Casados por Venganza

Capítulo 25 El refugio de los juramentos

La voz electrónica se apagó con un leve chasquido.

Durante unos segundos, nadie dijo una palabra.

El pequeño cilindro metálico seguía emitiendo una luz roja intermitente entre las manos de Adrián, como el latido de un corazón artificial que anunciaba una amenaza inevitable.

Helena fue la primera en reaccionar.

—Tenemos que deshacernos de eso.

Adrián negó con firmeza.

—No.

Si es la única copia del Registro Original, jamás lo abandonaré.

Alejandro Varela lo observó con una mezcla de preocupación y orgullo.

Aquella determinación le recordó a Julián Ferrer.

—Tu padre habría dicho exactamente lo mismo.

Pero también habría entendido que, si nos encuentran, el archivo dejará de importar. No habrá nadie que pueda usarlo.

Valentina dio un paso adelante.

—Entonces no pensemos en escapar. Pensemos en desaparecer.

Las miradas se dirigieron hacia ella.

Ramiro sonrió levemente.

—Tu madre también resolvía los problemas así.

No enfrentando la tormenta…

Sino cambiando el viento.

Abandonaron el hospital por un antiguo túnel de mantenimiento que desembocaba a varias cuadras del edificio principal.

Apenas salieron al exterior, descubrieron que la ciudad seguía su curso ajena al peligro que se cernía sobre ellos.

Los primeros colectivos comenzaban a circular.

Los cafés abrían sus puertas.

Los diarios eran repartidos en los quioscos.

El mundo continuaba exactamente igual.

Solo ellos sabían que una organización invisible acababa de iniciar una cacería.

Adrián guardó cuidadosamente el cilindro en el bolsillo interior de su abrigo.

La luz roja seguía parpadeando.

Helena observó el dispositivo.

—Si transmite nuestra ubicación, en pocos minutos sabrán dónde estamos.

Alejandro negó lentamente.

—No exactamente.

Es un localizador pasivo.

Necesita que alguien cercano lo active definitivamente.

Eso nos da algo de tiempo.

—¿Cuánto?

—Muy poco.

Ramiro condujo al grupo hasta un viejo galpón ubicado junto a las antiguas vías ferroviarias.

Desde afuera parecía completamente abandonado.

Las ventanas estaban rotas.

Las paredes mostraban décadas de abandono.

Pero cuando abrió el enorme portón de madera, todos quedaron sorprendidos.

El interior estaba impecablemente conservado.

Había muebles antiguos.

Mapas.

Equipos de comunicación.

Archivos.

Y una enorme mesa de madera maciza ocupando el centro.

Helena recorrió el lugar con la mirada.

—¿Qué es esto?

Ramiro sonrió con nostalgia.

—El Refugio de los Juramentos.

Adrián frunció el ceño.

—Nunca escuché hablar de él.

—Porque nunca debía existir oficialmente.

Aquí se reunían tus padres, Ernesto y Beltrán cuando necesitaban conversar lejos de cualquier vigilancia.

Valentina acarició el respaldo de una silla.

—Entonces aquí nacieron todas las decisiones…

Ramiro la corrigió con suavidad.

—No.

Aquí nacieron las promesas.

Las decisiones siempre se tomaban después de muchas discusiones.

Pero las promesas…

Jamás se rompían dentro de estas paredes.

Alejandro dejó el bastón junto a una vieja chimenea.

Observó el lugar con evidente emoción.

—No entraba aquí desde hace veinticuatro años.

Se acercó lentamente a un gran mapa colgado en la pared.

Estaba cubierto por pequeñas marcas de colores.

Adrián notó que varias estaban unidas por hilos rojos.

—¿Qué representan?

Alejandro respondió sin apartar la vista del mapa.

—Los lugares donde escondimos las piezas del legado.

Valentina levantó una ceja.

—¿Piezas?

Alejandro asintió.

—El Registro Original nunca estuvo completo en un solo sitio.

El cilindro que llevan contiene únicamente la lista de responsables.

Pero existen otros elementos.

Los diarios.

Las cartas.

Los testamentos.

Las grabaciones.

Cada uno fue ocultado por separado.

Así, si una parte era encontrada, las demás sobrevivían.

Helena comprendió de inmediato.

—Por eso nunca pudieron destruir toda la verdad.

—Exactamente.

Mientras hablaban, Adrián abrió uno de los cajones de la enorme mesa.

Encontró una caja de madera con el nombre de Julián Ferrer grabado en la tapa.

Dentro había decenas de fotografías.

La mayoría mostraba reuniones familiares.

Cumpleaños.

Vacaciones.

Momentos felices.

Sin embargo, una imagen llamó poderosamente su atención.

En ella aparecían Julián, Ernesto, Victoria, Arturo Beltrán… y un hombre joven que ninguno esperaba ver.

Esteban Montenegro.

Pero no era la expresión de rivalidad que todos conocían.

Sonreía.

Abrazaba a Julián como a un hermano.

Valentina tomó la fotografía.

—No puede ser…

Alejandro suspiró profundamente.

—Antes de convertirse en enemigos…

Eran inseparables.

El silencio se instaló nuevamente.

Adrián sintió que otra de las certezas de su vida acababa de derrumbarse.

—¿Qué ocurrió entre ellos?

Alejandro permaneció unos segundos callado.

—Eso merece una historia completa.

Y cuando la conozcan…

Entenderán que la palabra “traición” nunca significó lo mismo para todos.

En ese mismo instante, a varios kilómetros de allí, Esteban Montenegro observaba una enorme pantalla instalada en una sala completamente oscura.

Uno de sus colaboradores señaló un punto luminoso.

—El rastreador volvió a emitir señal.

Montenegro sonrió.

—Lo sabía.

Jamás abandonarían el archivo.

El hombre dudó.

—¿Enviamos al equipo?

Esteban negó lentamente.

—No todavía.

Quiero que alguien llegue antes.

El colaborador frunció el ceño.

—¿Quién?

Montenegro caminó hasta una ventana.




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