Casados por Venganza

Capítulo 16 El teatro de las máscaras

La noche cayó sobre la ciudad con una calma engañosa.

Desde el ventanal de la residencia Ferrer, Adrián contemplaba cómo las luces de los edificios comenzaban a encenderse una tras otra, formando un horizonte brillante que contrastaba con la oscuridad que se había instalado en su interior.

Sobre la mesa permanecían alineados todos los fragmentos de aquella historia.

La llave de la Caja 317.

Las antiguas alianzas.

El contrato matrimonial.

La fotografía rasgada.

El casete con la voz de Victoria Ferrer.

Y, junto a ellos, el reloj de bolsillo que Ignacio Robles había protegido durante un cuarto de siglo.

Era como contemplar las piezas de un rompecabezas al que todavía le faltaba la imagen central.

Valentina permanecía en silencio, observando el fuego de la chimenea.

Desde que habían escuchado la grabación apenas habían intercambiado unas pocas palabras.

No porque no tuvieran nada que decirse.

Sino porque ambos comprendían que cualquier conversación importante merecía un momento de paz que el destino parecía empeñado en negarles.

Finalmente fue Adrián quien rompió el silencio.

—¿Recuerdas la primera vez que entramos en esta casa?

Ella sonrió con nostalgia.

—Tu madre insistió en prepararnos chocolate caliente porque decía que toda conversación importante debía comenzar con algo dulce.

Él dejó escapar una leve sonrisa.

—Y mi padre aseguró que algún día nosotros dirigiríamos juntos las empresas.

Valentina bajó la mirada.

—Ellos ya soñaban con unir nuestras familias mucho antes de que nosotros descubriéramos que nos amábamos.

El silencio volvió a envolverlos.

Pero esta vez era distinto.

No estaba hecho de reproches.

Sino de recuerdos.

Ramiro apareció en la puerta del salón.

Llevaba una carpeta de cuero entre las manos.

—Encontré algo mientras revisaba los archivos de Julián.

La abrió cuidadosamente.

Dentro había planos del antiguo Teatro Imperial.

No eran planos comunes.

Mostraban corredores ocultos.

Escaleras de servicio.

Habitaciones subterráneas.

Y una zona marcada con tinta roja.

Sala de Ensayos Privada.

—¿Qué significa esto? —preguntó Valentina.

Ramiro respiró profundamente.

—Cuando Ferrer, Alcázar y Beltrán comenzaron sus negocios, utilizaban ese teatro para reunirse lejos de la prensa.

Allí firmaban acuerdos.

Resolvieron conflictos.

Y, según Ignacio Robles…

Allí comenzó la traición.

Adrián recorrió el plano con la mirada.

Había una anotación escrita por su padre.

“Nunca aceptes una reunión en el escenario. La verdad siempre espera detrás del telón.”

Aquella frase quedó grabada en su memoria.

Mientras tanto, Helena Duarte revisaba frenéticamente las cajas del Archivo Judicial.

Los expedientes parecían interminables.

Cada carpeta revelaba nuevas irregularidades.

Sociedades fantasmas.

Transferencias imposibles.

Empresas creadas apenas unas horas antes de recibir millones en inversiones.

Todo conducía a un mismo nombre.

Pero no era Beltrán.

Ni Montenegro.

Era una sociedad llamada Aurora Holdings.

Jamás había escuchado hablar de ella.

Abrió el expediente principal.

Los accionistas aparecían ocultos bajo códigos.

Solo uno conservaba su nombre completo.

Victoria Ferrer.

Helena retrocedió un paso.

—Eso es imposible…

Victoria había dedicado su vida a combatir aquella red.

¿Por qué figuraba como accionista?

Antes de que pudiera seguir leyendo, escuchó pasos en el pasillo.

Alguien acababa de entrar al archivo.

Apagó la linterna.

Se ocultó entre los estantes.

Las pisadas se acercaban lentamente.

Una voz masculina habló en la oscuridad.

—Sé que estás aquí, Helena.

Ella reconoció inmediatamente aquella voz.

Leandro Salvatierra.

Pero algo en su tono era diferente.

Frío.

Calculado.

Casi desconocido.

A la mañana siguiente, Ernesto Alcázar recibió una visita inesperada en el hospital.

La enfermera anunció el nombre con cierta duda.

—Tiene un visitante.

—¿Quién?

—Dice llamarse… Arturo Beltrán.

Ernesto perdió el color.

Las manos comenzaron a temblarle.

—No…

No puede ser.

La puerta se abrió lentamente.

Beltrán entró con la elegancia de quien nunca había conocido la derrota.

Llevaba un ramo de lirios blancos.

Los dejó sobre la mesa.

—Hace mucho tiempo que no nos vemos, viejo amigo.

Ernesto lo observó con una mezcla de miedo y culpa.

—Debiste permanecer muerto.

Beltrán sonrió.

—Eso mismo pensó Julián.

El silencio que siguió fue insoportable.

Finalmente Arturo tomó asiento.

—Vine a darte una última oportunidad.

—¿Para qué?

—Para decirles la verdad a nuestros hijos antes de que yo lo haga.

Ernesto cerró los ojos.

—Nunca me lo perdonarían.

Beltrán apoyó las manos sobre su bastón.

—Ese ya no es tu mayor problema.

Cuando el reloj marcó las ocho de la noche, Adrián y Valentina llegaron al Teatro Imperial.

El edificio permanecía cerrado desde hacía más de una década.

Las marquesinas oxidadas apenas conservaban algunas letras.

El viento hacía crujir los viejos carteles.

Era un lugar hermoso…

Y profundamente triste.

Adrián empujó las enormes puertas.

Cedieron con un largo gemido.

El vestíbulo seguía cubierto por terciopelo rojo y lámparas de cristal empañadas por el polvo.

Todo parecía detenido en el tiempo.

Recordó una tarde de adolescencia.

Habían asistido juntos a una obra benéfica organizada por sus padres.

Fue allí donde tomó la mano de Valentina por primera vez.




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