Casados por Venganza

Capítulo 17 El verdadero heredero

Los aplausos resonaron en el inmenso salón subterráneo como un eco que hubiera permanecido atrapado durante veinticinco años entre aquellas paredes de piedra.

Adrián sintió que cada sonido golpeaba con fuerza en su pecho.

Valentina permaneció inmóvil a su lado.

Ramiro dio un paso al frente por puro instinto, como si aún pudiera proteger a los hijos de quienes habían sido sus mejores amigos.

La única lámpara encendida proyectaba una luz tenue sobre la cabecera de la mesa.

El hombre seguía sentado.

Elegante.

Con ambas manos apoyadas sobre un bastón de madera oscura cuya empuñadura de plata tenía grabado el mismo escudo que aparecía en el antiguo Pacto de Hermandad.

Durante varios segundos nadie habló.

Finalmente, la figura se incorporó lentamente.

Abandonó las sombras.

Arturo Beltrán.

No era la imagen envejecida que Adrián había imaginado tantas veces.

Los años habían marcado su rostro, pero conservaba una presencia imponente. Caminaba despacio, con la seguridad de quien jamás había dejado de sentirse dueño del tablero.

—Así que este es el momento que tanto preparó… —dijo Adrián con frialdad.

Beltrán sonrió apenas.

—No, Adrián.

Este momento lo prepararon sus padres.

Yo simplemente me aseguré de que ustedes llegaran vivos hasta aquí.

Aquella respuesta descolocó a todos.

Valentina frunció el ceño.

—¿Está diciendo que ellos querían esto?

—Querían que algún día conocieran la verdad completa.

No la versión escrita en periódicos.

No la versión comprada por empresarios.

No la versión repetida por Montenegro.

La verdad.

Arturo señaló las tres carpetas.

—Siéntense.

Nadie se movió.

—No es una sugerencia —continuó con serenidad—. Si permanecen de pie seguirán pensando como enemigos. Si se sientan, tal vez empiecen a escucharse.

Adrián intercambió una mirada con Valentina.

Ella asintió levemente.

Los tres ocuparon sus lugares.

La tercera carpeta, aquella marcada como El Verdadero Heredero, permanecía cerrada frente al asiento vacío.

Beltrán no se sentó.

Caminó lentamente alrededor de la mesa.

—Hace treinta años no existían los Ferrer por un lado y los Alcázar por otro.

Existía una sola empresa.

Una sola familia.

Un solo sueño.

Ramiro cerró los ojos.

Recordaba perfectamente aquellos días.

Las reuniones terminaban con cenas interminables.

Los hijos jugaban juntos.

Los proyectos se celebraban como victorias compartidas.

Nadie imaginaba el desastre que estaba por llegar.

Beltrán abrió la carpeta de Adrián.

Dentro había fotografías inéditas.

Julián Ferrer y Ernesto Alcázar aparecían abrazados durante la inauguración del primer edificio que construyeron juntos.

Después otra imagen.

Victoria Ferrer sostenía en brazos a una pequeña Valentina mientras la madre de Adrián reía a su lado.

El joven tomó la fotografía con manos temblorosas.

—Nunca había visto esto…

—Porque alguien se encargó de destruir todas las copias.

Valentina observó otra imagen.

Ella, con apenas cinco años.

Adrián, un año mayor.

Construían un castillo de arena en una playa.

En el reverso alguien había escrito:

“Prométanse que jamás permitirán que nuestro orgullo los separe.”

La letra pertenecía a Victoria.

Valentina sintió que los ojos se le humedecían.

Beltrán continuó.

—Cuando empezaron las amenazas, Julián creyó que había un infiltrado dentro de la empresa.

Tenía razón.

Pero buscó en el lugar equivocado.

Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Quién era?

Beltrán lo miró fijamente.

—Durante años ustedes pronunciaron el nombre de Esteban Montenegro como si fuera el origen de todos sus males.

Pero Esteban jamás creó la conspiración.

Solo heredó una guerra que ya estaba en marcha.

Ramiro intervino.

—Entonces, ¿quién financiaba todo?

Beltrán guardó silencio.

Luego respondió:

—Una organización mucho más grande que cualquiera de nosotros.

No buscaban empresas.

Buscaban controlar la ciudad.

Las constructoras solo eran la puerta de entrada.

En otro punto de la ciudad, Helena Duarte logró abandonar el Archivo Judicial con varios expedientes ocultos dentro de una mochila.

Sabía que la seguían.

No necesitaba mirar hacia atrás.

Podía sentirlo.

Entró en una estación de trenes.

Cambió de andén tres veces.

Finalmente creyó haber despistado a quienes la perseguían.

Se sentó en un banco.

Abrió uno de los expedientes.

El nombre de Aurora Holdings volvía a repetirse.

Debajo aparecía una lista de beneficiarios.

Los dos primeros estaban tachados.

El tercero seguía siendo legible.

Fundación San Gabriel.

Helena recordó inmediatamente el nombre de la capilla.

Todo estaba conectado.

Pero aún no comprendía cómo.

En el hospital, Ernesto Alcázar permanecía solo.

Las palabras de Beltrán seguían resonando en su cabeza.

“Diles la verdad antes de que yo lo haga.”

Con enorme esfuerzo tomó su teléfono.

Marcó un número que no utilizaba desde hacía más de veinte años.

Del otro lado contestó una mujer.

Su voz era serena.

Madura.

—Pensé que jamás volverías a llamarme.

Ernesto cerró los ojos.

—Necesito que vengas.

—¿Por qué ahora?

—Porque nuestros hijos están caminando hacia la misma trampa que nosotros no supimos evitar.

La mujer permaneció unos segundos en silencio.

Luego respondió:

—Llegaré antes del amanecer.

Colgó.

El lector aún no conocía su identidad.

En el salón subterráneo, Beltrán abrió lentamente la carpeta marcada El Verdadero Heredero.




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