Casados por Venganza

Capítulo 18 La verdad que nunca debió existir

El silencio que siguió a las palabras de Helena Duarte fue tan profundo que incluso el antiguo mecanismo del reloj del salón parecía haberse detenido.

Nadie respiró.

Nadie habló.

Solo el tenue zumbido de las viejas lámparas acompañaba la tensión que comenzaba a apoderarse de cada rincón del refugio subterráneo.

Helena dejó la mochila sobre la mesa.

Tenía el rostro pálido.

La lluvia había empapado su ropa y un pequeño corte en la frente dejaba caer un hilo de sangre que recorría lentamente su mejilla.

Pero sus ojos permanecían firmes.

Había arriesgado demasiado para llegar hasta allí.

No pensaba callarse.

Adrián fue el primero en reaccionar.

—¿Qué quisiste decir?

Helena abrió cuidadosamente uno de los expedientes.

Las hojas eran antiguas.

Muchas conservaban sellos oficiales.

Otras llevaban anotaciones escritas a mano.

—Aurora Holdings no solo movía dinero.

También financiaba un programa clandestino conocido como Proyecto Fénix.

Valentina sintió un escalofrío.

Aquel nombre volvía a aparecer.

Como un fantasma imposible de dejar atrás.

—¿En qué consistía? —preguntó.

Helena respiró profundamente.

—En controlar las sucesiones de las familias más poderosas del país.

No mediante asesinatos.

Sino mediante identidades.

El silencio volvió a caer.

Ramiro cerró lentamente los ojos.

Como si una vieja sospecha comenzara finalmente a tomar forma.

Arturo Beltrán permanecía inmóvil.

No parecía sorprendido.

Al contrario.

Observaba a Helena con una expresión difícil de interpretar.

Finalmente habló.

—Llegaste más lejos de lo que esperaba.

Ella sostuvo su mirada.

—No gracias a usted.

Gracias a Leandro.

Aquellas palabras provocaron una reacción inmediata en Ramiro.

—¿Leandro está vivo?

Helena asintió.

—Sí.

Pero lleva años trabajando infiltrado.

No para Montenegro.

Tampoco para Beltrán.

Para alguien mucho más arriba.

Adrián sintió que cada nueva revelación hacía más difícil distinguir aliados de enemigos.

Helena extendió varias fotografías.

Una correspondía al registro de nacimientos del Hospital San Gabriel.

Otra mostraba la misma sala apenas unas horas después de un incendio declarado oficialmente como accidental.

En la tercera aparecía un listado de recién nacidos.

Varios nombres estaban marcados con tinta roja.

Entre ellos…

Adrián Ferrer.

Valentina Alcázar.

El corazón de Valentina comenzó a acelerarse.

—¿Por qué nuestros nombres?

Helena apoyó las manos sobre la mesa.

—Porque ambos nacieron la misma noche.

Exactamente con diecisiete minutos de diferencia.

Adrián frunció el ceño.

—Eso ya lo sabíamos.

—Lo que no sabían…

Es que durante aquella madrugada desapareció un tercer bebé.

La frase cayó como un trueno.

Todos dirigieron la vista hacia Beltrán.

El anciano permanecía en silencio.

Con la serenidad de quien llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento.

—Había tres cunas.

Continuó Helena.

—La de Adrián.

La de Valentina.

Y la de un niño registrado únicamente con las iniciales…

A. B.

Ramiro levantó lentamente la cabeza.

—Arturo Beltrán…

El empresario negó suavemente.

—No.

Ese niño no era mío.

Valentina sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.

—Entonces…

¿Quién era?

Beltrán caminó hasta una antigua vitrina.

Sacó una fotografía cuidadosamente protegida por un cristal.

La colocó frente a ellos.

En ella aparecían Julián Ferrer, Ernesto Alcázar y Victoria sosteniendo a tres recién nacidos.

Los tres sonreían.

Detrás de ellos, una enfermera observaba discretamente la escena.

Helena señaló la imagen.

—Miren a la enfermera.

Adrián la observó con atención.

Algo en aquel rostro le resultaba familiar.

Muy familiar.

De pronto lo comprendió.

Era la misma mujer que acababa de hablar por teléfono con Ernesto.

En el hospital, esa mujer descendía de un automóvil oscuro.

Habían pasado veinticinco años desde la última vez que cruzó aquellas puertas.

Su cabello mostraba ahora algunas canas.

Pero conservaba la misma elegancia.

Entró directamente en la habitación de Ernesto.

Él sonrió con tristeza.

—Sabía que vendrías.

Ella dejó el bolso sobre la silla.

—No podía seguir huyendo.

Ernesto bajó la mirada.

—Ya encontraron el teatro.

Ella asintió.

—Entonces también encontrarán la verdad.

El hombre respiró profundamente.

—¿Estás preparada para que nos odien?

La mujer permaneció varios segundos en silencio.

Finalmente respondió.

—Prefiero que nos odien…

Antes que permitir que sigan odiándose entre ellos.

El lector seguía sin conocer su identidad.

En el salón subterráneo, Helena abrió el último expediente.

Estaba sellado.

Sobre la tapa podía leerse:

Clasificación Máxima.

Proyecto Fénix.

Caso 17.

Rompió cuidadosamente el sello.

Dentro apareció un informe de apenas cuatro páginas.

Al final figuraban tres firmas.

Victoria Ferrer.

Julián Ferrer.

Y una cuarta persona cuyo nombre había sido arrancado.

Helena leyó lentamente.

—“Por decisión unánime, el menor será ocultado hasta que pueda garantizarse su seguridad.”

Valentina dio un paso adelante.

—¿Qué menor?

Nadie respondió.

Solo Beltrán.

—El niño que desapareció aquella madrugada.

Adrián comenzó a caminar de un lado a otro.

Sentía que las piezas finalmente estaban cerca de encajar.

Pero todavía faltaba la más importante.

—¿Qué tiene que ver ese niño con nosotros?




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