Casados por Venganza

Capítulo 37 El quinto nombre

La voz desapareció entre una lluvia de interferencias.

El antiguo aparato de radio emitió un último chasquido antes de volver a quedar en silencio.

Nadie se movió.

Las imágenes proyectadas sobre los muros comenzaron a desvanecerse lentamente, como si la propia Cámara de los Orígenes hubiera decidido ocultar nuevamente sus recuerdos.

Solo permanecía encendida la tenue luz que brotaba de las cuatro llaves apoyadas sobre la mesa circular.

Tomás Beltrán seguía inmóvil.

Su respiración era irregular.

Las manos le temblaban.

Adrián fue el primero en acercarse.

—¿Quién es Ignacio?

Tomás tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente habló, su voz sonaba envejecida.

Mucho más de lo que su aspecto dejaba entrever.

—El hombre que jamás debió sobrevivir.

El silencio volvió a envolver la inmensa biblioteca.

Gabriel observó atentamente a Tomás.

Había aprendido a reconocer cuándo alguien ocultaba parte de la verdad.

Y en aquel anciano aún quedaban demasiadas palabras sin pronunciar.

—Empieza desde el principio.

Tomás levantó lentamente la mirada.

—El principio…

No comenzó con nuestras familias.

Ni siquiera con este monasterio.

Comenzó durante una guerra.

Hace casi un siglo.

Las luces de la Cámara cambiaron nuevamente.

No era un mecanismo.

Parecía una respuesta.

En la enorme mesa circular apareció un mapa antiguo proyectado por el cilindro metálico.

Mostraba Europa.

Las fronteras eran distintas.

Los nombres de muchos países habían cambiado.

En uno de los extremos brillaba una pequeña marca roja.

Tomás señaló aquel punto.

—Allí nació todo.

Un monasterio perdido entre las montañas.

Mucho antes de que Santa Aurora existiera.

Mucho antes de que Ferrer, Alcázar, Beltrán o Montenegro conocieran el juramento.

Helena observaba fascinada.

Aquello ya no parecía la historia de cuatro familias.

Era una historia mucho más antigua.

Mucho más grande.

Alejandro caminó lentamente alrededor de la mesa.

—¿Qué ocurrió allí?

Tomás respiró profundamente.

—Cinco hombres encontraron algo que nunca debió salir a la luz.

No era un tesoro.

No era una reliquia religiosa.

Era conocimiento.

Información capaz de cambiar gobiernos, fortunas y destinos.

Decidieron dividirla para impedir que una sola persona pudiera utilizarla.

Cada uno custodiaría una parte.

Ramiro frunció el ceño.

—Cinco hombres…

No cuatro.

Tomás asintió lentamente.

—Exactamente.

Cinco.

Valentina sintió un escalofrío.

—Pero aquí solo aparecen cuatro familias.

Tomás cerró los ojos.

—Porque la quinta fue borrada.

No por accidente.

Por decisión.

Gabriel cruzó los brazos.

—¿Quién la borró?

Tomás respondió sin vacilar.

—Ignacio.

En ese mismo instante, muy lejos del monasterio, una elegante residencia permanecía completamente a oscuras.

Solo una habitación estaba iluminada.

Era una biblioteca privada.

Miles de libros cubrían las paredes.

En el centro, un hombre de cabello plateado observaba una antigua fotografía.

Cinco jóvenes sonreían frente a un edificio de piedra.

Uno de ellos había sido cuidadosamente recortado.

El hombre acarició el espacio vacío.

Después tomó una pluma estilográfica.

Escribió lentamente sobre un cuaderno.

“Finalmente abrieron la Cámara.”

Sonrió apenas.

—Siempre supe que lo lograrían.

Una mujer apareció silenciosamente detrás de él.

—¿Es momento de partir?

El hombre cerró el cuaderno.

—Sí.

Ha llegado la hora de conocer a los herederos.

En Santa Aurora, Helena seguía revisando los estantes de la inmensa biblioteca.

Cada libro parecía estar organizado siguiendo un patrón imposible de comprender.

De pronto encontró uno completamente diferente.

No tenía título.

Solo un símbolo grabado en cuero negro.

Cinco círculos entrelazados.

No tres.

No cuatro.

Cinco.

Lo abrió con cuidado.

Las primeras páginas estaban vacías.

Después apareció una lista escrita a mano.

Cinco nombres.

Sebastián Montenegro.

Arturo Beltrán.

Julián Ferrer.

Ernesto Alcázar.

Y un quinto apellido completamente desconocido.

Salvatierra.

Helena levantó la vista.

—Aquí está.

Tomás observó el libro.

Su expresión se ensombreció.

—Después de tantos años…

Todavía existe.

Valentina leyó nuevamente aquel apellido.

Salvatierra.

No despertaba ningún recuerdo.

Pero Gabriel sí reaccionó.

Su respiración se aceleró.

—Yo escuché ese nombre.

Todos lo miraron.

—¿Dónde?

Gabriel permaneció unos segundos en silencio.

Después respondió.

—Cuando era niño.

La noche en que desaparecí.

Recuerdo a una mujer discutiendo con alguien.

Dijo…

“Si Ignacio Salvatierra descubre dónde está el niño, todos estaremos muertos.”

Elena llevó una mano a la boca.

Aquella conversación había ocurrido.

Ella estaba allí.

Pero creyó que Gabriel era demasiado pequeño para recordarla.

Adrián caminó lentamente hacia una enorme ventana excavada en la roca.

Desde allí podía verse el cielo nocturno.

La lluvia había cesado.

Las estrellas brillaban con intensidad.

Pensó en todo lo vivido.

El contrato.

La traición.

La venganza.

Había comenzado aquella historia creyendo que luchaba por recuperar el honor de su familia.

Ahora comprendía que siempre había estado peleando una batalla incompleta.

El verdadero enemigo jamás había sido Gabriel.

Ni Valentina.

Ni Montenegro.

Había permanecido oculto durante generaciones.




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