Casados por Venganza

Capítulo 19 El disparo en la oscuridad

La detonación estremeció los cimientos del antiguo teatro.

El estruendo rebotó por los pasillos subterráneos mientras una nube de polvo descendía del techo.

Valentina soltó un grito.

Adrián reaccionó por instinto.

Sin pensar, la sujetó de la cintura y ambos cayeron detrás de la pesada mesa de caoba justo cuando un segundo disparo atravesó el aire.

El cristal de una vitrina estalló en cientos de fragmentos.

Ramiro se refugió detrás de una columna.

Helena desenfundó la pequeña pistola que llevaba oculta desde su fuga.

Solo Arturo Beltrán permaneció inmóvil.

El proyectil no había alcanzado su pecho.

Había impactado contra el respaldo de la silla donde se encontraba apenas un segundo antes.

Como si el tirador hubiera calculado mal… o hubiera querido fallar deliberadamente.

—¡Apaguen las luces!

La voz de Helena resonó con firmeza.

El salón quedó sumido en la oscuridad.

Solo permanecía encendida la tenue lámpara de emergencia sobre la puerta.

El eco de unos pasos comenzó a escucharse desde la galería superior.

Lentos.

Seguros.

No eran los pasos de alguien que escapaba.

Eran los de alguien que descendía.

Adrián protegía a Valentina con su cuerpo.

Ella sintió el fuerte latido de su corazón.

Durante un instante olvidó la guerra.

El contrato.

La venganza.

Solo existía aquel abrazo improvisado que, sin proponérselo, los devolvía al lugar donde siempre habían pertenecido.

—¿Estás bien? —susurró él.

Ella levantó la vista.

—Mientras tú lo estés…

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Era la primera vez, desde que todo comenzó, que el miedo derribaba las murallas del orgullo.

Un haz de luz cruzó el salón.

Después otro.

Varias linternas apuntaban hacia el centro de la habitación.

Una voz desconocida rompió el silencio.

—Nadie se mueva.

Los presentes levantaron lentamente las manos.

Cinco hombres vestidos de negro descendían por las escaleras.

No llevaban insignias.

No pertenecían a la policía.

Tampoco eran hombres de Montenegro.

Su disciplina era distinta.

Militar.

El que parecía dirigirlos llevaba un auricular transparente y guantes de cuero oscuro.

Observó detenidamente a Beltrán.

—Pensé que estaría muerto cuando llegáramos.

Beltrán sonrió con ironía.

—Hace veinticinco años que muchos piensan lo mismo.

El hombre no respondió.

Simplemente extendió la mano.

—Entrégueme el expediente.

Helena comprendió inmediatamente.

No buscaban personas.

Buscaban el Proyecto Fénix.

En el hospital, Ernesto Alcázar observaba por la ventana mientras la mujer que había acudido a verlo permanecía de pie junto a la puerta.

—Ya comenzaron.

Ella asintió lentamente.

—No podremos detenerlo.

Ernesto cerró los ojos.

—Nunca imaginé que terminaríamos pagando tan caro aquella decisión.

La mujer caminó hasta la cama.

Tomó una vieja fotografía del cajón.

En ella aparecían tres parejas.

Julián y Victoria Ferrer.

Ernesto y su esposa.

Arturo Beltrán junto a una joven desconocida.

Y, delante de todos ellos…

Tres niños jugando en el jardín.

La mujer acarició la imagen con tristeza.

—Ellos nunca tuvieron la culpa.

Ernesto respondió con la voz quebrada.

—Fuimos nosotros quienes les robamos la infancia.

En el teatro, Helena sostuvo con fuerza la mochila donde guardaba los documentos.

El líder del grupo volvió a hablar.

—Cinco segundos.

Después dispararemos.

Adrián dio un paso adelante.

—Ellos no tienen nada que ver.

—Todos tienen que ver.

Porque todos heredaron algo que jamás debió existir.

Valentina observó discretamente las columnas del salón.

Recordó los antiguos planos.

Había otra salida.

Mucho más pequeña.

Detrás del escenario.

Se acercó apenas a Adrián.

—La puerta de servicio…

Él comprendió sin necesidad de más palabras.

Asintió casi imperceptiblemente.

Arturo Beltrán golpeó suavemente el piso con su bastón.

El sonido metálico produjo un extraño eco.

El líder del grupo frunció el ceño.

—¿Qué hizo?

Beltrán sonrió.

—Recordarles que este teatro fue construido por ingenieros.

No por asesinos.

Antes de que alguien pudiera reaccionar, todo el suelo comenzó a vibrar.

Un antiguo mecanismo oculto bajo las baldosas se activó.

La enorme mesa de caoba descendió lentamente como un ascensor.

Los atacantes perdieron el equilibrio.

Helena aprovechó la confusión.

Arrojó una de las lámparas contra el piso.

La oscuridad volvió a envolver el salón.

—¡Corran! —gritó.

Adrián tomó la mano de Valentina.

Corrieron entre las sombras guiándose apenas por la memoria del lugar.

Ramiro los seguía de cerca.

Detrás de ellos se escuchaban disparos.

Órdenes.

Vidrios rompiéndose.

Al llegar al viejo corredor de servicio encontraron una pesada puerta de hierro.

Estaba cerrada.

Valentina recordó entonces las palabras escritas por Julián.

“La verdad siempre espera detrás del telón.”

Miró alrededor.

El telón principal permanecía enrollado contra una pared.

Corrió hasta allí.

Encontró una pequeña palanca oculta entre los mecanismos.

La accionó.

La puerta se abrió lentamente.

—¡Por aquí!

Los tres atravesaron el pasillo apenas unos segundos antes de que las balas impactaran contra el marco.

Mientras escapaban, Adrián no soltó la mano de Valentina.

Ella tampoco hizo el menor intento por apartarse.

El corredor desembocaba en una antigua sala de vestuario.

Los espejos estaban cubiertos por sábanas.

Los trajes teatrales permanecían intactos.




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