El eco de aquellas dos palabras quedó suspendido bajo la bóveda de piedra.
—Bienvenido a casa… hijo mío.
Gabriel permaneció inmóvil al pie de la escalera.
No respondió.
No retrocedió.
Solo observó al anciano que lo esperaba junto a la antigua silla tallada.
El silencio era tan profundo que podía escucharse el crepitar de las antorchas encendiéndose una tras otra a lo largo de la inmensa cámara subterránea.
Elena Arizmendi respiró lentamente.
Había esperado ese instante durante más de treinta años.
Aun así, sintió que las piernas le temblaban.
El anciano dio un paso adelante.
Su rostro estaba surcado por profundas arrugas, pero sus ojos conservaban una lucidez inquietante.
No transmitían odio.
Ni poder.
Transmitían el peso de un hombre que había sobrevivido demasiado tiempo.
—Has crecido exactamente como imaginé.
Gabriel sostuvo su mirada.
—No soy su hijo.
El anciano sonrió apenas.
—No hablé de sangre.
Hablé del juramento.
A varios kilómetros del monasterio, el motor del vehículo de Ramiro rugía mientras avanzaba por una carretera secundaria cubierta por la niebla.
El grupo viajaba en absoluto silencio.
Nadie parecía dispuesto a romperlo.
Valentina observaba por la ventanilla los campos que desfilaban lentamente.
No podía apartar de su mente el rostro de la mujer de la fotografía.
Cada kilómetro reforzaba aquella extraña sensación.
La conocía.
No sabía cómo.
Pero la conocía.
Adrián sujetaba entre sus manos el cilindro metálico.
La pequeña pantalla seguía iluminada.
Ahora mostraba una cuenta regresiva.
11 horas 42 minutos.
Helena lo observó.
—Está descontando el tiempo hasta las nueve.
Alejandro asintió lentamente.
—Cuando termine la cuenta…
El Registro quedará completamente desbloqueado.
—¿Y qué ocurrirá?
León respondió con una serenidad inquietante.
—La verdad dejará de pertenecer únicamente a nosotros.
En la cripta, el anciano caminó hasta la silla de madera.
No se sentó.
Apoyó sobre ella el reloj detenido y el documento sellado.
Después observó a Elena.
—Pensé que nunca regresarías.
Ella sonrió con tristeza.
—Yo también lo pensé.
Durante muchos años.
El anciano inclinó apenas la cabeza.
—Pero una madre siempre encuentra el camino hacia su hijo.
Gabriel permanecía inmóvil.
Aquellas palabras no despertaban emoción.
Solo preguntas.
—¿Quién es usted?
El anciano tardó varios segundos en responder.
—Hace mucho tiempo me llamaban Esteban de Aranda.
Hoy ese nombre ya no significa nada.
La historia decidió olvidarlo.
Elena bajó lentamente la mirada.
—No.
La historia fue obligada a olvidarte.
En el automóvil, Ramiro comenzó a hablar.
Su voz sonaba cansada.
—Conocí a Julián cuando apenas tenía veintidós años.
Era impulsivo.
Orgulloso.
Pero jamás rompía una promesa.
Alejandro sonrió con nostalgia.
—Victoria decía que discutía con todo el mundo…
…excepto con Ernesto.
Ramiro soltó una breve risa.
—Porque Ernesto siempre lograba convencerlo.
Valentina escuchaba con atención.
Por primera vez conocía a sus padres más allá de los recuerdos dolorosos.
No como empresarios.
No como responsables del matrimonio por contrato.
Sino como jóvenes que también habían tenido sueños.
—¿Ellos eran felices?
preguntó.
Ramiro permaneció unos segundos en silencio.
—Muchísimo.
Hasta que apareció el juramento.
Las palabras quedaron flotando dentro del vehículo.
Adrián miró fijamente a Ramiro.
—Siempre hablan del juramento.
Pero nadie dice qué prometieron realmente.
León respiró profundamente.
—Prometieron proteger a un niño.
—¿Solo eso?
Alejandro negó.
—No.
Prometieron impedir que ese niño heredara un poder capaz de destruir muchas vidas.
Helena frunció el ceño.
—¿Qué poder?
León observó el cilindro metálico.
—Eso descubrirán cuando el Registro termine de abrirse.
En la cripta, Gabriel comenzó a caminar lentamente alrededor de la enorme sala.
Las paredes estaban cubiertas por antiguos frescos.
Representaban escenas de distintas épocas.
Guerras.
Incendios.
Coronaciones.
Éxodos.
Pero en todas aparecía el mismo símbolo.
Tres círculos entrelazados.
Se detuvo frente a una pintura especialmente antigua.
Mostraba a tres hombres colocando sus manos sobre un libro.
Encima de ellos, una inscripción en latín.
Elena tradujo en voz baja.
—“La verdad pertenece a quien elige servirla, no a quien desea poseerla.”
Gabriel permaneció observando la pintura.
—¿Ese fue el primer juramento?
El anciano negó.
—No.
Ese fue el último.
El primero nunca fue escrito.
Solo fue pronunciado.
Mientras tanto, muy lejos de allí, Esteban Montenegro descendía lentamente por una escalera oculta bajo su residencia.
Llegó hasta una sala circular iluminada únicamente por una lámpara de aceite.
En el centro había una enorme mesa.
Sobre ella descansaban decenas de carpetas antiguas.
Tomó una.
En la portada podía leerse un nombre.
Adrián Ferrer.
Otra.
Valentina Alcázar.
Otra.
Gabriel Arizmendi.
Montenegro sonrió.
Abrió un cajón secreto.
Dentro había una cuarta carpeta.
Mucho más antigua.
El nombre escrito en ella hizo que incluso él guardara unos segundos de silencio.
Esteban de Aranda.
—Todo termina hoy…
murmuró.
O vuelve a comenzar.
En el camino hacia el monasterio, el automóvil redujo la velocidad.