Casados por Venganza

Capítulo 20 El precio de la sangre

El disparo pareció detener el tiempo.

En el salón subterráneo del antiguo Teatro Imperial nadie respiró durante un instante eterno.

Arturo Beltrán permanecía inmóvil.

Su bastón cayó lentamente al suelo con un golpe seco que resonó por toda la estancia.

El proyectil había atravesado su hombro izquierdo.

No era un disparo mortal.

Era un mensaje.

El anciano apoyó una rodilla en el piso mientras una mancha de sangre comenzaba a extenderse sobre su impecable traje oscuro.

El líder del grupo armado bajó el arma apenas unos centímetros.

Su expresión era fría.

Profesional.

—La próxima bala no fallará.

Beltrán levantó lentamente la cabeza.

A pesar del dolor, sonrió.

—Si quisiera matarme…

Ya lo habría hecho.

Los ojos del hombre se endurecieron.

—Todavía nos resulta más útil con vida.

Mientras tanto, Adrián, Valentina, Helena y Ramiro avanzaban por el estrecho corredor oculto detrás del escenario.

Las viejas tuberías vibraban debido a las explosiones que seguían sacudiendo los cimientos del teatro.

Pedazos de yeso caían del techo.

El aire estaba cargado de polvo.

Adrián llevaba el diario de su padre firmemente sujeto contra el pecho.

Era mucho más que un cuaderno.

Era la voz que había esperado escuchar durante veinticinco años.

Valentina corría a su lado.

En varias ocasiones intentó preguntarle si estaba bien.

Pero el momento no lo permitía.

Solo podía seguir avanzando.

El pasillo desembocó en una antigua sala de utilería.

Había baúles, decorados olvidados y enormes espejos cubiertos con telas blancas.

Ramiro cerró la pesada puerta de madera detrás de ellos.

Respiraban con dificultad.

Helena se apoyó contra la pared.

—Tenemos unos minutos.

Nada más.

Adrián abrió el diario.

Las primeras páginas estaban escritas con una caligrafía impecable.

Su padre relataba el crecimiento de la empresa.

Las primeras obras.

Las cenas familiares.

Las bromas compartidas con Ernesto.

Después…

Todo comenzaba a cambiar.

Las anotaciones se volvían más breves.

Más tensas.

Más oscuras.

Hasta llegar a la fecha que había visto minutos antes.

17 de septiembre de 2001.

Leyó en voz alta.

“Hoy descubrí quién es el verdadero traidor. No vendió nuestra empresa. Vendió nuestras familias. Lo hizo creyendo que era la única forma de salvar a alguien que amaba.”

Valentina sintió un escalofrío.

Helena permanecía inmóvil.

Ramiro cerró lentamente los ojos.

Adrián continuó leyendo.

“No puedo odiarlo. Porque entiendo por qué lo hizo. Pero tampoco puedo perdonarlo.”

La página terminaba allí.

La siguiente había sido arrancada.

Con violencia.

—No…

susurró Adrián.

—Otra vez no.

Golpeó suavemente la mesa con frustración.

Siempre faltaba el último fragmento.

Siempre.

Helena tomó el cuaderno.

Observó cuidadosamente el borde de la hoja arrancada.

—Espera…

Hay marcas.

Sacó una pequeña linterna.

La inclinó sobre el papel.

Comenzaron a aparecer surcos apenas visibles.

La tinta del texto arrancado había dejado presión sobre la hoja siguiente.

No podían leerlo completamente.

Pero algunas palabras emergieron.

“Perdóname…”

“Hospital…”

“Intercambio…”

“Niños…”

Y finalmente…

Un nombre.

Solo un nombre.

Clara.

Valentina frunció el ceño.

—¿Quién es Clara?

Nadie respondió.

Porque ninguno la conocía.

Muy lejos de allí, en el hospital, la mujer que había visitado a Ernesto permanecía sentada junto a su cama.

Él respiraba con dificultad.

—Ya comenzaron a descubrirlo.

Ella asintió.

—No tardarán en llegar hasta mí.

Ernesto tomó lentamente su mano.

—Siempre te protegimos porque era nuestra promesa.

La mujer dejó escapar una lágrima.

—Y justamente por cumplir esa promesa…

Los condenamos a vivir creyendo una mentira.

El monitor cardíaco marcaba un ritmo constante.

Pero el peso de aquellas palabras era mucho más grave que cualquier enfermedad.

En el salón principal del teatro, Arturo Beltrán seguía frente al líder del grupo armado.

La sangre caía lentamente desde su hombro.

El hombre volvió a apuntarle.

—Última oportunidad.

¿Dónde está el tercer heredero?

Beltrán levantó la vista.

—¿Sabes cuál fue el mayor error de quienes organizaron el Proyecto Fénix?

El hombre no respondió.

—Creyeron que un apellido construye una persona.

Pero las personas…

Construyen el apellido.

El líder perdió la paciencia.

Se acercó.

Lo tomó del cuello del saco.

—¡Habla!

Beltrán sonrió nuevamente.

—Ya es demasiado tarde.

Porque ellos ya comenzaron a encontrarse.

En la sala de utilería, Ramiro abrió uno de los viejos baúles.

Buscaba una salida.

Encontró algo completamente distinto.

Una caja metálica.

Oxidada.

Llevaba grabadas las iniciales:

J. F.

Adrián la abrió cuidadosamente.

Dentro había varios rollos de planos.

Una cámara fotográfica.

Y una pequeña cinta de video.

No era la misma encontrada en la Caja 317.

Esta llevaba una etiqueta distinta.

“Solo para Adrián y Valentina.”

Los cuatro permanecieron en silencio.

Helena sonrió por primera vez en mucho tiempo.

—Creo que esta vez Julián se aseguró de que nadie pudiera arrancar el final.

Lograron salir del teatro por una antigua puerta de servicio que desembocaba en un callejón estrecho.

La lluvia había cesado.

El aire olía a tierra húmeda.




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