—Es un comienzo.
Él la miró.
Por primera vez desde la ruptura no encontró desafío en sus ojos.
Solo cansancio.
Y una tristeza que conocía demasiado bien.
Ramiro rompió el silencio.
—No es seguro quedarse aquí.
Hay demasiadas personas observándonos.
Adrián levantó la vista.
—¿Dónde podemos escuchar el casete?
El anciano respondió sin vacilar.
—En la antigua casa de los Ferrer.
Existe un estudio donde Julián conservaba equipos analógicos.
Si alguien grabó ese mensaje hace veinticinco años, ese será el único lugar donde podremos reproducirlo sin alterar la cinta.
Valentina intercambió una mirada con Adrián.
Ambos comprendieron que el siguiente paso los obligaba a entrar nuevamente en la misma casa donde tantas promesas habían nacido… y donde ahora solo quedaban recuerdos.
A varias cuadras de la capilla, Montenegro permanecía dentro de su automóvil.
No conducía.
Miraba por la ventanilla mientras las luces de la ciudad se reflejaban sobre el vidrio.
Uno de sus escoltas rompió el silencio.
—Señor…
Parece que volvieron a confiar el uno en el otro.
Montenegro sonrió apenas.
—No.
Todavía no.
Solo comenzaron a dudar de sus propias mentiras.
—¿Eso no complica el plan?
El empresario negó lentamente.
—Al contrario.
El amor nunca es tan vulnerable como cuando intenta renacer.
En la vieja casona donde Arturo Beltrán mantenía cautivo a Don Lorenzo, el anciano aprovechó un momento de descuido para observar cada detalle de la habitación.
Había un escritorio antiguo.
Una biblioteca.
Un reloj de péndulo.
Y un cuadro cubierto con una tela oscura.
Beltrán regresó llevando un pequeño estuche de madera.
Lo abrió cuidadosamente.
Dentro descansaban tres relojes de bolsillo.
Uno pertenecía a Julián Ferrer.
Otro a Ernesto Alcázar.
Y el tercero…
Don Lorenzo abrió los ojos con sorpresa.
—Ese reloj…
Beltrán asintió.
—Sí.
Era de Victoria Ferrer.
El anciano sintió un escalofrío.
—¿Cómo llegó a tus manos?
Beltrán sostuvo el reloj entre sus dedos.
—Ella misma me lo entregó la noche antes de desaparecer.
Mientras tanto, Helena Duarte había logrado llegar al Archivo Judicial Provincial.
El edificio estaba completamente vacío.
Solo un guardia dormitaba en la recepción.
Utilizó la pequeña llave encontrada en el despacho de Leandro.
La cerradura del subsuelo cedió.
Descendió lentamente.
El aire olía a humedad y papel antiguo.
Al final del pasillo encontró una puerta metálica.
Sobre ella había una placa casi ilegible.
Expedientes Reservados 1998-2002
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Empujó la puerta.
Miles de cajas ocupaban enormes estanterías.
En una de ellas alguien había dejado una marca reciente con tiza blanca.
F&A
Ferrer y Alcázar.
Adrián condujo hasta la residencia familiar.
Cuando el enorme portón de hierro se abrió, un extraño sentimiento lo invadió.
Aquella casa conservaba demasiados recuerdos.
Su madre leyendo junto a la chimenea.
Su padre trabajando hasta la madrugada.
Los cumpleaños.
Las Navidades.
Y también el día en que todo terminó.
Don Lorenzo solía decir que las casas también guardaban memoria.
Aquella parecía confirmarlo.
Ramiro abrió una antigua sala que llevaba años cerrada.
El polvo cubría los muebles.
En un rincón descansaba un viejo reproductor de casetes.
—Todavía funciona.
Conectó cuidadosamente el aparato.
Adrián sostuvo la cinta unos segundos antes de introducirla.
Miró a Valentina.
Ella asintió.
Los dos necesitaban escuchar aquella grabación juntos.
Presionó el botón.
Durante varios segundos solo se escuchó un ruido estático.
Después…
Una respiración.
Y finalmente una voz femenina.
La voz de Victoria Ferrer.
—Si alguien escucha este mensaje…
Significa que fracasamos.
Valentina sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.
La voz continuó.
—Julián está convencido de que todavía podemos detener a Beltrán.
Yo ya no lo creo.
Alguien muy cercano nos ha traicionado.
Adrián apretó los puños.
Victoria hizo una pausa.
Parecía contener el llanto.
—Si algo nos ocurre…
Prométanme una sola cosa.
No permitan que nuestros hijos hereden nuestro odio.
Ramiro bajó lentamente la cabeza.
La cinta siguió avanzando.
Se escuchó una puerta abriéndose bruscamente.