Casados por Venganza

Capítulo 30 Las campanas del destino

El reloj marcaba las siete y doce de la mañana cuando el Refugio de los Juramentos quedó en silencio.

Nadie necesitó decir que el tiempo se había convertido en su enemigo.

Las nueve de la noche.

La tercera campana.

La apertura de la Cripta del Fundador.

Cada minuto que transcurría acercaba a Adrián, Valentina, Alejandro, Helena y Ramiro al momento decisivo de sus vidas.

Sobre la gran mesa permanecían extendidos el mapa del Monasterio de Santa Aurora, los diarios de Julián Ferrer, Victoria Ferrer y Arturo Beltrán, además del cilindro metálico que contenía el Registro Original del Proyecto Fénix.

Aquellos objetos ya no parecían simples pruebas.

Eran el legado de varias generaciones.

Y también una condena.

León Varela observó el antiguo plano del monasterio.

Pasó lentamente la yema de los dedos sobre un corredor dibujado con tinta descolorida.

—Entrarán por aquí.

Helena levantó la vista.

—Ese pasillo no aparece en los registros oficiales.

—Porque fue tapiado hace cuarenta años.

Ramiro sonrió con amargura.

—Lo construimos nosotros.

Adrián frunció el ceño.

—¿Nosotros?

Ramiro asintió.

—Julián, Ernesto, Arturo… y nosotros dos.

Creíamos que, ocultando el acceso a la cripta, protegeríamos el juramento.

Nos equivocamos.

Los secretos nunca permanecen enterrados para siempre.

Valentina permanecía en silencio.

Desde que escuchó la voz de la supuesta madre de Gabriel, una sensación extraña no abandonaba su pecho.

Había algo en aquel tono sereno.

Algo profundamente familiar.

No podía explicarlo.

Solo sabía que ya lo había escuchado antes.

Cerró los ojos.

Intentó recordar.

Una iglesia.

Un coro.

Una mujer encendiendo una vela.

Una mano acariciándole el cabello cuando apenas era una niña.

Abrió los ojos de golpe.

—No…

susurró.

Helena la miró.

—¿Qué ocurre?

Valentina respiró profundamente.

—Creo que conozco esa voz.

El silencio volvió a llenar la habitación.

León la observó con atención.

—¿Dónde la escuchaste?

—No lo sé.

Es solo un recuerdo.

Muy antiguo.

Como un sueño.

Alejandro bajó lentamente la mirada.

—Entonces ella también estuvo cerca de ustedes.

Mucho más cerca de lo que imaginábamos.

Mientras tanto, en el antiguo Monasterio de Santa Aurora, los primeros rayos del sol atravesaban los vitrales rotos de la capilla principal.

El edificio permanecía abandonado desde hacía décadas.

Las paredes estaban cubiertas por enredaderas.

Las columnas mostraban profundas grietas.

Sin embargo, alguien había limpiado recientemente el polvo del altar mayor.

Las velas estaban nuevas.

Las flores eran frescas.

El lugar no estaba deshabitado.

Solo esperaba visitantes.

Gabriel caminaba lentamente por el claustro central.

Cada paso despertaba ecos que parecían pertenecer a otra época.

Se detuvo frente a una estatua de piedra desgastada por el tiempo.

Representaba a un monje sosteniendo tres llaves.

En la base podía leerse una inscripción casi borrada:

“La verdad jamás pertenece a un solo hombre.”

Gabriel apoyó suavemente la mano sobre la piedra.

Sonrió con tristeza.

—Ellos llegarán.

Lo sé.

Una voz femenina respondió desde las sombras.

—Y tú deberás decidir si los perdonas.

Gabriel no se dio vuelta.

Reconocía aquella voz desde la infancia.

—Todavía no estoy preparado.

En el refugio, Adrián abrió nuevamente el diario de Julián Ferrer.

Había una página que hasta ese momento había pasado inadvertida.

Estaba pegada cuidadosamente.

Con paciencia separó las hojas.

Entre ellas apareció un pequeño papel doblado.

No era una carta.

Era una fotografía.

Todos se acercaron.

La imagen mostraba el interior del monasterio muchos años atrás.

En ella aparecían Julián, Victoria, Ernesto, Arturo, Alejandro…

Y una mujer joven de cabello oscuro.

Sostenía en brazos a un bebé envuelto en una manta blanca.

Detrás de la fotografía alguien había escrito una sola frase:

“El día en que prometimos proteger a nuestros tres hijos.”

Helena sintió un estremecimiento.

—Tres hijos…

Otra vez.

Adrián observó detenidamente el rostro de la mujer.

Valentina también.

Ambos sintieron la misma impresión.

Aquellos ojos.

Aquella sonrisa.

Eran idénticos a la voz que había llamado por teléfono.

León confirmó sus sospechas.

—Sí.

Es Elena Arizmendi.

Ramiro tomó la fotografía.

La observó durante largo rato.

Después señaló una esquina casi imperceptible.

—Esperen…

Aquí hay alguien más.

Todos acercaron la imagen a la luz.

Oculto parcialmente detrás de una columna aparecía un hombre joven.

Solo podía verse parte de su rostro.

Pero llevaba un reloj de bolsillo colgado del chaleco.

Las agujas marcaban las 3:33.

Alejandro quedó inmóvil.

—No puede ser…

Helena levantó la vista.

—¿Quién es?

Alejandro respondió con la voz quebrada.

—El Fundador.

El verdadero.

Nadie habló.

Durante años habían escuchado mencionar al Fundador como si se tratara de una leyenda.

Nunca imaginaron que existiera una fotografía.

León respiró hondo.

—No conocemos su verdadero nombre.

Jamás apareció en ningún documento.

Solo sabemos una cosa.

Murió oficialmente en 1982.

Ramiro negó lentamente.

—Oficialmente.

León sostuvo su mirada.

—Exactamente.

El ambiente volvió a tensarse cuando el cilindro metálico emitió un leve sonido.

Una pequeña luz verde reemplazó el antiguo destello rojo.

Helena lo tomó con cuidado.




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