Casados por Venganza

Capítulo 34 El guardián del tiempo

El niño permanecía inmóvil al final de la biblioteca.

Las llamas de las antorchas iluminaban apenas su figura.

Vestía un pantalón oscuro, una camisa blanca de cuello antiguo y un pequeño chaleco de lana color borgoña. Del cuello colgaba un reloj de bolsillo cuya tapa permanecía abierta.

Las agujas marcaban, como todas las demás, las 3:33.

Nadie respiró.

Nadie habló.

Adrián sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.

Era imposible.

Había visto aquella misma sonrisa decenas de veces en las fotografías encontradas durante las últimas semanas.

Era Gabriel.

El mismo rostro.

La misma mirada.

El mismo niño.

Pero detenido en el tiempo.

Valentina dio un paso hacia adelante.

Su voz apenas fue un susurro.

—¿Quién eres?

El pequeño sonrió con una serenidad impropia de su edad.

—Depende de quién haga la pregunta.

—Te pregunté yo.

—Entonces soy un recuerdo.

Helena intercambió una mirada con León.

Aquella respuesta no parecía improvisada.

Era como si el niño hubiera esperado exactamente esa pregunta.

El monasterio volvió a estremecerse.

Desde la profundidad de la tierra llegó un sonido grave.

No era una explosión.

Parecía el lento movimiento de enormes bloques de piedra.

El mecanismo de la cripta seguía activándose.

El cilindro metálico emitió un nuevo destello.

En la pantalla apareció otro mensaje.

“Integridad del Registro: 81 %.”

Helena lo observó preocupada.

—Cada vez falta menos.

León asintió.

—La verdad está despertando.

Y el monasterio responde a ello.

El niño comenzó a caminar entre las estanterías.

No levantaba polvo.

Sus pasos apenas producían sonido.

Cuando pasó junto a Montenegro, este bajó lentamente la cabeza en señal de respeto.

Aquello sorprendió a todos.

Adrián lo notó de inmediato.

—¿Lo conoces?

Montenegro respondió sin apartar la vista del pequeño.

—Lo conocí hace muchos años.

Valentina frunció el ceño.

—Eso es imposible.

Montenegro sonrió con amargura.

—En este lugar…

La palabra imposible perdió todo significado hace mucho tiempo.

El niño se detuvo frente a una antigua mesa de lectura.

Sobre ella descansaban los tres diarios.

El de Julián.

El de Victoria.

El de Arturo Beltrán.

Los observó durante unos segundos.

Después apoyó suavemente la mano sobre el diario de Victoria.

—Ella escribía cuando tenía miedo.

Alejandro sintió un nudo en la garganta.

—¿Cómo lo sabes?

El pequeño levantó la vista.

—Porque siempre me pedía que le leyera lo que acababa de escribir.

Valentina quedó inmóvil.

Aquella frase no podía pertenecer a un desconocido.

Era un recuerdo.

Un recuerdo auténtico.

Ramiro comenzó a observar atentamente al niño.

Había algo extraño.

No proyectaba sombra.

Las llamas iluminaban el suelo.

Las mesas.

Las paredes.

Pero detrás del pequeño no aparecía ninguna silueta.

Helena también lo notó.

Su voz salió apenas en un susurro.

—No está aquí…

León respondió sin dejar de mirarlo.

—Sí está.

Solo que no como nosotros.

Mientras tanto, en la cripta, Esteban de Aranda permanecía frente al enorme sarcófago.

Gabriel seguía observando las tres cerraduras.

Elena permanecía a su lado.

Ninguno hablaba.

Finalmente fue Gabriel quien rompió el silencio.

—Si Adrián y Valentina nunca fueron una pieza del juego…

¿Por qué sufrieron tanto?

Esteban cerró lentamente los ojos.

—Porque nosotros confundimos protección con silencio.

Pensamos que ocultando la verdad los salvaríamos.

Lo único que conseguimos fue herirlos.

Elena bajó la mirada.

Una lágrima recorrió lentamente su rostro.

—Victoria lo comprendió antes que todos.

Por eso escribió tantas cartas.

Esperaba que algún día fueran ellas las que hablaran por nosotros.

En la biblioteca, el niño tomó la pequeña llave de plata que Montenegro había dejado sobre la mesa.

La sostuvo entre sus dedos.

La observó con curiosidad.

—Tardó muchos años en regresar.

Montenegro sonrió.

—Más de los que hubiera querido.

El niño devolvió la llave exactamente al mismo lugar.

Después caminó hasta Adrián.

Lo miró directamente a los ojos.

Durante largos segundos ninguno habló.

Finalmente preguntó:

—¿Todavía la culpas?

Adrián frunció el ceño.

—¿A quién?

—A tu madre.

Aquellas palabras golpearon directamente en el corazón del joven.

Durante meses había cargado con el peso de las decisiones de Julián y Victoria.

Aunque comenzaba a comprenderlas, todavía quedaban heridas abiertas.

Respiró profundamente.

—No.

Ya no.

El niño sonrió.

Era una sonrisa llena de paz.

—Entonces ya puedes abrir la última puerta.

En ese instante, el antiguo reloj del monasterio marcó las ocho y media de la noche.

Solo faltaban treinta minutos para la tercera campana.

Las paredes comenzaron a vibrar con mayor intensidad.

Pequeños fragmentos de piedra caían desde la bóveda.

Helena observó el techo.

—Tenemos que bajar ahora.

León asintió.

—Si esperamos un minuto más…

La cripta se cerrará antes de que lleguemos.

Adrián tomó la llave de plata.

Guardó el cilindro metálico.

Después extendió la mano hacia Valentina.

Ella la tomó sin dudar.

Ya no había contrato.

Ya no había obligación.

Solo una decisión compartida.

Caminar juntos.

Antes de que descendieran por el último corredor, el niño volvió a hablar.

—Hay algo que deben saber.

Todos se detuvieron.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.